Romerías en el Sahara

Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Ziara al morabito del chej Mohamed Fadel. Foto: Antonio V. Frey

En algunas cartas te he contado sobre las romerías que celebran los habitantes del desierto. Estas se dirigen y encuentran en donde está la tumba de un morabito, pues los locales de aquella parte del mundo guardan un especial recuerdo de sus santones, especialmente de aquellos que se caracterizaron por una piadosa vida de entrega y sacrificio por los demás. Sin ser equiparables a los santos católicos, se les guarda un respeto y una veneración que los creyentes de allí consideran una vía en la adoración a Dios.

Algunas tan populosas que reúnen a multitudes de localidades vecinas; diferentes tribus, antes nómadas hoy sedentarias, que, en su día, disputaron por esto y aquello, y en cuya resolución medió el santón. Además del carácter religioso de la reunión, se conmemora y celebra la paz social. Semejante festividad multitudinaria es aprovechada, inteligentemente, para el intercambio de ideas, resolución de nuevas disputas, concreción de acuerdos, alianzas matrimoniales y, sobre todo, comercio de productos en una especie de zoco o bazar. A tal evento lo llaman mussem. En el sur de Marruecos, en el ámbito más septentrional de nuestra antigua provincia del Sahara, es célebre el mussem de Tan Tan, que se celebra a la sombra del hermoso morabito del chej Mohamed Laghdaf de la tribu Malainín. Es patrimonio inmaterial de la Humanidad. En él se reúnen tribus de todo el Sahara en un encuentro colorista que incluye actuaciones musicales, cánticos populares, juegos, concursos de poesía y otras tradiciones orales hassaníes. Pero también las fantasías o tburida, que son espectáculos ecuestres con alarde de pólvora que se remontan a cientos. Creo que su actual nombre es un préstamo latino que realmente deriva de furūsīyah, que es como se denominaba al ejercicio marcial ecuestre desde el califato de Bagdad. A sus practicantes los denominaban al-fāris, de donde viene nuestra palabra alférez. Otro a resaltar es el mussem de los novios, en Imilchil, en pleno Atlas, donde se consuman casamientos pactados. Casi nada.

Al margen de esas romerías tan bulliciosas existen otras más recogidas, con un carácter netamente religioso y personal. Son las “ziaras”, que se pueden traducir como peregrinaciones. Suelen reunir a un grupo muy reducido de devotos que se dirige a un morabito para rezar. Son actividades muy íntimas, nada abiertas al extraño, pues son momentos de emoción y oración. Por eso puedo decir que, durante mis prospecciones por el sureste de Mauritania, tuve la inmensa suerte de ser acogido por un grupo de peregrinos que se dirigía a la tumba de un líder religioso, el chej Mohamed Fadel, que había sido el fundador de la última de las cofradías sufíes allá a finales del siglo XIX. Su carisma le hacía tener mucho predicamento entre los beduinos, por lo que la visita casi es obligada para aquel que se precie de serlo. 

Poder incorporarme en la peregrinación, a pesar de mi condición cristiana, fue un gesto de buena voluntad entre esos nuevos amigos que hice, quienes veían en mí a un respetuoso investigador que intentaba entender los mecanismos sociales de tales ritos que, en cierto modo, nos hermanan en la búsqueda del consuelo que nos produce en el alma una caricia de Dios.

Antonio V. Frey Sánchez

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