Cenar en casa de rico

Contra casi todo, por José Antonio Martínez-Abarca

Una vez, gobernando en ese entonces Mariano Rajoy, estaba convidado a cenar en una gran mansión burguesa de la calle Goya de Madrid. En el recibidor coincidí con el famoso periodista Arcadi Espada. Me dijo, con ese hilillo de saliva que pone la admiración: «qué bien se cena en esta casa». Tenía razón, fue una cena excelente. El catering fue servido por un restaurante celebrado por su cocina afrancesada. Hubo canard a l´orange, un plato que se convirtió en viejuno más o menos cuando lo hizo la langosta Thermidor. Me sorprendió como si hubiese visto a un fantasma, porque en las casas de nuestros ricos se cena de forma horripilante. 

Ante esta afirmación, el pensamiento intuitivo del lector le puede llevar a pensar que donde se cena mal, si acaso, es en las casas de los “nuevorricos”. La intuición del lector fallaría entonces: se come aún peor, si eso cabe en cabeza humana, en los domicilios de los ricos de toda la vida, las grandes fortunas rentistas. Me refiero a esa gente que no tiene la excusa de pasarse trabajando de sol a sol especulando con la forma de acumular más dinero para que se lo echen un día al ataúd, porque esa gente ya ha recibido por casa todo el dinero del mundo. Lo único que tiene que hacer el rico de toda la vida es llevar a término satisfactoriamente el nudo Windsor, a doble vuelta.

Madrid es conocido por hacerse los nudos de corbata más gordos del orbe. Risiblemente gordos, a todos los efectos. Insoportablemente gordos. Madrid simplemente desconoce el arte del nudo simple y en las casas de sus ricos se come de forma miserable, como es norma entre las fortunas españolas. 

En las casas de los ricos preguntas al rico por una cerveza. Lo primero que inquieta es que nunca te pregunta qué tipo de cerveza quieres o de qué país la prefieres. Son los mismos tipos que presumen de tener una bodega laberíntica donde podría representarse el cuento de Poe el barril de amontillado. Así, ya sabes que lo que te traerán es una lata genérica de cerveza del super del barrio o del bazar chino que aún llevará puesta una pegatina reflectante que anuncia: «pague un paquete y llévese tres», ese tipo de letreros que ponen cuando las latas se han pasado el veranito al sol y están más picadas que la cara del presidente. Para acompañar, unas dudosas olivas de aquellas que el director de cine José Luis Garci me dijo que contenían en su interior «un alien», mal conocido como «relleno de anchoa», y unas almendras lejanamente fritas en aquel aceite de colza desnaturalizado de la era de la UCD y el ministro de Sanidad Rof Carballo. 

A eso le siguen unos canelones descongelados que contienen repollo de aire ruso, ese repollo tristísimo que se huele en los patios interiores de las casas viejas y que Dostoievski condenaba en Crimen y castigo. Para dar algo de animación, se trae una pequeña salsera de plata con salsa de tomate industrial, que el mayordomo va rellenando de un tetrabrik, también éste con su pegatina fluorescente. Así hasta llegar a los postres, una fuente estilo bajo Imperio con representaciones de frutas hechas de cera, que naturalmente nadie toca porque para eso son de cera. Y a buenas noches.

Nuestros ricos tienen un acreditado paladar de madera. Así que guardo aquella otra cena de la calle Goya entre mis recuerdos gastronómicos más queridos, una cena casi tan buena como si hubiese comido en casa de un pobre de solemnidad.

José Antonio Martinez-Abarca.

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