La ciudad subterránea
Viajes, por Eliseo Gómez Bleda

Antes de llegar a Montreal ya me habían advertido de que una gran parte de la ciudad estaba bajo tierra y, la verdad, me costaba creerlo. Pero tenían razón, es increíble que la mayor parte de la vida diaria no se desarrolle al aire libre.
Reso es el nombre que le dan los montrealeses a todo el conjunto de sus calles bajo tierra. Fue construido en el año 1960 y es la red peatonal subterránea más grande del mundo. Sus 32 kilómetros de longitud pueden recorrerse desde más de 200 accesos. Es curioso que este entramado alberga, entre otros muchos edificios, inmensos hospitales, universidades con más de 35.000 estudiantes, teatros, bibliotecas, multitud de tiendas y mercados, estaciones de tren y autobuses, el museo de Arte Contemporáneo, y más. En invierno, más de 600.000 personas al día recorren sus pasillos.

Montreal es la segunda ciudad más poblada de Canadá y es la capital cultural del país, con casi dos millones de habitantes. Está situada en la provincia de Québec, a solo unos 70 kilómetros de distancia de los Estados Unidos. Como dato curioso, se trata de la segunda ciudad francófona más poblada del mundo después de París, aunque muchos de sus habitantes también hablan inglés.
Montreal es una isla entre dos ríos: el Rivière des Prairies y el San Lorenzo, el más grande de Canadá y uno de los ríos más caudalosos de Norteamérica.
Es impresionante que la mayor parte de la vida diaria de la ciudad no se haga al aire libre
El clima de esta ciudad es terrible en invierno. Hay que evitar ir de noviembre a marzo porque las temperaturas en muchos casos están por debajo de los 20 grados bajo cero y nieva casi todos los días. Montreal es una de las ciudades más frías del planeta, incluso más que Moscú, por eso recomiendo visitarla en pleno verano, de mayo a septiembre. Para ir desde Alicante a Montreal hay que hacer escala en Lisboa. Aunque, lo más cómodo es salir desde Madrid, con vuelo directo, y llegar a nuestro destino en unas 8 horas.

Montreal tiene una gran oferta cultural y gastronómica, con grandes espacios de naturaleza y preciosos parques donde comparten el protagonismo los grandes rascacielos del centro financiero y el bullicio de sus cafés.
La rue Sainte Catherine es la arteria comercial más importante, con 9 kilómetros de tiendas —en algún momento de su recorrido no sabremos si estamos en una ciudad europea o americana—. El boulevard Saint Laurent divide a la calle Sainte Catherine en dos partes: la parte este conforma el barrio gay de la ciudad y es la zona más importante del ocio; la zona oeste es el centro urbano de Montreal y alberga un pequeño “barrio rojo”. Siguiendo con el paseo se alcanza la place des Arts, donde se encuentran grandes almacenes y galerías comerciales.

Su especial geografía, al ser una isla —aunque esté a más de 100 kilómetros de distancia al mar—, le da un cierto toque de ciudad portuaria, sobre todo en el Vieux Montreal, el área más tradicional. En esta zona de la ciudad antigua hay multitud de restaurantes y típicas tiendas de recuerdos para turistas. Callejeando por estas calles estrechas se llega al Port Vieux, donde se puede pasear a la orilla del río y disfrutar de la vista a algunos barcos de recreo y algún pequeño museo.
Montreal es también conocida como la “ciudad de las 100 iglesias”. Este apodo se debe a la gran cantidad de iglesias y campanarios que posee, muchos de los cuales son de una gran importancia histórica y monumental. La más famosa, con una maravillosa arquitectura neogótica y un grandioso juego de luces, es la basílica de Notre-Dame, que imita a la de París. El interior es de los más espectaculares del mundo, con vidrieras que representan la historia religiosa de Montreal y un gran órgano de 7.000 tubos individuales. Aproximadamente recibe a más de 11 millones de personas cada año y es uno de los edificios más visitados de Norteamérica. Fue nombrada por algunas revistas especializadas el sexto edificio más bello del mundo, siendo Notre-Dame de París el segundo y la Sagrada Familia el primero.

Siguiendo nuestra visita, a lo lejos se divisa una cúpula verde que sobresale por el horizonte: es el Oratorio de San José, la iglesia más grande de Canadá. El techo alcanza los 97 metros de altura y es la segunda más alta del mundo, después de la Basílica de San Pedro de Roma. Si suben sus largas escaleras disfrutarán de una maravillosa vista de la ciudad.
También es visita obligatoria la catedral Marie-Reine-du-Monde, construida al final del siglo XIX. Fue el primer edificio de Montreal cuyo costo rebasó el millón de dólares y mantiene la categoría de “Sitio Histórico Nacional de Canadá”.

Otras preciosas iglesias que merecen una visita son:
La basílica de Saint Patrick, que en su interior alberga motivos del trébol irlandés y de la flor de lis francesa, por estar muy ligada a la comunidad irlandesa y la canadiense.
La catedral Christ Church es la sede de la diócesis anglicana de Montreal y se encuentra justo encima del centro comercial Promenades Cathédrale, situado en el subsuelo.
Además de sus muchísimas iglesias, no sé por qué motivo la ciudad está plagada de leyendas populares. Me contaron la leyenda del “perro devorador de hombres”: trata sobre un perro monstruoso y gigantesco que vagaba por las calles de Montreal en el siglo XIX, aterrorizando a la gente. Algunos llegaron a afirmar que se trataba de un hombre lobo; otros, que estaban ante una criatura sobrenatural.

