Pinceladas, por Zacarías Cerezo

La gacela del Serengueti pace tranquilamente hasta que percibe que hay un león al acecho, entonces una descarga de adrenalina le acelera el corazón y sale huyendo para poner distancia. Si consigue zafarse de su depredador cesará su estrés y quedará tranquila hasta la próxima amenaza. La gacela solo se alarma si tiene motivos, sin embargo, el ser humano se preocupa cuando tiene un problema, y también cuando piensa que lo puede tener.
Es un hecho que nos pasamos la vida preocupados. Y, sin embargo, “el 90% de las cosas que nos preocupan jamás suceden”, según la psicóloga Marian Rojas. Es verdad que debemos hacernos responsables de lo que pensamos pero, ¿cuántas de nuestras preocupaciones están motivadas por el catastrofismo imperante que nos prescribe temores sin fundamento en dosis de desayuno, comida y cena?. “Una buena noticia no es noticia”, dicen los periodistas, por lo que el vómito de malas noticias es constante. Incluso la información del tiempo se da de manera alarmante: “Amenaza de mal tiempo para los próximos días”, nos anuncian cuando tras una larga sequía nos vienen las benditas lluvias.
La gacela solo se alarma si tiene motivos
Mi primer recuerdo de informaciones tremendistas se remonta a la lejana crisis de 1973, cuando se nos dijo que solo quedaba petróleo para 20 años e íbamos al colapso de nuestra civilización; colosal mentira puesto que las reservas de petróleo no han dejado de aumentar desde entonces. Después hemos vivido malos augurios encadenados unos a otros. Nos decían que la población mundial estaba creciendo tanto que sería imposible alimentar a toda la humanidad y estábamos abocados a las revueltas sociales para quitarnos el pan unos a otros. Pasó lo contrario, la producción de alimentos ha ido aumentado cada año. No contentos con ello, nos asustaron con el anuncio de una “inminente” guerra nuclear por las tensiones de la Guerra Fría. Empresas de construcción de búnkeres se anunciaban en la prensa e, incluso, se nos decía cómo podíamos construirnos un refugio en plan casero. Nunca hubo tal guerra.
Luego vinieron las amenazas medioambientales, una de ellas el agrandamiento del agujero de la capa de ozono (años 90), que nos iba a dejar a todos ciegos. Nunca pasó, y ahora que se va estrechando nos lo podían contar, por si seguimos preocupados, pero no lo hacen.
Después hemos vivido malos augurios encadenados unos a otros
¿Recuerdan que a primeros de este siglo vino All Gore a darnos conferencias a 300.000 dólares cada una advirtiéndonos de que el mar subiría 6 metros por el calentamiento global? El tío se forró metiéndonos miedo y nada de lo que dijo se ha cumplido. Y qué decir del catastrofismo respecto a los bosques ¿Por qué no nos cuentan que, pese a los incendios, la masa forestal en España ha crecido un 35% en los últimos 30 años? Pues busquen la información, porque no está en ninguna portada ni en ninguna tertulia.
Los agoreros nunca descansan. Hace muy poco que hemos salido de la pandemia y cuando estamos recuperando el optimismo y la alegría de vivir, ya nos asustan con otra nueva amenaza, la inteligencia artificial, que dicen que lo va a cambiar todo, a peor, claro: siempre es a peor. Algo bueno tendrá, digo yo, ¡pues que nos lo digan también! En vez de hacerlo añaden otra amenaza para Occidente, el invierno demográfico, ya que los jóvenes no quieren tener hijos. ¿Cómo van a querer si cada mañana nos cuentan que viene el apocalipsis? ¿Será que nos quieren siempre atemorizados? Pues, aunque un poco tarde, conmigo que no cuenten, en adelante haré como la gacela del Serengueti. Lo intentaré.

