Mensajes escondidos en la biblioteca del Real Casino

Por José Antonio Martínez Abarca

Las bibliotecas son espacios que dan paz interior al lector, pero también pueden dar algo que nos aporte más: inquietud interior. Un libro clásico de épocas pasadas, como se sabe, es un diálogo que mantenemos con los muertos. El difunto autor del libro nos habla directamente, sin intermediarios, a veces desde un siglo lejano. Y, con frecuencia, lo que nos cuenta nos desconcierta, nos abre ante la vista un camino que se bifurca y, a su vez, esa bifurcación de abre en otras muchas, en todas direcciones. Nos abre un panorama vastísimo y desconocido, de extraños colores, ante nuestra mente. Cuando nos damos cuenta ha pasado la hora de comer y la de cenar, no hemos sido conscientes del tiempo transcurrido porque aquel autor ya desaparecido nos ha trasladado a su dimensión inmaterial, de la que volvemos dando un respingo. ¡Qué tarde se ha hecho!


La biblioteca de aire inglés del Real Casino de Murcia es un espacio que puede provocar sana inquietud interior. Gentes sabias de otras épocas esperan que manifestemos un interés por comunicarnos con ellas, sacando un libro de su estante. A veces no tienen oportunidad de contar sus reflexiones, donde pusieron todo de sí mismos, salvo de año en año, cuando alguien abre las páginas que dejaron. Cuando veo las ménsulas de hierro en forma de pájaro, concretamente de flamenco, que sirven de sostén en la biblioteca del Real Casino pienso en la larga vinculación de ciertas aves con el conocimiento. El pájaro siempre fue, en diversas culturas, la conexión entre la tierra y el cielo. Era fácil que el cristianismo lo viera como símbolo ascensional, de unión con Dios. Pero podemos remontarnos mucho más atrás. Llevo en mi dedo corazón un anillo con un tetradracma griego, donde figura una rama de olivo y el mochuelo, o lechuza, de la diosa del conocimiento. El ave nocturna es símbolo del conocimiento, pero también lo es el flamenco, desde otra faceta diferente: el flamenco como símbolo de la resistencia interior ante las dificultades, que se sostiene impertérrito sobre una sola pata, eso que otorga la sabiduría a los pocos que pueden alcanzarla.


Las luces tenues, las maderas nobles de la Biblioteca del Real Casino que aislan del ruido del mundo, la llamada que proyectan los lomos de los libros sobre el curioso, invitándole a conocer lo que sentían y amaban y temían los seres humanos desaparecidos (no totalmente desaparecidos, no obstante: queda la esencia, expresada en sus palabras). Cuchichean esos libros de la Biblioteca del Real Casino, preguntándonos si estamos preparados para saber, para conocer. Mucha gente no está preparada, de ahí la inquietud que los grandes libros nos producen. Sintiendo una vaga amenaza a nuestras ideas preconcebidas, incluso.


Siempre me viene a la cabeza, ante una gran biblioteca de estilo inglés, una escena en blanco y negro de la más misteriosa película del gran director Jacques Tourneur. Un profesor que no cree en la parapsicología busca respuestas en la gran biblioteca del Museo Británico. Se le cae al suelo un viejo libro, se lo devuelve cortésmente un desconocido caballero, que se identifica como un brujo. Pero, en ese libro, el brujo ha introducido secretamente una esquelita donde hay escrita una maldición, que condenará al poseedor de ese papel. ¿Cuántas veces no hemos pensado en que hubiésemos vivido más tranquilos de no haber abierto libros que nos condenaron a conocer cosas exquisitas, que luego comparamos con la vulgar realidad de nuestra vida?


Todos los grandes libros contienen, escondido entre sus páginas, ese papelito donde hay escrita una advertencia. Aquella que reza La Biblia, Eclesiastés 1:18, «quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor». Se trata de llevarlo con serenidad y sin desesperación, con ascetismo, al menos hasta donde se pueda.

José Antonio Martinez-Abarca.

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