En pleno centro de Montreal se sitúa el Mount Royal, una montaña situada en un precioso parque llamado igual y que fue diseñado por la misma persona que el Central Park de Nueva York. Los domingos, si no hace mucho frío, es muy grato visitarlo para contemplar el famoso Tam-Tams: se trata de una reunión semanal de músicos, bailarines y vendedores, que organizan una gran fiesta. Sin embargo, hay que ir con cuidado por este parque. Cuenta la leyenda de la Dama Blanca de Monte Real que el fantasma de una joven se pasea por las inmediaciones asustando a los visitantes.
La ciudad también alberga varios museos que merecen una visita. Uno de los más importantes e interesantes es la famosa Biosfera, que alberga el único museo dedicado al medio ambiente. El edificio reproduce tres cuartas partes de una esfera y se trata de la construcción de este tipo más importante del mundo. Antes de ser museo, fue el pabellón de Estados Unidos en la Exposición Universal de 1967. El Museo de Arte Contemporáneo y el Planetarium Río Tinto son otras dos paradas culturales imperdibles. Por su parte, el Estadio Olímpico, situado al este del núcleo urbano, es otra parada de interés —Montreal se situó en el mapa global tras acoger los Juegos Olímpicos de 1976.

Otro motivo por el que visitar esta ciudad es el Grand Prix de Fórmula 1. El circuito lleva el nombre de Guilles Villeneuve, un famoso piloto de Québec que ganó 6 carreras de Fórmula 1.
No se pueden perder la aventura de montar en la espectacular noria, llamada la Grande Roue de Montreal. Mide más de 60 metros de altura y está situada en el puerto viejo. Ofrece unas espectaculares vistas de la ciudad. Mi consejo es que se suba al atardecer, para disfrutar de una particular puesta de sol.
En Montreal se celebran dos grandes festivales que me han recomendado y que me gustaría ver cuando pueda volver a la ciudad: uno es el Just for Laughs, el festival anual de comedia más importante del mundo y que atrae a los mejores cómicos del planeta. Otro es el Festival Internacional de Jazz de Montreal, con músicos de esta disciplina provenientes de todo el mundo, que reparten su música por todas las calles de la ciudad.

Uno de los atractivos de Montreal es su gastronomía. Los restaurantes de la ciudad han logrado hacerse con varios premios de prestigio, consagrándose como destino gastronómico de alta calidad: una deliciosa repostería, comidas de ensueño y bebidas muy apetecibles. Los restaurantes a los que merece la pena ir son: “La Banquise”, especialista en poutine; el “Schwartzs”, buenísima carne ahumada; y “L’Orignal”, con exquisito tartar de salmón. Una costumbre muy popular entre los comensales montrealeses que puede resultar curiosa a los turistas es que, en los restaurantes, casi todos los clientes aparecen con su propia botella de vino bajo el brazo.
Las comidas más típicas de la región son: el poutine, clásico plato de Canadá, que lleva patatas fritas, queso y salsa; la carne ahumada, una especialidad local servida dentro de un bagel con mostaza —los bagels son panes con forma de rosca, sin sal, que se hierven en agua con miel antes de hornearse al horno de leña.

Montreal cuenta con más de 50 mercados con infinidad de puestos de comida. Un paseo por algunos de ellos es fantástico y podremos comer allí mismo. Los mercados que más me gustaron fueron: “Marché Atwater”, que tiene una oferta más gourmet que los otros mercados y es reconocido por su charcutería y quesos; “Marché Jean Talon”, en el barrio de Petite Patrie, con frutas, verduras y flores, que cuenta en sus alrededores con varios restaurantes muy interesantes; “Marché Maisonneuve”, famoso por sus mariscos y por su fuente de agua donde la gente se sienta a comer; y el “Marché Bonsecours”, con ropa, obras de arte y artesanía, un lugar ideal para comprar souvenirs durante el viaje.
Los hoteles más recomendables son el “Hyatt Place Montreal”, “AC Montreal Centre Ville” y el “William Gray”. Todos están muy céntricos. Aprovechando el viaje, si sobran días, recomiendo visitar Québec o las Cataratas de Montmorency, 30 metros más altas que las del Niágara.

Para poder entrar en Canadá siendo español se necesita una Autorización Electrónica de Viaje (eTA), en caso de viajar en avión, y un pasaporte válido al menos por 6 meses.
Seguro que os gustará mucho este viaje a Montreal, a mí me encantó.
Por cierto, me preguntáis a menudo si he visitado todos los sitios de los que escribo y os contesto que sí, siempre.
RECOMENDACIONES DE ELISEO
Visitar el mirador del Mount Royal.
Subir en la noria gigante de Old Port.
Visitar el Estadio Olímpico.
Ver el juego de luces de la Basílica de Notre-Dame.
Comer un poutine en el restaurante “La Banquise”.

