Enrique Castañer

La trilogía de lo esencial

El otro museo, por Ángela M. Torralba

Cuadros de Enrique Castañer en el Real Casino de Murcia. Foto: Juan Cánovas.

En esta sección nos asomamos a obras que forman parte del patrimonio del Real Casino de Murcia pero que viven en los salones privados y que, precisamente por eso, merecen ser contadas. Hoy nos detenemos en los tres óleos que Enrique Castañer donó tras su ciclo de exposiciones en la entidad.

Se trata de tres cuadros de gran formato (137 x 99 cm), actualmente ubicados en el Salón de Actos, que corresponden a la trilogía iniciada en 2012: El placer de borrarlo todo, El silencio es un sonido y Hambre. La serie quedó cerrada hace años, pero su lectura conjunta sigue resultando reveladora.

Castañer trabaja desde una figuración que nunca es literal. No pinta escenas reconocibles ni relatos cerrados. Sus composiciones parten del gesto y de la materia, y es el color el que articula el sentido. En sus propias palabras, no busca que el espectador “entienda” el cuadro, sino que se emocione ante él.

En El placer de borrarlo todo, la primera etapa del ciclo, predomina una sensación de disolución. Las formas parecen emerger y desaparecer al mismo tiempo. La obra responde a un momento vital de liberación personal y dejar atrás lo que ya no aporta. Esa intención se traduce en superficies trabajadas por capas, con zonas que parecen veladas o erosionadas.

Con El silencio es un sonido, el lenguaje se vuelve más contenido. La composición se ordena en grandes campos cromáticos, con predominio de azules y verdes. El resultado es una pintura más pausada, donde el vacío y la profundidad adquieren protagonismo. No hay dramatismo explícito.

La tercera obra, Hambre, introduce un giro temático. Castañer expresó en su momento su inquietud por la situación social en Europa, especialmente por la crisis de las personas refugiadas y la infancia vulnerable. Sin embargo, esa preocupación no se traduce en imágenes narrativas. No hay figuras reconocibles ni escenas documentales.

El mensaje se canaliza a través del color y la textura: gamas más terrosas, blancos y zonas que sugieren desgaste. La pintura transmite inquietud sin recurrir a la ilustración directa. Es una reflexión visual sobre la desigualdad y la fragilidad, coherente con el tono introspectivo de las dos etapas anteriores.

Vista en conjunto, la trilogía permite apreciar una evolución clara: de la necesidad de borrar y recomenzar, al descubrimiento del silencio como espacio fértil, hasta una apertura hacia la preocupación colectiva. Hay continuidad estilística —uso expresivo del color, trabajo por capas, ausencia de narración explícita— pero también una maduración en el equilibrio compositivo y en la contención del gesto.

Ángela M. Torralba Directora de RCMAGAZINE

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