
No, querido lector. No es que este humilde servidor haya sucumbido a un rapto de locura senil. Lo que ocurre es que la Historia es una ingrata que padece de miopía severa. Mi proyecto de declarar la Soberanía Absoluta del Real Casino de Murcia no es una extravagancia. Sin embargo, lo que ha acontecido entre los muros de esta sagrada institución ha sido, para desgracia de la civilización y regocijo de la estulticia, una suspensión temporal de toda lógica.
Ya en 1876, cuando mis pulmones aún se permitían el lujo de procesar oxígeno y mis levitas eran la envidia de la calle Trapería, intenté convencer a los socios de que nuestra independencia era un imperativo moral. En aquel entonces, me tacharon de «pedante con ínfulas caudilliles”.
Hace unos días mis átomos etéreos fueron asaltados por una hecatombe auditiva: una turista exclamó haber sufrido un mental breakdown en un momento de lo más random. ¡Como si nuestra lengua, tesoro de hidalgos y místicos, careciera de la contundencia suficiente para describir su propia imbecilidad! ¡Basta de esta colonización semántica de la Pérfida Albión! He decidido que el Casino sea soberano o no sea nada.
La cuestión era, y sigue siendo, de una sencillez meridiana: ¿Qué tiene el Vaticano que no tengamos nosotros, salvo quizá un vestuario más colorista y menos discreto?
Mi plan de Estado comenzó por la frontera. Me dirigí a la Diosa Fortuna, esa matrona de piedra que custodia la entrada y que, por lógica, debía ser mi Ministra de Hacienda y Generalísima de las Aduanas.
—¡Noble Fortuna! —le espeté, flotando a la altura de su cornucopia—. Tú que riges los destinos del azar, sé la linde de mi nuevo Estado. Exige pasaporte de etiqueta a todo aquel que pretenda cruzar el umbral. ¡Que no pase nadie que no sepa recitar a Góngora o que lleve esos pantalones cortos que dejan ver las pantorrillas peludas sin que antes jure fidelidad a nuestra bandera de terciopelo!
—Don Ignacio, bájese de la cornisa —me dijo con voz pétrea—. ¿Independencia? ¿Para qué? ¿Para tener que declarar la guerra al Ayuntamiento cada vez que se rompa una tubería?
—¡Es una cuestión de honor! —exclamé, agitando mis brazos etéreos.
—Es una cuestión de que usted está muy aburrido —replicó sin mover un músculo facial—. Vete a molestar a los turistas, Ignacio. Al menos ellos te hacen fotos cuando creen “ver” una psicofonía.

Herido en mi orgullo soberanista, pero no vencido, busqué el alma de la revolución en el lugar más insospechado: el Tocador de Señoras. Allí, en el techo, habitan esos querubines que, por un capricho del decorador, poseen una fisonomía descaradamente parisina. En mi bendita ingenuidad, creí que bajo sus capas de pintura latía el espíritu de la Liberté. ¡Qué error! ¡Qué bofetada metafísica!
—¡Escuchad, mensajeros del Olimpo! —les espeté mientras flotaba a la altura de sus nalgas—. Necesito que vuestras trompetas anuncien al mundo la creación de la República del Casino. ¡Hagamos que estas lámparas de cristal sean las antorchas de nuestra libertad!
Uno de ellos, el que sostiene un espejo con desidia, me miró de soslayo con la petulancia de María Antonieta.
—Oh là là, mon petit fantôme ridicule… —me soltó con un acento francés tan cerrado que casi me provocó una migraña póstuma—. Nosotros somos decó, no jacobinos. ¿Pretende usted que hagamos una revolución con estos mofletes?
—¡Representáis la grandeza de Francia! —protesté, sintiendo que mi ectoplasma se erizaba.
—Mon cher, nosotros representamos el capricho de un diseñador que quería que las señoras se sintieran en Versalles mientras se arreglaban el corsé —añadió otro querubín—. ¿Independencia de qué? ¿Del impuesto de bienes inmuebles? Usted tiene menos cuerpo político que un consomé de vigilia. Allez, allez!
Las burlas de esos ángeles con sobrepeso me persiguieron por todo el pasillo. Supe entonces que mi única alternativa era el asalto final al Poder Ejecutivo.
Encontré al Señor Presidente en su despacho, enterrado en facturas y balances que, para mi gusto, carecían de cualquier tipo de épica. Me situé justo detrás de su oreja izquierda, donde los susurros del más allá suelen adquirir una textura de pensamiento propio.
—¡Señor Presidente! —anuncié con voz de barítono revolucionario—. El destino le llama. Declare el Casino como Territorio Franco. Acuñaremos nuestra propia moneda, la «Marquina», y declararemos la guerra a cualquier edificio que no tenga al menos tres molduras por metro cuadrado. ¡La Historia nos mira!
El Presidente no levantó la cabeza. Se frotó las sienes con cansancio y suspiró.
—Este aire acondicionado… —murmuró para sí—. Tiene un silbido de lo más extraño. Juraría que suena como una arenga de la Tercera República.
—¡No es el aire, es la Patria! —grité, atravesando su escritorio en un gesto de desesperación estética—. ¡Lea mi obra cumbre, Tratado sobre la Inconsistencia del Estado Moderno frente a la Solidez del Estuco Casinil! ¡No podemos seguir siendo un anexo de una ciudad que ha permitido que se instalen tiendas de telefonía móvil en calles de nombre ilustre!
El hombre simplemente cerró su carpeta, se levantó y apagó la luz, dejándome a oscuras con mi dignidad herida y mis planes de estado reducidos a una «avería técnica».
Es evidente que existe una conspiración de silencio. El mundo de los vivos es una red tupida de pequeñas preocupaciones que impiden ver la magnitud de mi proyecto. He vuelto a mi refugio en la Biblioteca, mi reducto de la cordura. He guardado en un rincón secreto (detrás de la tercera edición de la Enciclopedia Espasa) mis otros manuscritos inéditos: La Micro-Nación del Terciopelo: Manual para un secesionismo elegante y mi favorito, Instrucciones de Guerrilla Urbana con Paraguas y Monóculo.
Por ahora, me retiro a los estantes de Historia Universal. Necesito consultar si San Marino acepta embajadores que no tengan pulso.
