Las Meninas del Casino, de Francisco Navarro 

Un juego de espejos entre la historia del arte y el Real Casino de Murcia 

El otro museo, por Ángela M. Torralba

En la cafetería del Real Casino de Murcia cuelga un cuadro que, a su manera, también observa. Se trata de Las Meninas del Casino (2013), una reinterpretación de la célebre obra de Velázquez firmada por Francisco Navarro, pintor madrileño afincado en Murcia, que decidió un día dejar la toga para dedicarse al arte. 

Su versión de Las Meninas no reproduce la escena del siglo XVII, sino que la reinventa desde la mirada contemporánea de un artista que, sin renunciar a la figuración, se mueve con soltura en los terrenos de la abstracción. En su lienzo, de 100 x 160 centímetros, todo está sugerido, más que descrito: los cuerpos, la luz, incluso los rostros, aparecen apenas insinuados, como si el pintor quisiera recordarnos que toda representación es, en el fondo, un reflejo impreciso de la realidad. 

Pero lo verdaderamente fascinante de Las Meninas del Casino es su doble juego de espejos. En el fondo del cuadro, Navarro sitúa el inconfundible interior del propio Salón de Socios de la entidad. Y, colgado en la pared que aparece al fondo, se distingue una referencia directa a otra obra emblemática de la institución: El Ángel caído, de Molina Sánchez. De esta forma, el artista construye un “meta-cuadro” en el que el Real Casino no solo alberga la pintura, sino que forma parte de ella. 

Velázquez, en su original de 1656, rompió las fronteras entre el espacio del espectador y el del cuadro al incluir en la escena el reflejo de los reyes en el espejo del fondo. Navarro, casi cuatro siglos después, lleva ese juego un paso más allá: traslada la acción a un espacio real, tangible para quien contempla la obra. Así, el visitante que observa Las Meninas del Casino se convierte también en parte de esa cadena infinita de miradas.  

El lenguaje pictórico de Navarro, sin embargo, difiere del de Velázquez. Frente al naturalismo barroco y la sutileza lumínica del sevillano, el pintor contemporáneo recurre a una síntesis de planos y tonos ocres que evocan la atmósfera del edificio, sus muros y su luz. El resultado es una reinterpretación moderna de La familia de Felipe IV que mantiene el espíritu de la original: la reflexión sobre la mirada, el arte y la realidad.  

La inclusión del Ángel caído en el fondo no es un detalle casual. Además de rendir homenaje a uno de los grandes artistas murcianos, crea un diálogo entre dos generaciones y dos visiones del arte: la de Molina Sánchez, maestro del expresionismo simbólico, y la de Navarro, que oscila entre lo figurativo y lo abstracto. Ambos coinciden en una idea esencial: el arte como puente entre la realidad visible y una dimensión más profunda, más emocional. 

El artista convierte así una escena universal en un homenaje íntimo a Murcia y a su entorno cultural. Del mismo modo que el edificio conjuga estilos arquitectónicos de distintas épocas, Las Meninas del Casino combina historia y abstracción, reverencia y renovación. 

Al contemplarla, uno tiene la impresión de estar siendo observado desde dentro del cuadro, como si las figuras —o los propios muros del Salón— nos devolvieran la mirada. Y en ese instante, el juego de espejos que comenzó en el taller de Velázquez, sigue reencarnado en las paredes del Casino.

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