Vicente, a donde va la gente

Texto por José Antonio Martínez Abarca

Fotos de Miguel A. Valero y Ana Bernal

Hay que partir de un principio acreditado: la mayoría nunca tiene razón. Incluso afinaría más el asunto: es la gente en general la que nunca tiene razón, sea esa gente mayoritaria, minoritaria o mediopensionista. Estoy contra las mayorías y también contra las minorías. «Sólo creo en mí/ en Yoko y en mí”, como cantaba John Lennon en «God», pero no conozco a ninguna Yoko y tampoco me tengo una fe excesiva. El caso es que la gente vive como le dicen que tiene que hacerlo y eso es todo lo que podemos pedirle. No olvido aquellas palabras tan cínicas como exactas que dijo el fundador de Apple, Steve Jobs: «la gente no sabe lo que necesita, nosotros somos quienes le decimos qué es lo que necesita». La gente bastante tiene con votar, como para encima opinar. La gente va a dónde le dicen. ¿Y a dónde va Vicente? A donde va la gente.

Por mi no corta experiencia sé que los mejores restaurantes se cierran por falta de público. Todos mis restaurantes han ido cerrando religiosamente, y ahora sólo como de recuerdos. A las mejores conferencias no va nadie, bien porque alguien ha dado instrucciones de no acudir a los borregos que podrían llenarlas, o bien porque quien realmente tiene algo que decir no sale en la tele y nadie lo conoce. Los mejores conciertos… No hace falta recordar cuánta gente fue a ver a The Beatles en España. Había más prensa que asistentes. He estado en algún concierto de eminentes músicos fundamentales para la historia del rock y que llenan estadios fuera y aquí reunirse unas pocas docenas de despistados, en una pequeña sala destartalada que aún era demasiado grande, un martes.

Esos restaurantes, conferenciantes o músicos son igual de excepcionales sin gente que con gente, pero si no tienen gente parecen unos matados y el lugar, lóbrego. La comida incluso a los críticos parece que les sabe peor; el conferenciante se estima por voces autorizadas que parece que tiene el mismo interés que un «speaker» dando gritos subido a un cajón en la esquina del Hyde Park londinense (hasta el mismísimo Chesterton se subió a un cajón para hablar a los viandantes en la esquina de Hyde Park); y el músico, según los entendidos, parece a punto de tener que irse al «metro» a ver si alguien le echa unas monedas. Hay que ver cómo cambia el aire de las mismas cosas teniendo gente que sin ella. Y la multitud sólo está siempre, normalmente, en los sitios donde ya hay mucha gente. Terrazas, eventos, nombres bendecidos por los amos de las tendencias que toquen en ese momento…

Voy a contar una pequeña anécdota personal. Al hoy «cancelado» Woody Allen lo íbamos a ver —a sus estrenos anuales, me refiero— siempre las mismas cien personas en Murcia. La peli duraba una semana en cartelera. Así durante decenios. Los cien «allenianos» nos saludábamos en la sala de cine de una temporada para otra como se saludan los excrementos secos que nadie recoge en la Cresta del Gallo y que, al ser los mismas de un curso para otro, hasta se les podrían poner nombres de pila. Por entonces, la mayoría decía que no veía ninguna película suya porque «no entendía ni le hacía gracia el humor de Woody Allen». Hasta que, de pronto, a esa misma mayoría le dijeron que tenía que entender y hacer gracia Woody Allen y llenaron las salas semana tras semana, durante meses, y no porque las obras fuesen mejores sino más bien lo contrario. Luego vino la célebre cancelación por motivo feminista y de nuevo nadie fue a las salas. Moraleja: no hay que hacer caso nunca de la gente, siempre sospechosa.

Soy de la opinión de que a la multitud lo que realmente le gusta es encontrarse con la multitud. Y luego preguntar qué se come allí, qué se escucha, qué música se ofrece o qué peli echan (normalmente no hay ni que preguntar, es de Almodóvar). A la multitud lo que realmente le gusta es rodearse de multitud, y mejor si es gratis. Y entonces el lugar que acoge a tanta gente pasa a ser un «marco incomparable».

Ocurre lo mismo en política. Recuerdo que una de las últimas tentativas con las que el socialismo murciano trató de ganar las elecciones del 95 a un PP que iba a desbancarlo para siempre es celebrar una macrofiesta popular en el Mar Menor. Como gran atracción, se ofrecían, en lugar de baratos bocadillos de mortadela, caras «costillicas» de cordero gratis total. El «todo Murcia» estuvo allí, disputándose como si no hubiesen comido nunca el cordero ofrecido por magnanimidad de los políticos. Sin embargo, luego la masa de gente, a pesar de las «costillicas», vio que en las elecciones iba a haber más multitud votando al PP, y el resto es Historia.

José Antonio Martinez-Abarca.

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