Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Hace un tiempo escuché a alguien desencantado en temas sentimentales decir: “El amor es como el papel higiénico: se va acabando con cada cagada”. Nuestros abuelos, sin la existencia de tal papel, solían decir: “Obras son amores y no buenas razones”. Esto ilustra que depender del amor y las acciones de otros resulta complicado, especialmente por las contradicciones que se nos enseñan desde pequeños. Por un lado, nos inculcan ser generosos, poner a los demás primero, dar lo mejor y pedir poco. Por otro, nos piden amar a los demás como a nosotros mismos. Pero si nos colocamos siempre al final, ¿cómo cumplir ambas cosas a la vez?
Depender del amor y las acciones de otros resulta complicado
Mientras celebramos el enamoramiento, un sentimiento que científicamente dura pocos meses, no se fomenta el amor propio. Como dijo Oscar Wilde: “Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna”. Sin embargo, la sociedad rechaza este amor propio llamándolo egoísmo, narcisismo o presunción. Valorar nuestra imagen o logros personales suele ser mal visto, lo que complica encontrar un equilibrio entre cuidar de uno mismo y de los demás. Así, nos enfrentamos a un conflicto interno difícil de resolver.
Curiosamente, nos preocupamos más por conocer a nuestras parejas que a nosotros mismos. Sabemos su color favorito, su comida preferida y sus defectos pero, ¿podríamos responder esas mismas preguntas sobre nosotros? Probablemente no. Vivimos rodeados de ruido constante, incapaces de quedarnos en silencio y reflexionar sobre quiénes somos. Incluso en espacios naturales, muchas personas prefieren escuchar música con auriculares en lugar de disfrutar del sonido del viento, el canto de los pájaros o el crujir de las hojas. Este aislamiento nos aleja de nuestro interior, el primer paso necesario para aceptarnos y amarnos.
La sociedad rechaza este amor propio llamándolo egoísmo, narcisismo o presunción
En este camino, no solo importan nuestras acciones, sino también nuestras palabras. La película Criadas y señoras lo ilustra con la frase de una criada que alentaba a una niña a repetirse: “Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante”. Este tipo de mantras, como decirnos “A pesar de mis errores, me amo, me respeto y me acepto”, pueden brindarnos una paz interna invaluable. Sin embargo, el problema principal radica en que constantemente nos comparamos con los demás, midiendo nuestro valor en función de logros ajenos. Esto nos desconecta de nuestra singularidad y potencial.
Vivimos rodeados de ruido constante, incapaces de quedarnos en silencio
Einstein lo resumió brillantemente: “Todo el mundo es un genio, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, pasará su vida creyendo que es un idiota”. Sería bueno dejar de medirnos con estándares externos y enfocarnos en nuestra unicidad. Conocernos, valorarnos y aprender a estar con nosotros mismos no solo es el primer paso para una relación sana con los demás, sino también para construir esa eterna historia de amor con quienes realmente somos.

