LA TRISTE HISTORIA DE LA PRIMERA SEDE DEL CASINO DE MURCIA

ARS CASINO. Por Loreto López.

Durante los primeros meses, tras la fundación el 12 de junio de 1847 de la Sociedad del Casino de Murcia, de forma provisional y por apenas cuatro meses, la institución se instala en la antigua casa de los Marqueses de la Corona, al final de la calle Jabonerías, que en ese momento pertenecía al padre del que fuera nombrado primer presidente de la entidad, D. Juan López Somalo.

La noticia de la inauguración de una sede estable la hemos encontrado en el Diario de Murcia del martes 12 de octubre de 1847. Dicho emplazamiento, arrendado por seis años, hasta poder financiar la adquisición de un inmueble propio, fue la casona-palacio Lucas-Celdrán, entonces propiedad de los Condes de Campohermoso, en el ángulo de la actual calle Arquitecto Pedro Cerdán, antaño calle Lucas nº4, colindante con la actual fachada lateral de nuestro Casino y que hoy ocupa en parte el boulevard Cetina.


EL EDIFICIO CONTABA CON UN PATIO INTERIOR PORTICADO, CON HERMOSAS COLUMNAS Y CAPITELES CORINTIOS DE PIEDRA


Por aquellas fechas la propia casa, levantada en la segunda mitad del siglo XVIII, y el linaje de su fundador daba nombre a la calle. Don Antonio Lucas Celdrán de Verástegui, Guill, Calvillo y Villaseñor, Caballero de Santiago, Regidor Perpetuo de Lorca, Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición del Reino de Murcia, Marqués del Campillo, Señor de ambos Javalíes (el Viejo y el Nuevo) y del Palmar, que con anterioridad se había denominado como el Lugar de don Juan de Verástegui, su antepasado; hombre preeminente de la sociedad murciana, del que se decía que solía calzar a sus caballos con herraduras de plata.

En las fechas en que se instala en el edificio la institución, un sobrio caserón de estilo barroco, compuesto de tres plantas, con una torre en la que campaba un gran escudo nobiliario, este ya se encontraba en franca decadencia. De su fachada sobresalía un gran mirador de madera en la primera planta, pero lo más llamativo se encontraba en el bonito patio interior, porticado con hermosas columnas y capiteles corintios de piedra, sosteniendo el artesonado, de aquí arrancaba la escalera de notables dimensiones que subía hasta el piso principal.

Aunque el Casino trasladó su sede en 1853, tras la adquisición de su también decadente palacete a la Condesa de Villaleal, viuda del Conde de Pinohermoso, el de Lucas-Celdrán siguió en pie durante más de cien años.

El último uso que tuvo fue el de hospedaje, el hotel Madrid, hasta que finalmente en 1986 fue derruido, a pesar de su singularidad y del esfuerzo de instituciones, pues poco tiempo antes de su destrucción fue recogido en el inventario de Patrimonio Arquitectónico de interés Histórico-Artístico, catalogado por el Colegio de Arquitectos de Murcia y por la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico-Artístico, que en acuerdo del día 16 de julio de 1982, estimó que el inmueble tenía interés ambiental y debía conservarse en su estado actual, así como de algunas voces públicas, que se alzaron en favor de su conservación, como la del investigador y cronista oficial de la Diócesis de Cartagena D. Francisco Candel Crespo. Una pérdida más del patrimonio murciano, que haría de este rincón un lugar maravilloso, junto a la primera fachada del Real Casino, de la que hablaremos próximamente.

De aquel momento solo nos queda el recuerdo y el entusiasta discurso de López Somalo, transcrito en el Diario de Murcia al día siguiente de su inauguración y que aquí presentamos como primicia.

