Carta de un noble inglés a sus amigos en Murcia

Cartas de un noble inglés, por José Antonio Martínez-Abarca

Mis añorados «lads» en Murcia, compañeros de (pocas) fatigas y (muchos) asuetos, Evelyn y Llewyn:

Pero, ¿por qué narices os pusieron esos nombres en Inglaterra? Cualquiera diría que sois extranjeros. O peor, galeses. Os escribo, como ya supondréis, desde el castillo familiar en el Lake District de Cumbria, donde paso mis aburrimientos.

Desde hace más tiempo del aconsejable no habéis tenido noticias mías. A no ser, claro está, que hayáis preguntado por mí, mediante la correspondiente carta perfumada enviada por urgente air mail al imprescindible Perkins, nuestro mayordomo, al que Dios colme de bendiciones y también suba el sueldo… Aunque espero que esa subida no sea en esta vida, ya que correría a cargo de la castigada tesorería de mi querido tío Montague. Tesorería que como sabéis ya soporta mis elevadas pérdidas económicas en el juego del bridge, y otras indulgencias que me concedo y que me resulta engorroso mencionar ahora. Lo que puedo decir, mis adorables compañeros, es que el mismísimo Lord Felipe Stanhope, conde de Chesterfield, no hubiese estado en absoluto orgulloso de mí, a juzgar por lo que escribió en las famosas «cartas» a su hijo, advirtiéndole sobre los desastres causados por ciertas incontinencias carnales: «Hijo mío, el placer es efímero, la postura, ridícula, y el coste, exorbitante». ¡El coste, de una manera o de otra, es siempre exorbitante, queridos!

Imagino que habréis estado lo bastante entretenidos durante vuestra ya inacabable estancia en el sur de España como para no haber preguntado por nada ni por nadie. No os lo echo en cara. Beber es una cosa lo bastante seria como para no dejarla en manos de aficionados, que se distraen con cualquier cosa, por ejemplo, acordarse de los amigos. Supongo que ni siquiera habréis reparado en que yo ya había desaparecido desde el que llaman «Bando de la Huerta» del año pasado. Espero no asustaros demasiado al deciros, en estas letras, que hace ya cuatro estaciones seguidas que no me encuentro en Murcia, entre vosotros (de cuerpo presente, me refiero, aunque sé que no he abandonado ni por un instante lo más profundo de vuestro corazón).

Es normal que no os hayáis dado cuenta, yo tampoco distingo bien los contornos de las caras de la gente cuando el nivel de alcohol ingerido me llega a la altura del plexo solar. La poca sangre no etílica que me queda entonces debe apelmazarse en el poco cuerpo restante, con consecuencias indeseadas. Esa poca sangre impertinente contamina la pureza de mi alcohol. Y, como sabéis, en esas circunstancias empiezo a perder el sentido de la realidad circundante. Entiendo que desde nuestros excesos en el Bando de la Huerta del año pasado en Murcia habéis mantenido, a pesar de beber a diario, un nivel de sangre en alcohol lo bastante excesivo como para no haber reparado en ningún momento en mi ausencia, ni tampoco en mi existencia. Eso sólo se soluciona luchando con más ahínco contra la sobriedad, estimulando el recuerdo de los amigos con muchas más pintas de cremosa bitter ale, la excelente «London pride» de Fuller´s de ser posible, pero entiendo que es difícil conseguirla en Murcia. Por alguna razón no llegan nuestros gloriosos barriles a esa latitud del planeta. Pero no era este el motivo de mi —para vosotros— inesperada carta.

La razón de que no os haya escrito por redes o telefoneado directamente a vuestro móvil en lugar de elegir este anacrónico medio, tan adecuado a los tiempos como un mensaje metido en una botella de «Pimm´s» y luego arrojado al canal de La Mancha, no tiene que ver, contra lo que podáis pensar, con que os hayan robado el móvil o se os haya quedado en el fondo de la piscina tras vuestra última práctica del «balconing». Aunque es una posibilidad considerable, conociéndoos y también sabiendo qué se mueve por Murcia en según qué horas y patinetes. No. El motivo es que quiero que quede constancia formal de la petición, más bien un ruego, que necesito haceros, mis predilectos «lads». Pretendo que me rescatéis del bostezante castillo familiar y me devolváis a las ininterrumpidas fiestas murcianas, aunque lamentablemente se acaben de terminar las de primavera.

La nostalgia de nuestras vivencias compartidas allí me ahoga, aunque debo confesar que me resulta imposible reconstruirlas, como le pasó al gran Jeffrey Bernard cuando una editorial le propuso escribir sus memorias. Tuvo que poner un anuncio público donde pedía a cualquiera que lo hubiese conocido en su juventud que le contara quién fue. Le respondió por correo un señor (o tal vez fuese señora), llamándolo encarnación del mal y lamentando haberlo conocido. Jeffrey Bernard enmarcó la carta. Sea como fuere, muchachos, el regusto ya agrio de aquella sucesión ininterrumpida de pintas en mi boca, durante el Bando de la Huerta del año pasado, me parece más dulce hoy que los amores inventados. En realidad, no recuerdo gran cosa, pero imagino que nos lo pasamos bastante bien. Ciertas noches me despierto sobresaltado y cubierto de sudor frío, habiendo soñado algo terrible: que me veía impedido de saltar a ninguna piscina desde un balcón. ¡Necesito un balcón en Murcia, a ver si desde allí se divisa la línea de acantilados de blanca piedra creta de nuestra cansina Albión! 

No suponía que algún día lo diría, pero hasta echo de menos aquellas morcillas de sangre y cebolla que beben, succionándolas, los aborígenes en Murcia. No se me ocurriría comentar el asunto con mi tío Montague, que ya sabéis que tiene pocas fantasías al respecto. ¡Organizad una operación especial volante como aquella de Otto Skorzeny en los Apeninos si es necesario, pero sacadme de aquí, for God’s sake, y que ocurra por favor durante la próxima media hora!

Vuestro, afectísimo: Roscoe.

Postdata: Os esperaré, impaciente, en la barra del «Coach and horses» (el bebedero que está en el pueblo más cercano, a la derecha, según se mira), porque me temo que anoche me jugué en una mano de naipes el castillo de mi querido tío. Y no estoy nada seguro de que ganara.  

José Antonio Martinez-Abarca.

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