Abuelitos poco venerables

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Foto de William Santos en Pexels.

Durante algún tiempo lo vi sentado siempre en el mismo lugar. Era un anciano de aspecto venerable al que acompañaba siempre un pacífico perro sin raza determinada que debía de tener, como su dueño, muchos años, según la forma lenta y pesada con que se movía. 

Lo veía cada uno de los días que salía a caminar por aquella zona. Se diría que él o yo teníamos la sincronía de encontrarnos justo a la hora en la que él se despachaba un bocata. Porque intenté cambiar el horario a propósito, pero siempre era su momento del bocadillo. Llegué a pensar que lo desenvolvía cuando me veía acercarme. Me parecía alguien enternecedor con el que, invariablemente, siempre me apetecía sentarme a conversar. Nunca lo hice porque temí incomodarlo en su rutina alimentaria. El perro se acostaba a sus pies, mansamente, y allí se mantenía.

Ese anciano me remitía a la figura de los abuelos que no conocí, y me producía una ternura indescriptible. Me lo habría llevado a casa sin preguntarle otra cosa que si me adoptaba como nieta.

Un día me llamaron la atención unas heridas que mostraba el perro en las patas delanteras. Y ese día sí pensaba detenerme y hablarle, por fin, a esa figura que ya formaba parte de mi paisaje de senderista. Pero cuando casi estaba a su altura, el anciano le propinó —sin venir a cuento, puesto que el animal dormitaba mansamente a sus pies— tal salvaje patada… que yo sentí ese dolor en mí misma al tiempo que se me detenía el corazón para, acto seguido, comenzar a golpear mis costillas como un pájaro que quisiera huir de su jaula. Me vi obligada a sentarme en el suelo a esperar recuperar el latido. Cuando me puse en pie, ya se había marchado, seguido de su cojeante y fiel compañero.

Días después, me marché de aquel lugar, aunque aquella imagen permaneció persistente en mí y en mi remordimiento por mi pasividad.

Hace unos días, contemplé a una anciana compartir un pastel con un pequeño chiguagua. El perrito torcía la cabeza negándose a comer más, pero ella le metía el pastel y le cerraba la boca para que tragara.

Asocié, sin proponérmelo, su figura con la del perro de aquel anciano que aún reclama en mi conciencia. Porque igual de maltrato, o casi, es golpear a pobres animales indefensos con palos como con comida inapropiada. Aunque esta vez sí me atreví a “meterme donde no me llamaban” según la golosa señora.

Y es que es malo tener en nuestras mentes ciertas ideas bondadosas prefabricadas, por cultura, educación o valores. Ni todo el monte es orégano, ni todo lo que reluce es oro. Y mira que nos lo advierte nuestro sabio refranero. Pero, aun así, seguimos dando pábulo a los otros gracias a ese reflejo que nos manda a primera vista el corazón, aparcando, desgraciadamente, las luces rojas que nos envía la mente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.