Contra casi todo, por José Antonio Martínez-Abarca

Un difunto abogado murciano de simpatías por el partido Podemos a quien el Ayuntamiento del PP dedicó una céntrica calle, no estando justificado el honor por una especialmente deslumbrante trayectoria laboral (bien cobrada, eso sí), ni por méritos intelectuales, filantrópicos o de otro tipo, escribió un día, hace bastantes años, una memorable columna en la prensa regional. Eran los tiempos deprimidos, y depresivos, de la crisis por el estallido de la burbuja inmobiliaria, de los llamados «indignados» por el desmoronamiento de la economía, del 15-M en la Puerta del Sol. El abogado se consideraba un «indignado» muy importante. Así que, con santa ira divina, tomó carrerilla, cogió, agarró y publicó, en fechas invernales como éstas, que estaba tan cabreado que dudaba si unirse a las concentraciones madrileñas para exigir la abolición del capitalismo desalmado -no otra cosa era aquella indignación dirigida- o bien irse a esquiar con su jovencísima chica a una pija estación nevada del país. Se supone que, por lo que sea, le apeteció al final lo segundo.
Me he recordado de aquella impresionante columna periodística del abogado con chica y céntrica calle en Murcia (tengan un poco de pudor en el Consistorio y dediquen la calle a alguien con merecimientos suficientes en la peripecia murciana, por ejemplo, al prematuramente desaparecido Paco «El ministro», el que rebuznaba espléndidamente en las fiestas de la pedanía de Balsicas) al ver al jefe del partido Podemos marcarse un «indignado murciano» junto a su chica, eurodiputada muy bien cobrada, a propósito del derrocamiento de Maduro en Venezuela. En las imágenes de la tele, lucían ambos en su rostro el natural susto por el principio del desmoronamiento del tinglado comunista, pero también la inequívoca marca de las gafas polarizadas de nieve propia de quien se encuentra esquiando en una estación pija, del país o de otro país más cuqui, pues la indignación no tiene fronteras y no escatima en gastos. Entre protestar airadamente por el hipotético fin de la república bolivariana de los pobres en Venezuela, que inventó el partido Podemos, o irse con su chica a esquiar como pocholas y borjamaris de la calle Jorge Juan cualquieras, optó por ambas cosas. Y claro, se ha notado un poquito.
En realidad, el imborrable artículo provincial de aquel abogado podemita con chica, calle y «apreski» y lo de Irene y Pablo me ha rememorado sobre todo al antiguamente famoso «sketch» de los humoristas Josema y Millán, «Martes y trece», que se adelantaron con su «dúo Baqueira», siempre preclaros, a su época e inventaron el borjamarismo y el escaparse a esquiar a estación invernal pija como actividad esencialmente hortera de los que proclaman combatir el cayetanismo. «Se fueron a esquiar, escapando del estrés/ dejaron a los niños, fíjate, con los papás de él/ Les pusieron pegatinas, fíjate, de Snoopy en los esquís/ y después de rosa fucsia con pompón, y él de don Algodón».
El progresismo bolivariano que grita y esquía siempre ha sido una actividad esencialmente presuntuosa y hortera, digna de Snoopy, y por supuesto de la siempre peronista Mafalda.

