Abogado del diablo

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Fotografía de Katrin Bolovtsova.

Se dice que hacemos de abogado del diablo cuando defendemos posiciones en las que no necesariamente creemos. Sin embargo, yo creo que los abogados, en infinidad de veces, hacen de abogado del diablo defendiendo, precisamente, al diablo que habita en sus clientes. 

Siempre me han parecido bastante obscenas las declaraciones exculpatorias que dan algunos abogados con respecto a las acciones de sus defendidos. Iba a decir que entiendo que a todo criminal lo asista el derecho a la defensa, pero ese derecho, en mi fuero interno, solo se lo concedo a los sospechosos, nunca a quienes está más que evidente que han cometido un desafuero.

Así que cuando veo a algunos “churubitos” ―permítaseme el palabro― abogados en las pantallas televisivas argumentando sobre sus defendidos acontecimientos que, en lugar de ser atenuantes, deberían ser agravantes; cuando los escucho exculpar o disculpar a violadores, narcotraficantes o tratantes de seres humanos —además de convertirse mi sangre en magma—, siempre pienso que el susodicho no tiene hijas y, por tanto, está incapacitado para ponerse en el lugar de la víctima o del padre de ella.

Entiendo que los abogados no estén de acuerdo conmigo, entendería que se molestasen por mi incapacidad para comprender su trabajo. De hecho, eso es lo que me dicen mis amigos abogados, pero ellos también deberían entender la rabia y la impotencia que producen en la población de a pie algunas actitudes de sus colegas.

Preguntaba Cicerón en su famoso discurso de las catilinarias que hasta cuándo abusarían de su paciencia. Y eso me pregunto yo cada vez que me entero de que algún famoso acusado de determinados delitos cambia, una vez y otra, y hasta otra, su declaración con respecto a los hechos por los que es acusado. Lejos queda aquel tiempo en el que, según Cervantes, la verdad quedaba por encima de la mentira como aceite sobre agua. Si los investigadores logran que, finalmente, la verdad resplandezca no será porque lo han tenido fácil, aunque la verdad es que nunca lo tienen.

Quizá, hacer de abogado del diablo no sea fácil, o, tal vez, quienes lo ejercen lo tienen ya tan asumido, tan interiorizado que hasta disfrutan con su trabajo, aunque yo, de ellos, iría tomándome medida para hacerme un traje ignífugo contra esas llamas demoníacas con las que tan alegremente juegan. Porque ya se sabe que quien con fuego juega…

Ana María Tomás. @anamto22

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