
Crónicas de un socio fantasma, por don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la literatura y espectro en propiedad del Real Casino de Murcia

Aquí me hallo, flotando entre las ebanisterías gloriosas de la Biblioteca Inglesa del Real Casino, vagando entre maderas talladas y flamencos burlones, rodeado de libros que no escribí, víctima de mi propia grandeza, que me miran con la compasión que se reserva a los incomprendidos… o a los locos.
Cierto es que nunca publiqué. No por falta de talento, ni por escasez de ideas (¡llegué a tener 41 comienzos distintos de novela histórica en mi escritorio!), sino porque una mano negra —literal, enguantada y perfumada con esencia de magnolia— se empeñó en silenciar mi genio.
La Biblioteca, con sus volúmenes polvorientos y su tribuna altiva, es mi tumba y mi tormento. En vida me sentaba aquí, garabateando sonetos que habrían hecho llorar a los ángeles. Un genio que habría eclipsado a Quevedo si me hubieran dejado respirar, pero esos necios conspiraron para que mi pluma cayera en el olvido. No, no exagero. Yo, don Ignacio de la Marquina y Beltrán, autor de obras invisibles como Las Confesiones de un Hombre Justo o El Tratado Elemental de las Grandes Ideas que Cambiarán el Mundo —si algún día me apetece redactarlas—, fui víctima de una conspiración literaria de proporciones vergonzosas.
Aquel fatídico día descendía yo por una de las escaleras más traicioneras del Casino —aún no diré cuál, que el misterio os pudra como a mí— cuando una mano invisible me empujó. Mi caída fue elegante, como corresponde a un caballero de mi estirpe. Morí con una cita de Horacio en los labios y el borrador de mi primer volumen de memorias en el bolsillo interior del frac. El manuscrito, por supuesto, desapareció. ¿Resultado? Un genio perdido y un montón de papel arrugado que algún criado usó para encender el fuego.
Sobre los sospechosos no tengo pruebas, pero tampoco dudas. El Marqués de C*****, que temía que mi novela desmontara los cimientos morales de su linaje. El Cardenal T**, al que dediqué un poema acróstico en el que lo comparaba con una almeja. Incluso el propio bibliotecario del Casino, que jamás entendió que mis notas a pie de página fueran más extensas que el texto principal. ¡Necios todos!
Ahora, como ánima en pena —aunque con cierta galanura incorpórea—, deambulo entre los estantes, susurrando pasajes no escritos a los lomos de los libros más pretenciosos. A veces intento poseer a los lectores, meterles ideas brillantes en la cabeza, pero solo consigo provocarles una leve migraña y una irresistible necesidad de mirar TikTok.
¡Ah, si la posteridad me hubiese leído! ¡Si mi tratado sobre las virtudes geométricas del alma hubiese visto la luz! ¡Si aquel ensayo sobre La relación entre el bacalao en salazón y la estructura del pensamiento español hubiese sido comprendido!
Pero no todo está perdido. La escalera traicionera aún guarda mi último aliento. Y hay quien empieza a sospechar. El otro día, un joven socio dijo haber visto una figura translúcida hojeando La decadencia de Occidente. Era yo, claro. Solo que lo hojeaba al revés, como debe hacerse con Spengler.
Volveré a escribir. Desde el más allá, sí, pero con una voz que no necesita imprenta.
