Contra casi todo, por J. A. Martínez-Abarca

Aquella enorme morsa estaba muy a gusto tumbada en la cornisa de un diminuto iceberg de color azul. Tomaba el sol en aquel interminable día ártico: un sol sorprendentemente picante. A menos que una rara nubecilla lo tapara, en ese caso en pocos segundos descendía veinticinco o treinta grados la temperatura.
El día sin embargo era glorioso, la nubecilla duraba poco. La pude casi alcanzar con las manos, a la morsa, al pasar muy lentamente la cubierta del pesquero noruego en el que viajaba por las aguas del Ártico. Era el 2007, año en que según los registros científicos se marcó el récord imbatido de descongelamiento del casquete polar. Cundía la alarma climática en todo el mundo. En los medios de provincias salían detallados gráficos donde se informaba que nuestras localidades costeras desaparecerían en poco tiempo, con lo que ya estábamos tardando en coger el hatillo y correr a las colinas. El medio ambiente se estaba destruyendo a toda velocidad por el calentamiento debido a la acción humana. La morsa no parecía estar preocupada por su inminente extinción.
Un sol que en aquel 2007 derretía el polo norte hasta lo apocalíptico se abatía sobre una morsa que se ponía para recibirlo de medio lado y luego panza arriba, confiada en aliviar los picores de los parásitos marinos que se adosaban a su mole mientras nadaba buscando su comida, en unas aguas espesas que, a pesar de la atmósfera exterior, cortaban como cuchillos japoneses. El iceberg sobre el que se acostaba se iba derritiendo casi inadvertidamente. Cuando el hielo ya no pudo soportar el peso de la morsa, hubo un ruido como de un tronco de madera desgajándose y el animal cayó al océano. Pero no se puso a bucear en su elemento, removiendo el fondo marino con sus colmillos en busca de moluscos, nada parecido.
Me enseñó una lección magistral aquella morsa sobre la construcción del relato dominante en el mundo contemporáneo. Mientras el mundo disertaba sobre lo que sufriría su especie y todas las demás mientras aquellas masas de hielo se disolvían como cubitos en un vaso en una fiesta, aquel ejemplar, al que de golpe se le había privado del disfrute provocado por el aumento planetario de CO2, no se tomó nada bien volver a su hábitat natural de gélidas aguas negras. La Morsa sacó disparada su cabeza, rezongando en mil idiomas y palmoteando con desesperación. Quiso encaramarse a lo que quedaba de su iceberg, sin éxito. Su cabreo aumentó, fue hasta cómico, hasta que pudo subirse a una plataforma cercana, y allí se quedó perjurando y sacudiéndose como un perro. ¿No han oído dar gritos a una morsa de casi dos toneladas? No le gustaba nada pasar frío. Quería su cuota de calentamiento global aplicado a su caso particular.
Desde las ciudades de Occidente, presumimos que los animales herbívoros son veganos estrictos hasta que los vemos royendo con placer una hamburguesa abandonada en un bosque, y damos grandes discursos convencidos de que las morsas están en todo lo suyo congelándose, como han tenido que hacer sólo por necesidad. Sólo porque no había otra cosa. Me temo que los urbanitas climáticos hemos suplantado la verdadera opinión de las morsas sobre todo esto.