Discurso pronunciado en la apertura del Casino de Murcia por don Juan López Somalo:

¡SEÑORES¡

Medio siglo hace que empezó a extenderse por toda Europa el espíritu de la asociación como el mejor medio de prosperidad y ventura que pueden emplear las naciones, y desde entonces son innumerables las corporaciones que se han fundado de todas clases. Por desgracia nuestra nación no fue de las primeras que pudieron acudir al llamamiento, y si bien en distintas épocas algunos de sus hijos hicieron desesperados esfuerzos para colocarla al nivel de otras vecinas, la fatalidad la volvía a sumir de nuevo en la abyección en que yacía; pero el pensamiento se desarrollaba, la necesidad de las reformas se conocía y semejante situación no podía ser subsistente.

El cambio político que iba a verificarse bien pronto era por lo tanto hijo del estado moral del país. Llegó por fin un día en que el solio de Castilla se halló ocupado por una niña inocente, pura como un ángel, y la España vio en esta feliz circunstancia llegado el momento de su regeneración. Desde entonces el espíritu de asociación se desarrolló rápidamente, cundió como una chispa eléctrica por todos los ámbitos de la monarquía, y fueron infinitas las sociedades científicas artísticas y literarias que se crearon. Pero esto no era bastante. Aun necesitaba el espíritu de asociación ejercer su imperio sobre otros ramos más bastos.

Las empresas comerciales se reprodujeron hasta lo infinito una vez dispuestos los ánimos a este objeto. Se crearon establecimientos como el que hoy se inaugura en casi todas las ciudades de España. Murcia sin embargo carecía de un establecimiento semejante, y mientras que ciudades subalternas de la provincia tenían los suyos, en la Capital no se conocía; y no porque los Murcianos no hubiesen acudido al primer llamamiento de esta clase de instituciones, no. Desde el primer instante en que las corporaciones de esta clase se empezaron a extender por España nuestra hermosa ciudad creó un liceo que cuenta entre sus socios hombres eminentes y dignos del mayor aprecio; pero que la fatalidad que primero pesara sobre toda ella ha reducido al parecer su menoscabado imperio a nuestra ciudad, y ese liceo que tan bello porvenir ofreciera, yace hoy en el más deplorable quietismo y no da muestras algunas de existencia. Posteriormente algunos hijos de Murcia, entusiastas por las glorias del suelo que los viera nacer, fundaron otra sociedad cuya existencia débil y precaria concluyó tan luego como desapareció la digna autoridad que le diera su apoyo.

Hoy señores se inaugura una corporación, y nunca más que hoy se puede prometer venturosos días de prosperidad y un largo porvenir. Cuando por todas partes no resuenan más voces que las de fraternidad y olvido; cuando después de mil turbaciones y vaivenes políticos todos los Españoles no aspiran más que a la unión y a la tolerancia, es precisamente la época en que un establecimiento de esta especie, ajeno á las cuestiones políticas y religiosas, y cuyo instituto no es otro más que el de la buena sociedad y el de estrechar las relaciones amistosas entre los hijos de un mismo pueblo, en estos momentos repito es cuando con más entusiasmo debe acogerse nuestra idea y todo aquel que estime en algo ser hijo de Murcia, todo aquel que se halle animado de sentimientos análogos a la gloria del suelo que nos viera nacer, debe unir sus esfuerzos al de los Sres. que tuvieron la gloria de haber abrigado este pensamiento. Sin embargo Sres. la corporación que hoy se inaugura ha tenido que luchar con inconvenientes y obstáculos que no previeron los que concibieron el proyecto. Dentro de sí misma tenía el germen de su destrucción, y sin una voluntad de hierro y sin un deseo vehemente de que no fracasara, y por último sin el auxilio de personas que nos favorecen particularmente con su amistad, tal vez el Casino de Murcia nunca hubiera sido más que un proyecto. Reciban esas personas las más sinceras gracias en nombre de todos los asociados, y continúen contribuyendo como hasta aquí por el fomento de una corporación que sobre las infinitas ventajas que ofrece, si nuestro corazón no nos engaña, si los votos más ardientes de nuestra alma se ven realizados, ha de venir a ser la gloria de nuestra ciudad y el centro común donde todos los Murcianos depongan sus antiguas antipatías hijas de la ignorancia y del aislamiento en que por desgracia hemos vivido hasta el presente.


Loreto López, restauradora

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