ARS Casino, por Loreto López

Que las mascaradas o fiestas populares con disfraces, de cualquier índole o naturaleza y con la desinhibición que propicia el camuflaje, han sido una de las mayores diversiones de nuestros ancestros es algo incuestionable. Y es que han estado unidas a ritos paganos desde el principio de los tiempos, por lo general relacionados con el frío invierno, y de aquí, como tantas otras costumbres arraigadas en el humano desde el principio de las civilizaciones, asumidas y adaptadas a los ritos cristianos con el paso del tiempo; hablamos, pues, del Carnaval.
Hemos de señalar que el Carnaval, desde que se instaurara allá por época medieval, siempre fue una fiesta popular, donde la plebe se desfogaba montando jaleo en las calles, bajo el anonimato de cualquier estrafalario disfraz, antes de iniciar el austero y abstinente tiempo de Cuaresma. En cambio, los llamados bailes de máscaras implicaban la privatización de esta fiesta, restringiendo el acceso únicamente a los estratos medios y altos de la sociedad.
Estos bailes de máscaras fueron cosa más reciente, aunque la realeza los disfrutaba desde mucho antes, cobrando su mayor difusión ya bien entrado el siglo XIX, en el momento justo en que abre sus puertas nuestro Casino. Pronto se hicieron indispensables y muy deseados por los jóvenes, sirviendo de disfrute, pero también de socialización, pues tras el antifaz afloraban intenciones reprimidas y exhibición del poderío económico a través de los ricos trajes que lucían tanto damas como caballeros.
Miguel Rubio Arróniz, boticario muy festivalero del barrio de San Antolín, en su obra El Carnaval de Murcia en el año 1854, calificado como poema joco-serio, de larguísima extensión, ya menciona el desfile de la Sardina de ese año, que entonces se realizaba en tiempo pre cuaresmal, partiendo de un bando publicado desde el Casino, nuestro Casino, que a la sazón se encontraba adecuadamente engalanado para el evento.
“…Con delicados adornos.
Con columnas y floreros,
Forma el Casino de Murcia
Bello pasaje en su centro.
Lindos balcones decoran
En sus dos lados, opuestos.
Pintados de color verde
Caprichosos antepechos.
El sol derrama sus rayos
Por el espacioso suelo.
Y fantásticas columnas
Con cristales antepuestos.
Cierran tan bello recinto
En sus distantes extremos…”
Allá por 1859, aunque ya con anterioridad a esta fecha se hacía mención de los fastuosos bailes de máscaras en el Casino con motivo del Carnaval, se comprueba como estos se iniciaban anticipadamente por las fiestas de fin de año y, especialmente, por las de la Candelaria, teniendo continuidad con los propiamente carnavaleros.
José Martínez Tornel publicaba el librito que recogía El carnaval de Murcia en 1876 y festejos públicos por la paz, donde se invitaba al pueblo murciano a recibir vestido de máscaras a doña Sardina, que llegaría en tren, precisamente el 2 de febrero, día de la Candelaria.
Esta tradición del baile en el Casino el día de la Candelaria, aunque sin máscaras, fue recuperada tras su reciente restauración y esperemos que se mantenga por mucho tiempo.
No disponiendo de más testimonio que el escrito prolijamente en la prensa del momento, las fotografías llegarían muchos años después, en 1991 tuvo a bien el gran pintor, además de gran conocedor y cronista de la historia murciana, Manuel Muñoz Barberán, dejarnos en alguno de sus lienzos una imaginada instantánea extemporánea de aquellos bailes de máscaras de antaño en el Casino, ubicándolos acertadamente en su acceso primero, el que entraba directamente al Patio Pompeyano. Aunque por aquellas supuestas fechas el patio no tuviera tal decoración, ni alumbrara la luz eléctrica, ni la Venus de Planes ocupara su pedestal, pero eran necesarias estas licencias para que no cupiera duda del lugar.
Gracias a los actuales propietarios de tan deliciosa obra, que me han permitido mostrarla en este medio, pudiendo perfectamente ilustrar el texto de hoy. Sin duda nos ayuda a imaginar el gran jolgorio, ambientado con valses, polcas o mazurcas. Aquellas seductoras damiselas de pelucas empolvadas, con antifaz y algún seductor lunar pintado junto a la boca, el “frusfrús” de las sedas de sus amplias faldas, sobre las grandes enaguas almidonadas; los desenvueltos caballeros de calzones abullonados y golilla en cuello, no sabemos si con espadín al cinto, lanzando sus requiebros en voz baja y, en todo momento, bajo la atenta vigilancia de las señoras, abuelas, madres, tías solteronas, acomodadas en sus asientos, dispuestas a sofocar cualquier ardor juvenil.
Ayer, como hoy, es hora de festejar, salir y celebrar. ¡Feliz Carnaval!

