GRAFFITI

 

Mural del artista Kobra en la fachada del centro cultural Puertas de Castilla.

DE MURCIA AL CIELO. Por Carmen Celdrán.
A finales de los 70 el grupo británico Monthy Python escribió la que sería su obra maestra. ‘La vida de Brian’ es una comedia irreverente en la que, a propósito de un personaje ficticio (Brian) nacido al tiempo de Jesús al que confunden, de manera absurda, con Él en diversos momentos. Más allá de la polémica sobre la oportunidad de vincular una obra de humor surrealista con la figura de Jesucristo, la película es una crítica demoledora a nuestra sociedad y sus contradicciones. Lo verdaderamente admirable es que estando rodada en 1979 tenga una total vigencia en nuestra sociedad de 2020.

En una de sus delirantes escenas, Brian, que quiere incorporarse a la “resistencia” anti romana, se ve forzado a realizar una pintada en el palacio de Poncio Pilatos con la expresión “romanos volved a casa” -remedo del lema antiimperialista “yankee go home”. Pero claro, en la Palestina de principios de nuestra era el cartel debía ser escrito en latín, y el pobre Brian escribe “romanes eunt domus”, lo cual es advertido por la patrulla de ronda romana que le obliga a escribir cien veces la forma correcta de “Romani ite domum” lo cual tiene el efecto de que toda la fachada del palacio aparece cubierta con el mensaje subversivo.

Mural de Kraser en el pabellón deportivo de Santa María de Gracia.

La comedia de los Monthy Pyton está plagada de anacronismos y “errores históricos” que obviamente quedan disculpados por el carácter absurdo de la trama. Sin embargo, hay algo en lo que la escena resulta rigurosamente cierta: los romanos usaban las fachadas para expresar sus opiniones, quejas, burlas o eslóganes políticos. Lo sabemos principalmente por los yacimientos de Pompeya y Herculano, las ciudades cubiertas de ceniza en el año 79 d.C. en las que se han encontrado cientos de inscripciones de todo tipo.


EL USO DE LAS FACHADAS URBANAS PARA TRANSMITIR MENSAJES HA SIDO CONSTANTE A LO LARGO DE LA HISTORIA


El uso de las fachadas urbanas para transmitir mensajes de cualquier tipo (amorosos, eróticos, humorísticos, políticos o comerciales) ha sido constante a lo largo de la Historia. En los últimos tiempos de la dictadura y comienzos de la transición las pintadas anónimas servían para canalizar y dar voz a las ansias de libertad de los ciudadanos. Hay pintadas poéticas o entrañables que contienen mensajes bonitos. También se desarrolló a finales del siglo pasado un arte urbano que pretende embellecer las fachadas con diseños artísticos. Se enmarcan en esta corriente artistas tan destacados como el enigmático Banksy, Kobra o el cartagenero Kraser.

Pese a todo, en los últimos decenios se ha generalizado en nuestras calles la práctica de “decorar” cualquier espacio con firmas, letras o garabatos, cuyo único valor es la gamberrada de quien lo realiza para sentirse transgresor. Ello provoca, por un lado, el daño en la propiedad privada de quien posee la fachada y tiene el deber de mantenerla en condiciones estéticas, y, por otro lado, en no pocas ocasiones las pintadas se realizan en edificios de carácter monumental o artístico, lo que daña a todos los ciudadanos, titulares de dicho patrimonio cultural. Finalmente, la suciedad en las paredes degrada el paisaje urbano, transmitiendo sensación de descuido y abandono.

Fachada lateral del colegio Mayor Azarbe antes de su limpienza.

Lateral del centro cultural Las Claras tras su limpieza.


LA “OFICINA DEL GRAFITTI” REALIZA UNA INCANSABLE LABOR DE LIMPIEZA DE LAS FACHADAS URBANAS CON EL ENCOMIABLE PROPÓSITO DE MANTENER UNA CIUDAD LIMPIA Y BONITA


El Ayuntamiento de Murcia tomó hace tiempo cartas en el asunto. Por un lado, la Policía Local tiene instrucciones de identificar y, en su caso, sancionar, a los gamberros. Por otro la “oficina del Grafitti” realiza una incansable labor de limpieza de las fachadas urbanas con el encomiable propósito de mantener una ciudad limpia y bonita. Sin embargo, se trata de un esfuerzo vano en el que se invierten grandes cantidades de dinero de los ciudadanos: al poco tiempo los garabatos y las “firmas” reaparecen con mayor fuerza, reavivando la imagen de ciudad descuidada que los murcianos no merecemos.

De nada sirve disponer de un ejemplar servicio de limpieza urbana si la sociedad no tiene la mínima cultura necesaria para saber que dañar o estropear el patrimonio cultural es dañar nuestro propio bolsillo.


@CarmenCeldran

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