Búhos y alondras

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

La Aurora de Miguel Ángel

Los hábitos de sueño son un tema recurrente de conversación, sobre todo al final de cualquier cena con amigos: a qué hora nos tenemos que levantar al día siguiente, si dormimos bien o mal, cuántas horas, etc. No falla.  

Me acabo de enterar de que soy una morning person. Sí, así llaman los anglosajones a los que rinden más por la mañana que por la tarde. Dicho en román paladino, soy madrugador, muy madrugador, sin ningún mérito porque lo hago sin esfuerzo.

Generalmente, los que madrugamos sin necesidad somos vistos como marcianos; y si nos acostamos pronto, que es lo normal, somos marcianos aguafiestas y tenemos que explicar nuestro extraño comportamiento. Los trasnochadores no tienen que explicar nada, pasan por ser gente “enrollada” y divertida. Puede que lo sean, no digo que no. 

De hecho, la Universidad de Heidelberg descubrió en una investigación que los hombres que se quedan despiertos hasta tarde tienen “mayor éxito de encuentros”, o sea, ligan más. ¡No me digas! Prosigue el informe: “quedarse despierto hasta tarde es sinónimo de juventud, mientras que las primeras horas de la mañana pertenecen al mundo de los mayores”. ¡Gastar dinero para llegar a esto!

Por lo que a mí respecta, salto de la cama con la ilusión de estrenar el día: tomar el primer café mientras amanece, disfrutar de la dulce soledad de las primeras horas del día…
“¡Qué necesidad, pudiendo estar en la cama hasta las tantas!”, me dicen los míos. Y posiblemente tienen razón.

He observado que los triunfadores suelen ser madrugadores, aunque hay excepciones, porque recuerdo que hace años José Manuel Lara, fundador de la editorial Planeta, dijo en una entrevista que “el negocio que no da para levantarse a las 11 de la mañana, no es negocio ni es nada”. 

Un estudio de la Universidad de Oulu, Finlandia (hay estudios para todos los gustos) descubrió que los hombres que se levantan temprano ganan un 4% más que los que se levantan tarde. Poco porcentaje me parece para motivar a levantarse a los que resisten en su cama como si de una fortaleza se tratara.

La biología me dotó de un reloj biológico que me hace despertar al amanecer, incluso antes si es invierno; es una sintonía circadiana a la que encuentro ventajas, para mí y para los que viven conmigo. Soy el único en casa que se levanta al amanecer; generalmente atolondrado, sin ganas de hablar con nadie (como todo el mundo, creo), pero al estar solo no es problema para mí ni para los demás. Cuando los demás se levantan yo ya he tomado mis dos cafés, me he puesto al día de las noticias, he hecho ejercicio, me he duchado y puedo darles los buenos días con buena cara y mi mejor sonrisa: un regalo diario que les hago.

Después organizo mi día haciendo a primera hora las cosas más importantes que tengo programadas, no dejo para mañana las tareas de hoy y, generalmente, de las 24 horas del día me sobran varias para atender las tareas que otros me confían: “Si quieres que una tarea se haga, encárgasela a una persona ocupada”, dice un proverbio chino. No es por presumir, pero yo soy ese.

Eso sí, por la noche soy un ser bostezante que mira la cama como el amoroso útero que promete descanso y renovación, ya imaginarán ustedes que no soy el que apaga la tele por la noche ni revisa cierres.

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