Egos

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

 El caballero de la mano en el pecho de El Greco, por Zacarías Cerezo.

Ahondando en las biografías de los grandes artistas, sorprende la magnitud que ha tenido la rivalidad entre egos: Tiziano frente a Tintoretto, Bramante frente a Miguel Ángel, Borromini frente a Bernini, Salieri frente a Mozart, Matisse frente a Picasso, Pollock frente a De Kooning o, más recientemente, Vargas Llosa frente a García Márquez. Unos y otros se consideraron superiores en talento a su oponente, pero me ha llamado la atención el descaro que manifestó el Greco al declararse superior a Miguel Ángel.

Tengo fascinación por la pintura del Greco, sin que encuentre palabras acertadas para explicarlo. Si en su juventud era tributario de las maneras de Tiziano y Tintoretto tras pasar años en Venecia, en su madurez, ya en España, demostró una genialidad indomable en sus composiciones, en las que las figuras desafían la gravedad y los colores tornasolados nos trasladan al extraño ámbito de lo espiritual. 

Es de lo más interesante su biografía, desde su nacimiento y formación temprana en Creta, su paso por Italia y su exitoso asentamiento final en Toledo. En cuanto a su personalidad, fue un hombre orgulloso que se pasó la vida pleiteando para defender el pago justo de su trabajo: en pleno Renacimiento, los pintores se negaban a ser considerados artesanos y defendían su trabajo como intelectual y creativo, lo que suponía, además, reconocimiento económico. Entonces los artistas recibían cantidades a cuenta mientras trabajaban, pero el precio final lo ponían tras terminada la obra, lo cual daba lugar a negociaciones que, con frecuencia, tenían que dirimir los jueces. El Greco, que fue inflexible, tuvo al menos nueve pleitos en Toledo, el primero de ellos por el precio que exigió a la catedral de Toledo por El Expolio. Se salió con la suya, pero el cabildo, harto de su soberbia, no le hizo más encargos.

Sin duda hay artistas que han destacado en modestia y sencillez (Fra Angélico pintaba de rodillas), pero lo normal es que vengan de serie equipados con dosis elevadas de arrogancia y vanidad, en fin, que se crean superiores a los demás, y el Greco fue, sin duda, de los que más; un ejemplo es lo que reseña Giulio Mancini en su Consideraciones sobre la pintura, respecto al juicio que el Greco manifestó sobre Miguel Ángel, del que se atrevió a decir que “no sabía pintar ni hacer cabellos, ni cosa que imitara carnes, por ser falto e impedido de semejantes delicadezas”. 

En 1570 el Greco llega a Roma atraído por los numerosos encargos que se hacían a artistas relevantes tras la muerte de Miguel Ángel. Fue cuando el papa Pío V encargó a Daniele da Volterra cubrir las “indecorosas” desnudeces del Juicio Final. Enterado el Greco, cuentan que sentenció ante un grupo de artistas que “si se echase por tierra la enorme pintura de Miguel Ángel, él podría hacerla con honestidad y decencia y no inferior a ésta en buena ejecución pictórica”. La petulante afirmación sonó como una blasfemia en Roma y provocó tal indignación que el Greco tuvo que desaparecer de allí viniéndose a España. Y cuando, al final de su vida, el pintor Francisco Pacheco lo visitó en su taller, seguía sosteniendo que el genial Miguel Ángel “no supo pintar”. Genio y figura.

Zacarías Cerezo.

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