EL BAUTISTA PERDIÓ LA CABEZA

PINCELADAS. Por Zacarías Cerezo

En 1950, encontrándose la fachada de la catedral de Murcia en proceso de restauración, tuvo lugar un suceso que en nuestros tiempos habría abierto telediarios en toda España. Damos por hecho que las medidas de seguridad y prevención de riesgos laborales no tenían, ni por asomo, el rigor actual, pero también suponemos que los operarios trabajaban con el máximo cuidado y respeto al patrimonio. La cuestión es que, por un accidente cuyos pormenores no están descritos en la crónica de aquel momento, la figura de Juan el Bautista, situada sobre la Puerta del Cabildo, con el Cordero de Dios y la concha del bautismo, perdió su cabeza, como si los malignos deseos de Salomé volvieran a cumplirse.

La cabeza cayó al suelo de la plaza y se rompió en mil pedazos, ocasionando la desolación más absoluta de los trabajadores y del Cabildo. No era posible reconstruir con los fragmentos la noble cabeza del Bautista, así es que el obispado buscó un escultor de prestigio que fuera capaz de hacer una nueva, y ese fue Nicolás Martínez Ramón (1905-1990), autor, entre otras muchas obras, del segundo Cristo de Monteagudo, el que se puso tras la Guerra Civil.

Se cuenta en la prensa de la época que el escultor recogió los fragmentos de la cabeza y, basándose en los rasgos principales y subido en una escalera del cuerpo de bomberos, modeló sobre la escultura decapitada una nueva cabeza. Allí subido, y observado por los “opinadores” de la ciudad, algunos con mando en plaza en asuntos de patrimonio, tuvo que soportar críticas de todo tipo por su atrevida intervención. Después, seleccionó un bloque de piedra de las mismas características de la escultura, de entre los que se estaban removiendo en las obras que se llevaban a cabo en los soportales de la catedral y, por el sistema de “saca de puntos”, talló la hermosa testa, que, por cierto, tiene cierto parecido con la del Cristo de Monteagudo. El tiempo le ha dado la pátina que iguala el tono de la antigua piedra y la nueva, de tal manera que no se aprecia diferencia. El escultor cobró por su trabajo 1.500 pesetas.

Se cuenta que los obreros, abrumados por el daño causado, desistieron de seguir con la restauración de la fachada

Zacarías Cerezo.

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