Por José Antonio Martínez-Abarca

Cuando llegan las fechas del ciclo anual más identificadas con los dulces tradicionales murcianos, como la Semana Santa o la Navidad, siempre me acuerdo de la famosa «magdalena de Proust». No sé si ahora mismo seguirá siendo igual de famosa esa magdalena. Habrá caído en desuso, como casi todo.
Cuando aún se leía la prensa de papel, tres de cada dos columnistas más o menos intelectuales hacían referencia al menos una vez al año a la «magdalena de Proust». Hay un libro gordo del tal Proust, grafómano novelista francés, donde un personaje se detiene durante bastantes páginas a describir las sensaciones que le proporcionaba una magdalena y cómo ésta le devolvía al recuerdo del pasado más añorado. Páginas y páginas por una magdalena. Eso hacía mucha gracia a todos los columnistas de la prensa de papel, sobre todo si se limitaban a escribir de oídas y no habían tenido que leer de verdad todo eso. Supongo que ahora hará menos gracia, en estos tiempos acelerados donde no se dispone de tanto para dedicar la vida a la descripción pormenorizada de las evocaciones y delicuescencias que trae un dulce.
Esa asociación de pensamientos atada al sabor de otra época
Sin embargo, puedo entender ese bucle temporal, esa asociación de pensamientos atada al sabor de otra época que narraba Proust a cuenta de una magdalena, por poco o nada que me gusten las magdalenas (demasiado huevo). A mí, en la vida real, me ocurre algo parecido a lo de la magdalena de Proust con no pocos dulces tradicionales murcianos, sobre todo los de Pascua. Los mantecados, los rollos de naranja, los de anís, las almendradas tortas de miel… Soy de los que jamás entra en una pastelería a comprar nada, sencillamente porque no me acuerdo de su existencia. No soy aficionado persistente a los dulces. Pero cuando, por idas y venidas, me plantan delante una bandeja con las cosas artesanas de esta época del año, no hay cosa que no me traiga su correspondiente cadena de recuerdos atados, de impresiones, cosas y seres en revoltijo, hasta muy atrás en el tiempo. Acabo yo solo con la bandeja, embebido, aturdido en recuerdos, con el mundo desaparecido a mi alrededor. Como máximo ejemplo, las tortas de Pascua que le traían una vez al año a mi abuela Josefina de Cabezo de Torres, la pedanía donde vivían los parientes de su difunto esposo.

Tenían esa dureza tostada de la buena harina antigua sin aditivos ni trampas, y venían apiladas en enormes bolsas como si fueran galletas de barco, de ésas que servían a la marina militar para cruzar océanos y evitar que muriesen de hambre los marineros. Un simple olor a fuego de leña, advertido sin querer en cualquier parte, me trae el fogonazo gustativo, por asociación, de aquellas tortas de Pascua que traían del Cabezo, cocinadas en aquellos hornos negros de los siglos de España. Tortas como sombreros de grandes que se siguieron mandando, con ese exagerado detallismo de los pueblos, una vez al año antes de nochebuena y durante toda una eternidad, hasta que de pronto cesaron. Como esas cartas que se dejan de recibir en tiempo de Guerra, la causa sólo era la muerte del último que podía enviarlas.
Un cierto olor navideño a fuego de leña, cada vez más infrecuente, basta para que todo lo que llevamos perdido de atrás, de pronto, regrese.

