PROPÓSITOS

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

Para mí, imagino que como para muchos de ustedes, el año no empieza el uno de enero, sino el día de nuestro nacimiento, o sea, cualesquiera otros días del resto de meses del año. Sin embargo, suele ser a finales de diciembre cuando nos entra a todos una especie de fiebre de propósitos, por regla general todos buenos, para ese nuevo paquete de hojas de almanaque.

Parte de esos propósitos se nos imponen desde las diferentes revistas de moda o no moda: que si quítate esos kilos de la Navidad (que a ver quién les ha dicho que quiera quitármelos), que si ponte en forma en el gimnasio (como si no pudiera ponerme en forma subiendo escaleras, corriendo tras el autobús o haciendo maratones en la cama), que si deja de fumar que mata lentamente (como dice mi amiga: “Quién quiere morir rápidamente”), que si ahora puede ahorrar con el plan dejedecomeryolvídesedelmundo… Pues muy bien. Pero cuando un deseo no nace del corazón sino de las revistas, la realidad nos confirma que cuesta mucho llevarlo a la práctica con éxito. Ya resulta difícil cuando nos apetece realmente algo, imaginen cuando nos lo imponen.

Yo les aseguro que cada día, cuando pongo los pies en el suelo, lo primero que me propongo es que voy a decir no a lo que se me pida

Entre los deseos programables personales, por regla general, están el lograr ser una mejor persona, mejorar las relaciones de pareja (siempre es mejorable, por bien que vaya todo) y conseguir sacar tiempo para nosotras y para las relaciones con nuestros amigos. Y aquí sí que está la madre de todas las batallas, porque para eso es fundamental una palabra. Una palabra mágica pero, al parecer, imposible de decir: no.

Yo les aseguro que cada día, cuando pongo los pies en el suelo, lo primero que me propongo es que voy a decir no a lo que se me pida, sea lo que sea (para ir entrenando, vaya), pero, oigan, siempre me pillan con el paso cambiado. Es como si estuviésemos enganchados a la adrenalina y ya no pudiésemos vivir sin ella. Cada cosa que nos compromete, aunque sea un reto agradable, pero si nos complica la vida (que suele hacerlo), no deja de ser un ogro devorador de tiempo, de serenidad, de relajación. Pero…con cada compromiso, decía, lo único que hacemos es recibir un chute de adrenalina en vena. Quizá seamos los transmisores de algún tipo de gen primitivo que permitía la supervivencia del hombre a fuerza de mantenerlo alerta (y, a falta de dinosaurios, buenas son obligaciones, cargos y encargos).

Por eso, cuando hace unos días hablaba con una amiga para ver cuándo nos tomábamos un café y, a cada sugerencia que yo le hacía, me respondía con un “imposible, ese día tengo…” para acabar lamentándose, francamente, la entendí. Y aunque le recomendé un par de títulos sobre cómo administrar el tiempo (yo, que sé que para personas como nosotras esos libros no son más que un imposible), terminé diciéndole que no se preocupara, que ya nos tomaríamos el café cuando se jubilara.     

Y como la madre naturaleza es muy sabia, para evitarnos innecesarias crisis de ansiedad, hace que los deseos de buenos propósitos que cada enero nos planteemos vayan diluyéndose como azúcar en el agua con el paso de los días.

Ana María Tomás. @anamto22

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