
Crónicas de un Socio fantasma, por Don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la literatura y espectro en propiedad del Real Casino de Murcia

La infamia ha alcanzado nuevas cotas de ignominia. Yo, el gran Don Ignacio de la Marquina y Beltrán, poeta supremo del Real Casino de Murcia, reducido a un espectro por la envidia y la traición, he sido febrilmente ultrajado en uno de los salones de mi eterna reclusión. La razón: un turista con chanclas, ese calzado propio de naciones incivilizadas, ha osado no solo atravesar mi noble esencia con su molicie veraniega, sino que, como si la ofensa no fuera ya suficiente, ha tenido el atrevimiento de inmortalizar la afrenta.
Todo ocurrió en el Patio Árabe, mi refugio habitual cuando la mediocridad humana amenaza con ahogar los vestigios del esplendor perdido. Allí me hallaba, envuelto en el arrebato de la creación, componiendo mentalmente mi vigésimo tercer canto épico, un capolavoro con el que la posteridad habría de rendirme pleitesía —si la posteridad no estuviese dominada por rústicos con móviles y pésima ortografía.
Justo en el verso en que comparaba mi trágico destino con el de los grandes olvidados de la historia (un honor que comparto con Séneca, Boecio y aquel poeta que murió de frío en una buhardilla parisina), sentí una perturbación en mi ectoplasma. Un golpe, un frío repentino. Me habían atravesado. No un académico, no un aristócrata ilustrado, no un caballero de mente cultivada. No. Fue un turista en pantalones cortos y sandalias con velcro.
Me volví—en la medida en que un espíritu puede volverse—solo para encontrarme con el sujeto en cuestión, que, ajeno a la catástrofe metafísica que acababa de provocar, se colocó frente a una columna y, con una sonrisa estólida, levantó su maldito artilugio.
—¡Eh, usted, sáqueme ese teléfono del rostro, insensato! —le grité, con voz hueca y dignidad ultrajada.
Nada.
—¡Soy un alma atormentada, no un decorado para su Instagram, hereje de los píxeles! ¡Míreme cuando le hablo, hijo del algoritmo!
El bárbaro se rascó la barriga y sonrió con una paz interior que solo puede dar la ignorancia más impermeable. Luego levantó un pulgar.
—Say cheese!
Y entonces, lo inevitable. Click.
Segundos después, cuando las redes del averno hicieron su trabajo, mi presencia se materializó en el fondo de su fotografía. Una nube borrosa, informe, un borrón en la pulcritud dorada del patio. ¡Yo! ¡Don Ignacio de la Marquina y Beltrán! ¡Yo, que en vida fui un mártir de la literatura! En mis días, al menos teníamos la decencia de fracasar en silencio, sin gritarlo a los cuatro vientos con un móvil.
Señores, si este es el destino de los grandes espíritus, si los siglos de cultura y refinamiento han desembocado en este lodazal de tecnología vana y almas sin poesía, entonces, verdaderamente, la civilización ha perecido.
Y yo con ella.
