Mesa camilla, por Paco López Mengual

En Murcia, los primos y las primas siempre nos hemos llevado bien. Muy bien, me atrevería a decir yo. Basta comprobar el elevado número de matrimonios formados por primos hermanos y parientes, más o menos cercanos, durante los siglos pasados. El asunto tiene su justificación en que la nuestra siempre ha sido una región pequeña, aislada, mal comunicada, fuera de las rutas principales que atraviesan la Península Ibérica. Así que, al no ser un lugar de paso al que llegaban continuamente gentes nuevas, la vida empujaba a los murcianos a la endogamia. Sobre todo en los pueblos, donde todos se conocían y sabían a qué familia pertenecía el muchacho que rondaba la puerta de la casa cada tarde. Enseguida se aireaba el grado de parentesco entre los pretendientes. “Seguro que es un buen zagal: es hijo del primo del tío Antonio”.
A pesar de que se trataba de relaciones de noviazgo más o menos consentidas por todos, también estaba extendida la creencia de que la consanguinidad de la pareja aumentaba la probabilidad de que los hijos de ese matrimonio nacieran con un ligero retraso mental. Lo que siempre se ha dicho “la falta de un hervor”. Todos conocemos poblaciones pequeñas, minúsculas pedanías, en las que las bodas entre primos eran tan frecuentes que sus vecinos siempre han sufrido fama de tontucios entre los habitantes de los pueblos de alrededor.

Ahora, los jóvenes tienen mucha facilidad de moverse. Se desplazan con desenvoltura, conocen a mucha gente, gozan de amistades por todos sitios. Incluso Murcia se ha convertido en las últimas décadas en una región acogedora, a donde llegan gentes de otras comunidades, países, continentes. Pero sólo cien años atrás esa movilidad era inexistente. Por ello, cuando en los adolescentes murcianos despertaba el deseo sexual, lo más habitual para calmar esa pasión era recurrir —en inocentes escarceos amorosos— a quienes se tenía más cerca: los primos. De ahí ese refrán tan extendido y que da título a este artículo: “Cuanto más primo, más me arrimo”. Ay, si los rincones de las casas de la huerta hablaran… y los bancales más frondosos, y las orillas del río.
De niño, me impresionó mucho la historia que contaban de dos primos de mi pueblo. A mediados de la Guerra Civil, el muchacho fue llamado a filas. El día antes de partir al frente fue a despedirse de su prima; y, al parecer, se despidieron bastante bien. La desgracia quiso que, en la primera batalla en la que intervino, una bala acabara con su vida. Al terrible dolor por la muerte de su primo, a la muchacha se le unió el de la confirmación de que durante la efusiva despedida había quedado embarazada. No hace falta detallar el drama en el que se sumió esa familia.
Pero quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Confieso que me sentí aturdido el día que descubrí que mis bisabuelos eran primos hermanos. Pregunto yo si es que no habría más gente en la Molina de Segura de esa época. Porque una cosa es pelar la pava con tu prima, conocer por primera vez y de su mano la explosión de la primavera, y otra más seria es casarte con ella. La cosa no fue fácil. Sé que para contraer matrimonio debieron solicitar la Dispensa Eclesiástica del Obispo de la Diócesis, que les fue concedida. En principio, las bodas entre primos carnales están prohibidas por la ley natural y la divina, pero si obtienes una bula firmada por el representante del Papa en tu territorio y pagas un canon se les da el visto bueno.
No sé si el extraño matrimonio de mis bisabuelos y el asunto de la consanguinidad nos han afectado de alguna manera a sus descendientes. En mi caso, a lo largo de mi vida he detectado lagunas que, tal vez, puedan ser achacables a aquella boda entre primos, como por ejemplo la enorme dificultad que sufrí para aprenderme la tabla del ocho. No había forma. O mi incapacidad para recordar las matrículas de los coches que he ido teniendo.
En fin, que todos los refranes son verdaderos y el de “cuanto más primo, más me arrimo”, en Murcia, es la Biblia.

