LOS CUERNOS DEL MURCIANO

MESA CAMILLA. Paco López-Mengual

A veces, en Murcia, ocurren sucesos extraordinarios, como aquel acaecido a un vecino de la ciudad al que le brotaron dos cuernos en la frente; el único caso de esta índole documentado en la historia.

El extraordinario caso ocurrió a mediados del siglo XVIII y se sabe que el hombre vivía desesperado por la insólita dolencia que sufría. Siempre llevaba un sombrero calado hasta las cejas, que no se quitaba ni para saludar a las damas cuando se encontraba con ellas por la calle Trapería. En cuanto lo hacía, sentía las miradas y las risas a su alrededor y los comentarios jocosos de los demás transeúntes. Había acudido a las consultas de decenas de médicos que nunca lograron que desaparecieran aquellas incómodas protuberancias óseas que adornaban su frente. También había visitado a curanderos y brujas que le habían sacado los cuartos sin conseguir una solución; incluso siguiendo el tratamiento ordenado por uno de ellos, hasta había hecho el ridículo, como cuando se colocó unos cascabeles en los extremos que sonaban a cada paso.

Fue en abril de 1767 cuando decidió subir a un carruaje y viajar hasta Madrid para ser tratado de su dolencia por el afamado doctor José Correa, un cirujano capaz de resolver de forma extraordinaria casos sorprendentes.

La madrileña calle Cava Baja, en la actualidad. Fotografía: commons.wikimedia.org/wiki/File:Calle_de_la_Cava_Baja,_desde_el_n%C3%BAmero_41.jpg

Cuenta en su informe el doctor Correa que, cuando abrió la puerta de su gabinete médico en el barrio de La Latina para recibir al murciano, no notó nada especial: encontró a un hombre de 67 años, bien vestido, cubierto con un amplio sombrero y luciendo en el pecho la cruz que distingue a los caballeros de la Orden de Santiago. Pero cuando, tras pasar y sentarse en una silla, el paciente se desprendió del sombrero, el doctor quedó atónito; como también su criada que, tras santiguarse sin perder de vista las defensas que mostraba aquel señor en la cabeza, agarró un crucifijo que estaba colgado en la pared y lo interpuso entre ellos, al creer que se trataba de un endemoniado.

Los cuernos del murciano medían unos diez centímetros de longitud y presentaban una forma espiral, como la de los pequeños carneros.

Medían unos diez centímetros de longitud y presentaban una forma espiral, como la de los pequeños carneros

El médico madrileño, tras estudiar la frente del murciano durante días, de hacer pruebas, tomar muestras y practicar en vivo con ciervos y machos cabríos que hizo traer ex profeso, se decidió a amputar los salientes con una sierra de dientes especiales que él mismo diseñó y mandó fabricar.

El día de la intervención, ataron al caballero a una silla y, con la asistencia de otros dos cirujanos y la colaboración de dos vecinos que ayudaron a inmovilizar su cabeza, el doctor Correa serró de raíz los pitones. Una semana después de la operación, el paciente se asomó al espejo y sonrió aliviado al contemplarse como una persona nueva. De hecho, cuentan que fue ampliamente generoso en el pago por los servicios del facultativo.

Imagínenlo de regreso caminando feliz por Murcia. Ahora, podría quitarse el sombrero cuando pasease por la Platería para saludar a las damas sin provocar risas ni comentarios desagradables.

En la capital de España, la noticia del asombroso caso del murciano y de la prodigiosa intervención quirúrgica del doctor Correa prendió como la pólvora, y fueron cientos los que se acercaron a la calle Cava Baja para conocer de su propia voz el asunto y contemplar los cuernos que guardaba en su gabinete.

Harto ya de recibir tantas visitas que entorpecían continuamente el desarrollo de su labor médica, Correa donó las astas al Real Gabinete de Ciencias –embrión de lo que hoy es el Museo Nacional de Ciencias Naturales–, junto a un detallado sumario del caso, que fue avalado por el mismísimo don José Moñino, conde de Floridablanca, que siguió de cerca todo el proceso de su paisano. Pero a lo largo del siglo XIX, la colección sufrió un exceso de traslados de sede y, en uno de ellos, junto a otras piezas de sumo valor científico, los cuernos del murciano desaparecieron, y sólo se conserva el informe.

Paco López Mengual.

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