Plumas cruzadas, por Rosalía Ortiz

El poeta español Juan Ramón Jiménez buscaba el nombre exacto de las cosas, pero ¿existe una palabra certera para referirnos, por ejemplo, al río más caudaloso del mundo? Al recorrer por primera vez el gran cauce de este río en el siglo XVI, Francisco de Orellana, explorador español de la época de la conquista de América, lo denominó Amazonas, evocando así a las míticas guerreras griegas. ¿Es este río tan combativo como aquellas mujeres que inspiraron su denominación o esa ferocidad es solo la proyección de quienes intentaron descifrarlo?
Considerado el pulmón verde del planeta, el río Amazonas ha suscitado el interés de muchos autores a lo largo de la historia. Las plumas que hoy cruzaremos son las de la narradora chilena Isabel Allende (1942), figura indispensable del llamado Post-Boom latinoamericano, y las del escritor español Javier Reverte (1944-2020), especializado en literatura de viajes. En particular, nos retrotraemos a principios del siglo XXI y nos adentramos en dos relatos ubicados en la vastedad del Amazonas: uno de corte fantástico, imaginado por Allende en su novela para jóvenes La ciudad de las bestias (2002), y otro de ambiente realista, retratado por Reverte en su obra El río de la desolación (2004).
Francisco de Orellana, explorador español de la época de la conquista de América, lo denominó Amazonas, evocando así a las míticas guerreras griegas
La lección de un padre a un hijo marca el inicio de la novela de Allende: la escritura en chino de la palabra crisis reúne los caracteres peligro y oportunidad. Tal y como le recuerda John Cold a su primogénito, Alexander Cold, el peligro de la enfermedad de su madre le da la oportunidad de vivir una aventura extraordinaria con Kate, su abuela paterna y reportera de la revista International Geographic.
Con cientos de inseguridades, la flauta de su abuelo y la Guía de salud del viajero audaz bajo el brazo, Alex emprende junto a Kate una expedición al corazón de la selva amazónica, entre Brasil y Venezuela, desde el río Negro hasta el Alto Orinoco, en busca de una gigantesca criatura, posiblemente prehistórica y humanoide, que despide un olor nauseabundo.
En Santa María de la Lluvia, un villorrio mágico y recóndito, Alex conoce a Nadia, la hija de César Santos, el guía local brasileño que forma parte de la excursión, y juntos descubren dos microcosmos selváticos. Al ser “capturados” por la gente de la neblina, habitantes invisibles y remotos del Amazonas cuya comunicación imita los sonidos de la naturaleza, Alex y Nadia son conducidos a la aldea invisible, llamada Tapirawa-teri y resguardada tras una imponente catarata.
El peligro de la enfermedad de su madre le da la oportunidad de vivir una aventura extraordinaria con Kate
El segundo de los territorios amazónicos hallado por estos jóvenes es la ciudad de los dioses y de las Bestias, donde se halla la montaña sagrada o tepui. Alex y Nadia son elegidos para derrotar al pájaro Rahakanariwa, portador de enfermedades, y para ello deben superar sus miedos y asumir las cualidades de sus animales totémicos. Reconociéndose en el Águila, Nadia sube a la cima del tepui y alcanza los tres huevos de cristal para su pueblo. Alex, por su parte, identificado con el Jaguar, baja a las entrañas del tepui con el objetivo de obtener el agua de la salud para su madre.

Este recorrido por el Amazonas por parte de Alex y Nadia es sinónimo de retos desafiantes, pero también de aprendizaje, autoconocimiento y amistad. En cambio, el viaje por el Amazonas de Javier Reverte no comporta divertimento, sino desolación, como indica el propio título de su libro. Tomando todos los medios de transporte existentes, este viajero audaz describe su propia odisea desde el nacimiento del Amazonas en los Andes peruanos hasta su desembocadura en el Atlántico brasileño.
Alex y Nadia son conducidos a la aldea invisible, llamada Tapirawa-teri y resguardada tras una imponente catarata
Su voluntad de ofrecer una historia veraz queda evidenciada en la fotografía de paisajes, costumbres, gastronomías y lenguas de cada comunidad indígena con la que el autor convive. No obstante, el Amazonas no puede seguir la corriente del realismo. En este sentido, Reverte confiesa que la Amazonia “no está hecha a medida del hombre y, quizás por ello, se nos antoja satánica”. La inmensidad de este territorio excede el poder de comprensión de los sentidos humanos y confronta al Homo sapiens con su intranscendencia:
«A veces, navegando el Amazonas, llegas a pensar que no hay allí ningún ser vivo capaz de sobrevivir al furor verde de la tierra, que el bosque es un organismo móvil y maligno. Abrumado por las soledades, los silencios y el agobio de la jungla húmeda y el río sombrío, sientes que más tarde o más temprano ese universo acabará por engullirte».
Este viajero audaz describe su propia odisea desde el nacimiento del Amazonas en los Andes peruanos hasta su desembocadura en el Atlántico brasileño
Aunque Reverte resalta el carácter omnipresente del Amazonas, también nos recuerda algunas habladurías, a saber, que la jungla será desierto. Esta afirmación nos bifurca en los dos interrogantes siguientes: «¿Sonreiremos sobre el desierto cuando la revancha humana se consume? ¿O será la selva quien sonría cuando la especie humana esté a punto de extinguirse?».

