No persigáis a vuestros niños

Contra casi todo, por José Antonio Martínez-Abarca

Foto de Natalia Olivera en Pexels.

El señor Qui Zang, investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison, junto con el señor Wongeun Jin, de la Universidad de Handong (tal vez sea señora, no voy a entretenerme en mirarlo), han descubierto que la sobreprotección de los niños por parte de los padres es mala. 

Mala para su desarrollo. Los hace más débiles, inseguros, con menos defensas frente al mundo exterior —también gérmenes, virus, accidentes y cosas así—, poco creativos y, finalmente, depresivos. Me encantan los expertos: siempre descubren lo obvio y les pagan y les conceden honores por ello. Para los expertos, el pasado es imprevisible, y son ellos los encargados de descubrirnos lo que siempre hemos sabido.

Sí, amigos, los niños sobreprotegidos y excesivamente controlados por los padres crecen peor. Antes se llamaba el síndrome del hijo único. Pero ahora todos los padres tratan a sus hijos como únicos, aunque no lo sean. Se ha creado un terror cerval a perderlos que antes no existía, un terror cósmico a que ocurra una serie de catastróficas desdichas. Se ha perdido la esperanza en cualquier futuro y, por supuesto, hay motivo para ello, pero hay que llevar cuidado con la fatalidad: es como un animal, huele el miedo y acude indefectiblemente a ese «olisque», puedo dar fe de ello. En mis tiempos te «espolsaban» de casa («espolsar»: término murciano aplicado a quitar el polvo de los colchones en el alféizar de la ventana, con el tundidor de mimbre) y si no volvías es cuando empezaban a preocuparse un poco, no antes. Lo normal, al menos en mi caso, era llegar cubierto de sangre procedente de alguna era o algún solar. No quiero pensar los disgustos que hubiese dado de tener unos padres de ahora. Por entonces no se sorprendían, no llamaban a ningún observatorio, no movían una ceja: te llevaban al dispensario o a la casa de socorro a que te dieran dieciocho puntos de sutura con una especie de sedal de pescar, te inyectaban una antitetánica y corriendo.

Los padres tenían su vida y sus niños la suya, no eran amigos de sus hijos ni querían serlo, ni nosotros —qué coñazo— que lo fuesen. No se plantificaban en los cumpleaños de los compañeros de pupitre del curso, junto a otros papás neuróticos y obsesivo-compulsivos. Los niños hacían cosas de niños, cosas pesadas, y hasta la policía las absolvía condescendientemente y no echaba la culpa a la falta de vigilancia de sus padres, aunque le hubieses pegado fuego a la casa de alguien. «¿Es que usted no sabe cómo son los niños? Circulen». Eran cosas que pasaban, para escándalo de nadie. La vida de los niños. Eso ha desaparecido: ya no tienen ninguna, por culpa de los adultos.

¿Que ahora les falta creatividad, que se desarrollan peor? Normal, si cuando elevas la mirada del móvil tienes a sus padres mirándote inquisitivos, anhelantes, desquiciados, eternamente pensando que te va a pasar algo, que te vas a atragantar con una semilla de alpiste, que vas a coger unas décimas de fiebre, que te vas a hacer un simple arañazo y se te va a quedar —espanto, horror— cicatriz. No quieres ser su colega, sino simplemente un hijo. Y, efectivamente, todo eso tan terrible debe pasar en la vida normal de cualquiera. Debería pasar. 

Toda persona más o menos sana (más o menos, entiéndanme), a una cierta edad, debería ser un superviviente.

José Antonio Martinez-Abarca.

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