APOXIÓMENO, EL QUE SE RASPA

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

Mentiras sobre la historia nos han colado desde siempre, pero desde la llegada de Internet los bulos circulan a cascoporro.

Un tema sobre el que abundan falsedades es la higiene a lo largo de la historia. Por ejemplo, se dice que en la Edad Media los cristianos no se bañaban y los musulmanes sí; o que las calles eran un reguero de excrementos, lo cual desmienten con certera documentación Consuelo Sanz de Bremond y Javier Traite en el libro El olor de la Edad Media: “Los cristianos de la Edad Media también se lavaban, y mucho; les importaba su apariencia exterior y tenían normas de higiene muy superiores a lo que imaginamos, tanto en lo privado como en el saneamiento público de las ciudades”. 

Que la reina Isabel la Católica juró no bañarse ni cambiarse de camisa hasta que no conquistara Granada es otra falsedad, según la historiadora María Pilar Queralt en Isabel de Castilla. Reina, mujer y madre. Igual que nos han contado que el Palacio de Versalles era un lugar hediondo donde sirvientes y aristócratas hacían sus necesidades bajo las escaleras, en los pasillos o tras las columnas. Nada más lejos de la realidad, de acuerdo con el escritor Ángel Pérez. O que Luis XIV se bañó solo dos veces en su vida, tal y como se lee en muchas publicaciones, lo cual es una mala interpretación que se hace de la prescripción que su médico le hizo de unos baños terapéuticos de agua fría, de los que tomó solo dos porque le era insufrible.

En Youtube hay un investigador de la ingeniería romana al que sigo, Isaac Moreno Gallo. Publica sus propios estudios de campo y desmiente creencias que “doctos” divulgadores nos han colado, y lo hace con tal solvencia y claridad que da gusto. Moreno Gallo asegura que los romanos no tenían cisternas para almacenar el agua con el fin de evitar que se volviera insalubre: lo que se toma por cisternas son decantadores. Tomaban el agua de nacimientos abundantes, por muy lejanos que estuvieran, y la llevaban por acueductos hasta las ciudades. Disponían de agua corriente en las casas y se bañaban a diario. Y respecto a las ilustraciones que hemos visto en muchas publicaciones sobre los baños públicos romanos en las que se ve a ciudadanos haciendo sus necesidades mientras conversan entre ellos y, teniendo a disposición de todos un palo con una esponja en un extremo, que, dícese, se usaba para limpiarse el trasero (¿por qué una sociedad tan amante de la higiene iba a hacer semejante cochinada?), nos dice Moreno Gallo que de eso nada, que naturalmente, aquella escobilla era para limpiar el asiento después de obrar: “al dueño de los baños le daba igual cómo se llevara de sucio el culo cada uno, pero el asiento lo quería limpio”.

También explica el divulgador cómo usaban para su limpieza corporal el estrígil, un utensilio metálico en forma de L y de perfil convexo, una especie de rascador que recogía los restos de sudor, grasa, polvo o piel muerta, como se ve en la escultura El Apoxiómeno (el que se raspa), copia de un original del griego Lisipo que representa a un atleta aseándose. Por cierto, el estrígil se vende en la actualidad como producto ecológico y sostenible.

Zacarías Cerezo.

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