Apariencias

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Retrato de Nicolás Maquiavelo de Santi di Tito

Se dice con frecuencia que “las apariencias engañan”, y no por repetido deja de ser cierto. A pesar de ello, seguimos dejándonos llevar por nuestro particular ojo de buen —o más bien mal— cubero, y lanzamos etiquetas a diestro y siniestro con una facilidad pasmosa. No importa si la persona en cuestión es fraile o no, mientras lleve hábito, ya la hemos clasificado. A veces con celo de inquisidor, otras con la ligereza de quien hojea una revista.

Etiquetamos todo el tiempo, sin descanso. Lo hacemos al cruzarnos con alguien por la calle, al entrar a una tienda, al ver una foto en redes. Basta con que una persona nos llame la atención —ya sea por resultar atractiva o, digámoslo sin rodeos, por ser “difícil de mirar”— para que nuestra mente le asigne una categoría. “Qué buenorro”, o “qué adefesio”. El término medio parece haber sido borrado del mapa emocional; vivimos en extremos: el cielo o el infierno, el like o el unfollow.

No importa si la persona en cuestión es fraile o no, mientras lleve hábito, ya la hemos clasificado

No podemos negar que seguimos atrapados en la telaraña de las apariencias. Aunque queramos pensar que somos más sabios, más profundos, más reflexivos, la realidad cotidiana nos dice otra cosa. Pueblos, ciudades, barrios… todos comparten esa red de relaciones en la que el quiosquero, el repartidor de hamburguesas o la señora que observa tras las cortinas —la mítica vieja del visillo— terminan siendo parte del paisaje social. En ese escenario, seguimos creyendo, muchas veces sin darnos cuenta, que no basta con ser: también hay que parecer.

Y es que en la apariencia reside, queramos o no, cierto poder. Como decía Maquiavelo: “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. El problema surge cuando, conscientes de ello, intentamos ir a contracorriente y confiamos en que lo que vemos no es necesariamente la verdad. Y entonces, llega la duda: ¿será una mala impresión o simplemente prejuicio? Nos convencemos de que debemos mirar más allá de la fachada, no juzgar, dar oportunidades.

El término medio parece haber sido borrado del mapa emocional

Pero hay casos en los que el instinto —esa mezcla de experiencia y corazonada— nos lanza señales de alerta. Como en aquella fábula que escuchábamos de niños: una serpiente, helada y moribunda, es recogida por un alma bondadosa. La abriga, la cuida… y, cuando la serpiente se recupera, clava sus colmillos y envenena a quien le devolvió la vida. Moraleja de la historia: a veces no es prejuicio, es percepción aguda.

Es cierto que no se puede dar dos veces una buena primera impresión. Pero también es verdad que todos albergamos en nuestro interior un pequeño elenco de actores, capaces de ofrecer múltiples caras al mundo. Y cuidado con el escenario que elegimos para actuar, no vaya a ser que aparezca un público hostil, dispuesto a lanzarnos criptonita. Porque si eso acaba con Superman, ¿qué no hará con nosotros?

Ana María Tomás. @anamto22

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