Las estrategias de los niños

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

En alguna ocasión he dicho que el autobús, aparte de ser un excelente medio de transporte, es una caja de sorpresas, y una fuente de inspiración para cualquier escribidor.

Hace unos días una señora encajonó, literalmente, entre la ventanilla y ella a una criaturita de unos seis años aproximadamente, la niña en cuestión quería sentarse junto a una prima que les acompañaba, pero la madre, haciendo oídos sordos a sus peticiones, súplicas y llanto ni se inmutó. Cuando la pequeña lo vio todo perdido amenazó a su madre: «a que vomito». Dicho y casi hecho, porque cuando la madre comprobó que las arcadas de la nena no auguraban nada bueno la dejó salir, viento en popa, y ponerse al lado de la prima.

Yo me planteé hasta qué punto eso podría resultar una estrategia para conseguir algo que consideramos justo y que, sin embargo, se nos niega sin entender muy bien la causa

Yo me planteé hasta qué punto eso podría resultar una estrategia para conseguir algo que consideramos justo y que, sin embargo, se nos niega sin entender muy bien la causa. Pensé qué podría ocurrir si los adultos utilizáramos las mismas estrategias que usan los niños para lograr lo que desean. ¿Son los años los que cambian las actuaciones, o las actuaciones las que cambian con los años? María Macías, una socióloga venezolana dice que «Si un adulto se comporta como un niño se la llama falto de madurez. Si un niño se comporta como un adulto se la llama delincuente juvenil». Pero ¿se imaginan el jueguecito que nos daría amedrentar a la gente con semejante movida? Hombre, no es que sea un sistema muy aséptico, pero eso sería, incluso, una razón más para utilizarlo en determinadas ocasiones. ¿Se imaginan un buen despacho enmoquetado y un jefe reacio a conceder un aumento de sueldo? Imagínense una consulta de la Seguridad Social en donde los médicos, que por buena voluntad que tengan, no pueden utilizar un tiempo prudencial en donde atender, con unas pocas palabras, al enfermo y dejar que el efecto placebo obre lo que no consiguen en muchos casos las medicinas… tal vez, la amenaza de ponerle los pelos y la bata perdidos con el pisto del tentempié de la mañana sería una buena forma de persuadirlos para que nos prestasen algo más de atención ¿no creen?

Y pensando un poco, no sólo se podría utilizar como arma amenazante, también obraría milagros a la hora de saborear una venganza: que usted descubre, por ejemplo, que su marido le ha hecho una faena… nada de esperarle tras la puerta con el rodillo de aplastar masa, usted se da un buen atracón, a ser posible de algo que no le dé mucha pena largar luego, y lo espera tras la puerta con los dedos prestos a la boca.

A mí se me ocurrió comentarle la idea a una amiga y ésta, ni corta ni perezosa, a la primera ocasión que tuvo la puso en práctica. Me contó que un taxista casi le muerde la yugular porque cuando fue a pagarle el transporte lo hizo con un billete de cien euros. Ella, en esos momentos, se tragó el berrinche y tomó buena nota de la matrícula. Varios días después volvió a tomar el mismo taxi y en mitad de trayecto le preguntó al susodicho «¿qué tal unos pinchos de tortilla, una tapa de queso de Cabrales, otra de boquerones al ajillo, y un par de chatos de vinos?». «¿Cómo dice?» preguntó el incauto. ¿Cómo dice? No. ¡Cómo hace! En unos segundos le puso el coche hecho un asco. Y como yo le dije: «Mujer, primero tienes que avisar con un ¡a que te vomito!”

ana maria tomas

@anamto22

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