Mesa camilla, por Paco López Mengual

Debajo de las aceras por las que andamos, ocultas bajo las capas de asfalto sobre las que circulan nuestros automóviles, permanecen enterradas miles de historias ocurridas en el pasado. Acabo de encontrar, en el interior de esta caja de hojalata donde escondo los tesoros, un saquito de tela de organdí que contiene un puñado de la tierra primitiva de Molina de Segura, del suelo que pisaran mis antepasados cientos de años atrás. A simple vista, da la impresión de estar limpia de huellas, de secretos, de rumores; pero quién sabe… Quizás, si hubiese extraído esa grava frente al 65 de la calle Mayor, la tierra estaría teñida de rojo sangre, porque allí, ante su puerta, mataron a un hombre y nunca se descubrió quién fue el asesino.
Al muerto le apodaban El Querido. Contaban de él que fue el hombre más hermoso que nunca haya dado este pueblo. De porte alto, siempre vestía con elegancia; su cabello lacio y rubio, su turbadora sonrisa coronada con un bigote cuidado y recortado a la moda, levantaban pasiones. Pero era su mirada clara, con aquellos ojos que recordaban el mar, la que hacía suspirar durante meses a quien alcanzaba la suerte de ser su destinataria.
La madrugada en la que fue asesinado, llovía torrencialmente; una de esas noches en las que el cielo parece querer vengarse de este sediento rincón del mundo. Las campanas de la iglesia de la Asunción hacía rato que habían dado las dos de la madrugada cuando El Querido regresaba caminando a su casa. Lo hacía casi pegado a las paredes de las viviendas, para guarecerse del diluvio. Por lo avanzado de la hora, todo el mundo murmuró al día siguiente que venía de visitar a una de sus amantes.
Por esos años, el firme de la calle Mayor aún era de tierra apisonada y el pueblo carecía de alumbrado público. Fue entonces, con la oscuridad de la noche como único testigo, cuando al pasar ante el número 65 una sombra que permanecía a la espera, oculta en el portal, le salió al paso esgrimiendo un cuchillo de hoja ancha. Por las heridas que presentaba su cadáver, El Querido fue apuñalado con saña y por una mano diestra hasta siete veces seguidas, lo que hizo que su cuerpo cayese desplomado, ya sin vida, en mitad de la calle.
Durante toda la noche, tendida bocabajo, la víctima se fue desangrando mientras no cesaba de caer el aguacero sobre ella. Fue al amanecer cuando descubrieron el cadáver. La sedienta tierra, al igual que había absorbido el agua de la lluvia, también había engullido con avidez la sangre del truhan. Eran tantos los sospechosos de haber cometido el crimen que las autoridades apenas investigaron el suceso, dándolo por cerrado a los pocos días, endosando la autoría a un supuesto transeúnte que robó el dinero que portaba. Cuentan que, durante años, resultaba rara la semana en la que no se descubriera sobre el mármol de su tumba varios ramos de flores silvestres depositados por manos anónimas.
Pero fue a partir de esta escabrosa muerte cuando empezó a acontecer un sorprendente fenómeno frente al 65 de la calle Mayor: cada vez que llovía en Molina, del lugar concreto donde estuvo tendido el cuerpo inerte de El Querido, comenzaban a brotar pompas de sangre. Cuentan que eran vistosas, como las del jabón, y que se iban inflando lentamente hasta estallar como bombitas y desaparecer. Había quién aseguraba que era el propio espíritu del muerto el que las provocaba para que su crimen no cayera en el olvido y se hiciera justicia. El extraño suceso llamaba la atención de todos los vecinos, sobre todo de los niños que, aunque se encontrasen lejos de allí, nada más comenzar a caer las primeras gotas de lluvia, abandonaban sus juegos y corrían hacia el lugar donde ocurrió el crimen. Impasibles bajo el chaparrón, solían hacer un corro amplio y numerar en voz alta y al unísono las pompas coloradas que iban brotando del suelo. Una, dos…, nueve…, catorce… Aseguraban que cada burbuja era un marido burlado.
Pero los años pasan y los tiempos van cambiando. Un día, un alcalde, en un alarde de modernidad, echó una capa de asfalto sobre la tierra apisonada de la calle Mayor; y allí, bajo el alquitrán, como tantas otras maravillas, quedaron enterradas para siempre la historia y la sangre de El Querido. Y ahora, circulan sobre ellas las ruedas de los automóviles.
