Mesa camilla, por Paco López Mengual

Los americanos, a través de Hollywood, han exportado a todo el mundo su fiesta de Halloween; una fiesta anglosajona que en Murcia se ha implantado de una forma rápida y multitudinaria. Además de la tradicional afluencia masiva a los cementerios para limpiar las sepulturas de nuestros difuntos y la explosión de flores con la que adornamos las tumbas esos días, nuestra Región siempre ha mantenido una serie de tradiciones alrededor del Día de Todos los Santos que la han hecho peculiar. Costumbres como la de “arreglar” el dormitorio que fuera del último fallecido de la casa, porque durante la “Noche de ánimas” el difunto regresa a reposar a su hogar; la de escuchar las campanas y los cantos de los Auroros en los cementerios; la de degustar buñuelos de viento (cuenta la tradición que, cuando te comes uno, sacas a un difunto del purgatorio), huesos de santo, arrope, calabazate… o la de acudir a los teatros a presenciar cada año Don Juan Tenorio de Zorrilla. Muchas peculiaridades que debemos esforzarnos para que continúen vivas y no caigan en el olvido.

Pero eso no quita que los murcianos pongamos los puntos sobre las íes. Los americanos se creen que lo han inventado todo, pero hace 150 años, en la huerta de Murcia, había una costumbre muy parecida a la noche de Halloween, que hoy se celebra por todo el mundo: un “truco o trato” a la huertana. Durante esta época, los agricultores dejaban una esquina de su tahúlla para plantar productos catalogados en su tiempo como delicatesen: pipas, níspolas, granadas, dátiles… a ese pequeño trozo de tierra le llamaban la “orillica del quijal”. Pues bien, la noche del 31 de octubre (¡es increíble la coincidencia!), víspera de Todos los Santos, los niños salían en pandilla y llamaban a las puertas de las barracas y las casas y decían “La orillica del quijal, si no me la das me meo en tu portal”. Los huertanos salían y le echaban en una pequeña capaza de mimbre un puñado de pipas o unos higos secos. Pero a los que no atendían a su ruego, los niños se bajaban los pantalones y les meaban la puerta. ¿A que es una costumbre muy parecida? En la actualidad, en la Noche de Halloween, a los que no nos acordamos de comprar caramelos y no respondemos a la propuesta del “truco o trato”, en vez de mojarnos el portal con orín, nos ponen la fachada perdida de huevos… ¡Y no sé lo que es peor!

