Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

No hace falta echarle mucha imaginación a la cosa para comprobar la cantidad de parejas que cada día se separan y que, pese a haberse amado mucho y a tener hijos de por medio, es tal la transformación que tiene ese amor en sus vidas que se convierte en el odio más fino y venenoso posible.
Suele decirse que odiar a alguien es como tomarse cada día un chupito de veneno y esperar que le haga efecto al otro, pero, pese a la claridad de ese mensaje, el odio ciega de tal modo que no duelen prendas a uno o a otro para lanzar contra la pareja toda clase de horribles acusaciones, aunque en ellas salgan terriblemente heridos los hijos habidos.
Imagino lo difícil que debe de ser para algunos jueces dilucidar dónde está la verdad. Siempre me han gustado las películas de juicios, disfruto con las argumentaciones de los abogados, algunos de ellos auténticos hijos de Satanás capaces de defender lo indefendible. Ya sé que a todos nos asiste el derecho a la presunción de inocencia, pero también considero que todos tenemos derecho a la justicia, cosa que muchas veces es imposible puesto que se interponen las leyes entre ella y las víctimas.
Les confieso que no quisiera ser juez por nada del mundo. Hay mentirosos y mentirosas compulsivas capaces de engañar hasta a la máquina de la verdad. A algunos se los ve venir. Sobre todo, cuando se ponen bajo la lupa de quienes están más que hartos de ver desfilar mentira tras mentira por delante de sus narices. Pero a otros… se las pueden dar con queso. Y tomar decisiones partiendo de una mentira puede resultar terrible no solo para la otra parte contratante —de la primera parte—, sino para las víctimas más inocentes y vulnerables como son los hijos.
Hijos que fueron concebidos con amor, con la esperanza de un futuro unido y que los malos aires, de vaya usted a saber cuántas cosas, volaron hasta hacerlos desaparecer como humo en el cielo, para dejar en su lugar un odio aquilatado. Un odio que solo deja víctimas: ellos mismos; los hijos, por supuesto; pero también abuelos que se ven, inocentemente y sin comérselo ni bebérselo, privados de la presencia de sus nietos. De poder verlos cuando les apetezca y no cuando “les toque”, de mimarlos como es el derecho de cualquier abuelo, de verlos crecer.
Busco en la hemeroteca internáutica fotos de parejas famosas, actualmente litigantes, de cuando salían glamurosamente enamorados el uno del otro. Ellos, como tantas parejas menos cinematográficas que todos conocemos de seguro. Y, al hilo, me pregunto: “¿A dónde va el amor?, ¿a dónde va?”. Muchas veces es lamido por las olas de la rutina hasta hacerlo desaparecer; otras, se esfuma de golpe, como con un golpe de mar. Y como “heredero” no deseado, el desamor engendra en su lugar la idea fija de destrozar al otro hasta llegar al malsano e infértil orgasmo del odio.

