Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Concluirás, seguro, de todo lo que te relato del Sahara, que desplazarse por el desierto es lo más sencillo y, a la vez, lo más aburrido del mundo. Y nada más lejos de la realidad, sobre todo cuando transitas por interminables pistas de arena que te conducen a lugares recónditos. Siempre surge alguna sorpresa que rompe la monotonía del árido paisaje y te hace regresar desde la profundidad de cualquier pensamiento en el que estés sumergido.
En los desplazamientos por el Sahara es muy habitual la compañía del viento; un viento que, cuando le da por acariciar el suelo del interior, mueve enormes cantidades de arena. Tal es su intensidad que hace tiempo un estudio científico concluyó que los fosfatos superficiales que arrastran los grandes flujos de la atmósfera han tenido —y tienen— un papel muy importante en la exuberancia de la Amazonía al otro lado del océano Atlántico. Por eso te digo que, cuando alguna lengua de ese viento sahariano alcanza nuestra península y precipita, debemos alegrarnos, pues esa arena, con su carga mineral, contribuye a fertilizar nuestros campos y huertas.
Producto de esos vientos desérticos es muy frecuente que durante un trayecto por la única carretera que une Marruecos con Mauritania haya tramos en que el firme desaparezca, lo que compromete la seguridad de la conducción. Toda una aventura, pues, que a veces se adereza con viajantes detenidos por una avería, y a los que la ley no escrita del desierto obliga a ayudar o socorrer. Cuando ese deber se cumple, el agradecimiento se hace un nuevo deber —esta vez para el socorrido— y rápidamente se prepara un té en un fuego improvisado que termina siendo testigo de intercambio de noticias e historias aderezadas con risas. Así que ya sabes: siempre debe haber gasolina, agua y té.
Anécdotas de carretera aparte, uno no debe descuidarse en un viaje a través del páramo sahariano, porque la arena puede esconder desagradables sorpresas; más aún cuando se trata de una zona que ha soportado un conflicto armado, como el que mantuvieron Marruecos y el Polisario hasta el año 1991, pues ambos contendientes minaron importantes extensiones de arena. De hecho, alguna vez circulan rumores de pastores o beduinos que tuvieron la mala fortuna de tropezar con un artefacto así, aunque las autoridades locales tratan de acallarlos, para no causar alarma. Al respecto, recuérdame que te cuente la inenarrable experiencia con una compañía de ingenieros del ejército polaco, quienes bajo bandera de la ONU, andaban desminando cerca de un yacimiento arqueológico que estudiaba…
Como te he indicado, el recorrer el desierto, ofrece la inolvidable experiencia de la introspección si viajas solo, o de la conversación si lo haces en compañía. Durante esos trayectos puedes tener la suerte de contar con un excelente conversador, pero, también, con un aburrido nativo que flaquea cuando se trata de hablar en otro idioma que no sea el de sus padres. Entonces ocurren aquellas sorpresas que te conté: por arte de magia surge un rebaño de camélidos que se cruzan en tu camino con solemne parsimonia. A la pregunta de si se pierden o son robados, Bilal, el beduino que me sirve de guía dice: “No, sidi. Nunca se pierden. Saben orientarse. Y si por algún despiste aparecen donde no deben, sus verdaderos dueños lo recuperan inmediatamente, porque están marcados”. No lo pongo en duda. Hace ciento y pico años llegaba a correr sangre si alguien tocaba el dromedario que no era suyo.

