La cruzada inalámbrica

Crónicas de un socio fantasma, por don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la literatura y espectro en propiedad del Real Casino de Murcia

Confieso —y que me juzgue la posteridad— que fui yo quien, llevado por la desesperación, provocó la Gran Caída.

En aquel momento, mis lamentos ectoplásmicos resonaban con especial intensidad en la Pecera Norte del Real Casino de Murcia. Y no por capricho. Ese rincón sagrado de lectura y reflexión, otrora bastión del pensamiento, ha caído presa del más oscuro embrujo moderno: la conexión inalámbrica.

Sí, amigos. El Wi-Fi. Ese murmullo invisible, esa telaraña impía que envuelve las mentes y anula la voluntad. Si antes la juventud leía con devoción los editoriales, hoy scrollean absortos en vídeos de personas que bailan sin pudor alguno, o “influencers” que opinan con más desparpajo que ortografía.

¿Dónde queda el estremecimiento ante un buen reportaje? ¿Y el placer de un epígrafe bien formulado? ¡En mi época los titulares eran oraciones completas y los columnistas tenían bigote moral! Ahora veo a los socios acodados en los sillones, con el rostro iluminado por pantallas azules, víctimas de reels titulados “5 señales de que fuiste un croissant en la otra vida” o “probando todos los tipos de agua del Mercadona”. Ni un ejemplar de La Opinión desplegado. 

Y yo, que en vida envié más de treinta y ocho artículos a los periódicos de mi tiempo —ensayos brillantísimos como La superioridad moral del punto y coma o La necesaria abolición del paréntesis en la oratoria seria— solo recibí a cambio el más absoluto silencio editorial. Bueno, no silencio: uno me respondió con un “Estimado señor, ¿es usted real?” lo cual, si bien descortés, al menos denotaba lectura.

Harto de ver cómo se sustituye a Larra por bulos sobre cómo manifestar al universo un ascenso laboral usando garbanzos de bote, decidí actuar. Tenía un plan. Subrepticio. Audaz. Sabotear el Wi-Fi del Casino.

Me deslicé por los mármoles con la agilidad del rencor eterno y me acerqué sigilosamente a un empleado, uno de esos buenos muchachos de mirada clara y alma noble. Receptivo. Quizá no del todo perdido. Acerqué mi boca espectral a su oído y le susurré con tono de complotista ilustrado:

—Corta el router. Tira del cable, muchacho, arráncalo si es preciso. Hazlo por el Siglo de Oro.

Nada.

—Desconéctalo. Di que es mantenimiento. Confúndelos. Di que Bill Gates está actualizando la nube. O que el Casino está bajo ciberataque. 

El chico se rascó la oreja y bostezó. Ni un escalofrío. Qué decepción. En mi época, un susurro en la nuca bastaba para convocar al párroco.

No desistí. Me aposté junto al módem acariciando las antenas del aparato con cariño homicida. Le recité sonetos malditos. Le hablé en latín macarrónico. Le amenacé con aprender a poseer impresoras. Y, aun así, seguía parpadeando con esa luz verde, insolente.

—¡Pero qué infamia! —grité desde lo profundo de mi alma decimonónica—. He fracasado. De nuevo.

O eso creí.

Porque esa misma mañana, mientras rumiaba mi derrota, algo dentro de mí —una mezcla de orgullo herido y electricidad ambiental— se encendió. La rabia del fracaso, amigos, es energía pura. Y los fantasmas, aunque de materia dudosa, somos excelentes conductores. 

Así que regresé dispuesto a culminar lo que había empezado. Me planté frente al router como quien encara a un enemigo histórico. Extendí mis manos translúcidas, conjuré a los espíritus de la tipografía clásica y pronuncié un anatema en verso alejandrino. Una descarga recorrió el aire. Las luces del Casino titilaron. Y, de pronto… silencio.

El router dejó de parpadear. ¡Triunfo glorioso!

Sin embargo, apenas unos segundos después, el silencio se extendió más allá de los muros de nuestra casa. Los carteles de la Trapería se apagaron. Los móviles de media ciudad murieron al unísono, como soldados sin señal. Una nube de desconexión cubrió España. Y yo, aterrado, comprendí la magnitud de mi arrebato: el apagón nacional de abril de 2025.

Durante horas observé el caos con discreto espanto: ejecutivos desconectados, jóvenes intentando soplarle al móvil, tertulianos mudos por primera vez en siglos. Una belleza apocalíptica, lo reconozco. Pero también un desastre histórico. 

Así que hice lo que haría cualquier espíritu prudente y con sentido de la autoconservación: me hice el muerto. Floté discretamente hacia el Salón de Baile, donde fingí estar ocupado lamentando una moldura torcida. Nadie sospechó. Nadie me acusó. Nadie imaginó que el apagón nacional fue obra de esta alma vieja que solo quería leer en paz. 

He callado mucho tiempo, lo sé. Pero un fantasma no puede llevar una culpa tan luminosa para siempre.

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