
No sé si a usted, lector o lectora, le ha ocurrido alguna vez verse rodeado de cuatro ilustres próceres murcianos pintados en un techo barroco, cada uno opinando sobre asuntos que claramente no entiende, y sentir que el peso de la Historia cae, una vez más, sobre sus hombros. A mí, por desgracia, me ocurre con pasmosa frecuencia.
—¡Pero, Ignacio —tronó Floridablanca—, no pretenderás reducir la decadencia del Imperio a simples cuestiones de vestuario!
—¡“Simples”, dice! —respondí yo, agitando mis brazos translúcidos —. ¡El Imperio Español no cayó por las devaluaciones de la plata ni por la derrota en Rocroi! ¡El desuso de la capa y espada fue la primera blasfemia estética del mundo moderno! Si se abandona la majestuosidad de la gorguera, si se traiciona la elegancia de un zapato de hebilla, ¿qué nos queda? ¡El caos, José Moñino, el caos absoluto!

Se trata del enésimo debate absurdo que debo mantener con los cuatro hijos ilustres de Murcia representados en el Salón de Baile. No debe ser fácil para ellos soportar mi lucidez. He tratado de demostrarles la verdad en innumerables ocasiones y aun así persisten en la ceguera.
—¡Ignacio, eres un imbécil de proporciones monumentales! —bramó Salzillo, con ese acento que huele a procesión italiana—. ¡La caída del Imperio no es una cuestión de sastrería! ¡El Imperio cayó porque perdió su equilibrio, su chiaroscuro moral! ¡Hablar de capas es como decir que un ángel vuela porque lleva plumas y no por la gracia divina! ¡Ma che tragedia de hombre!
—¡Silencio, tallista de madera policromada! —le espeté—. ¡Usted solo entiende de poner cara de angustia a los troncos! Si el Duque de Alba no hubiese tenido un estoque a la cintura para mantener el equilibrio de su dignidad, hoy todos hablaríamos un dialecto neerlandés de lo más vulgar. La geometría del jubón era el último muro de contención contra la barbarie.
—Caballeros, ruego un mínimo de decoro institucional —medió Floridablanca con suavidad que solo los verdaderos políticos pueden fingir—. Don Ignacio, su tesis, aunque original en su vertiente textil, carece de un análisis profundo sobre los tratados de Utrecht y las reformas administrativas. La mesura, amigo mío, dicta que la moda es una consecuencia, no una causa.

—¡Usted habla de papeles mientras el espíritu de España se desangraba! — le interrumpí —. ¿Cómo pretende un país dominar el mundo si sus varones dejaron de golpear el suelo con el vuelo heroico de la capa? La dignidad no se firma con tratados, José ¡se lleva puesta!
Fue entonces cuando Julián Romea, que hasta entonces miraba al vacío con los ojos nublados por el vapor de la genialidad mal entendida, soltó una de sus perlas dramáticas.
—España cayó cuando el viento decidió practicar escaramuzas con los manteles. El resto es anécdota.
Me quedé flotando, analizando la estupidez o la grandeza de la metáfora.
—El terciopelo es el sudario de un estornudo —añadió Romea mientras miraba fijamente una moldura—. ¡Oh, la capa! ¡La capa es solo el suspiro de una cebolla que ha olvidado su origen mineral!
—¡Estoy rodeado de dementes! —grité desesperado—. ¡Villacís! —apelé al pintor, que permanecía con cara de haber ingerido café recalentado—. Usted ha pintado caballeros como Dios manda, ¿no es cierto que el fin del sombrero con plumas y el bordado recargado marcó el fin de la hegemonía española?
—No —masculló Villacis volviendo a su mutismo centenario.
Salzillo aprovechó la ocasión para volver a la carga, esta vez sacando los brazos de su medallón.
—¡Villacís tiene razón! Ignacio, eres un charlatán de biblioteca. ¿Cómo puedes decir semejante disparate con la cara tan ancha y transparente? ¡Imbecille! ¡Gufone!
No me amedrenté. Uno no puede perder la compostura delante de un escultor que, a todas luces, vive en un óvalo pintado. Decidí entonces tomar la palabra, porque la verdad sufría sin mi intervención.
—Escuchadme bien, espíritus de Murcia —anuncié—. Yo he estudiado este asunto con más rigor que todos vosotros juntos. Incluso redacté mi obra magna, el incomprendido Ensayo sobre la Necesidad del Calzón con Volumen Arquitectónico en la Política de los Imperios, que tuve que escribir a mano porque ningún impresor quiso arriesgarse a publicarlo, en la que demuestro, con datos incuestionables, que la caída de Flandes coincidió EXACTAMENTE con el auge de la manga estrecha.
—Ignacio, eso es… —susurró Floridablanca.
—¡Es ciencia! ¡Ciencia y proporción ilustrada! ¿O también dudará de mi otro tratado, Breve Manual para la Defensa de la Capa en Espacios Interiores?
—Mi buen señor, la moda es dinámica —seguía Floridablanca, con esa paciencia suicida—. Hay que contemplar contextos, relaciones internacionales, tensiones comerciales, estructura social, el devenir histórico, contradicciones ministeriales…
Contradicciones ministeriales. Qué manera tan plebeya de entender el colapso de un mundo.
—¡Ma basta! —rugió Salzillo—. ¡Esto es ridículo! ¡España no puede depender de un complemento!
—¡La capa no es un complemento, sino la manifestación textil de la autoridad moral del caballero hispánico! La capa es filosofía pura. Es teología si se la mira desde atrás.
Romea levantó un dedo.
—La capa es al alma lo que una vela a un caracol eclipsado.
—¡Romea, lo que dice usted no tiene ni pies ni cabeza! —bramé.
—La cabeza es solo un pie desorientado —respondió él, satisfecho.
Me fui del Salón de Baile sintiendo un dolor de cabeza metafísico que no debería existir en un ser sin cuerpo. Es agotador ser el único historiador riguroso en un techo lleno de artistas lunáticos y políticos pusilánimes.
Si España ha de hundirse definitivamente en la insignificancia, que lo haga al menos sabiendo que yo, don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la verdad y último custodio de la estética, advertí de que la falta de una buena gorguera sería nuestra tumba. ¡Váyanse todos al cuerno de la abundancia, que yo me retiro a mi propio vacío!
