El alma de las cosas del casino

LA EXPOSICIÓN ‘PATRIMONIO ÚNICO, TIEMPOS COMPARTIDOS’, CONMEMORATIVA DEL 175 ANIVERSARIO DE LA ENTIDAD, MUESTRA, A TRAVÉS DE UNA BREVE SELECCIÓN DE OBJETOS UNA IDEA APROXIMADA DE LO QUE HA SIDO Y SIGNIFICA EL REAL CASINO DE MURCIA

Vista de la exposición.

Por Juan Antonio Martínez Abarca. Fotografías: Ana Bernal.
Las cosas no son nunca solo cosas. Son mucho más que eso. Incluso en ocasiones más, históricamente hablando, que las vidas físicas de quienes las poseyeron. Son prácticamente lo único que testimonia, cuando pasa un poco de tiempo, no mucho, que existió una época y una vida que se ha modificado irremediablemente. Las cosas en cambio siguen con su mismidad, con su exactitud, cuando la memoria tan débil de los hombres ha falseado todo y de quienes vivieron quedan unas pocas anécdotas conocidas por los próximos que de todos modos se pierden, de no estar escritas. Las cosas tienen un alma que aparentemente calla lo que sabe, pero que en realidad nos habla si sabemos observarlas bien, y para ello no hay que ser de religión animista ni nada de eso, creer que los espíritus están en todo…

Las viejas cosas son lo único que queda cuando de los seres que fueron no resta ni la ceniza ni polvo alguno, y de la inmensa mayoría de otras cosas ni el recuerdo, que se ha perdido

Portada de una de las partituras mostradas en la exposición,

Las viejas cosas, los objetos que solo por milagro no fueron a la basura (como línea general histórica, incluso por ejemplo los bustos romanos que permanecen son solo un accidente, una anomalía que se salvó del destino de todo lo inútil porque alguien ni siquiera hizo el esfuerzo por tirarlos), son lo único que queda cuando de los seres que fueron no resta ni la ceniza ni polvo alguno, y de la inmensa mayoría de otras cosas ni el recuerdo, que se ha perdido. La gran exposición antológica del Real Casino de Murcia, que se inauguró los pasados días, con cosas, fotografías, ediciones de libros valiosas, «bibelots», objetos del magno edificio que aún duran, que todavía no han desaparecido para siempre, es un magnífico ejemplo de todo esto. Titulada ‘Patrimonio único, tiempos compartidos’ la exposición muestra una cuidada selección de objetos que nos ofrecen, sin embargo, una idea muy aproximada de lo que ha sido y significa el Real Casino de Murcia; infinitamente más que mil discursos.

Hasta un simple recorte de periódico de mediados del siglo diecinueve tiene un alma de valor incalculable. Que es inversamente proporcional al valor de mercado que le suele dar la gente. ¿A quién le importa un recorte de periódico? ¿A cuántos traslados resiste? ¿A cuántas brisas repentinas que se los llevan por la ventana? ¿Quién llora porque desaparezca? Tiene menos peso específico para la gente que una flor seca recogida en la adolescencia. Es con un recorte de periódico precisamente con lo que nos recibe esta exposición antológica del Real Casino de Murcia. Y para Rafael Fresneda, un erudito a quien tengo la fortuna de conocer desde hace muchos años y que se ha encargado de supervisar esta exposición antológica (se nota su personal «toque», inconfundible para quienes conocemos lo que ha venido haciendo hasta su jubilación como ejemplar funcionario en la Biblioteca y Archivo Regional) ese recorte de periódico es una de esas tres o cuatro cosas fundamentales que explican qué significa el Real Casino de Murcia. Es una hoja de «El diario de Murcia· perteneciente al 12 de octubre -muy significativa fecha- de 1847, donde se anuncia, con deliciosa prosa que no era solo periodística sino el de la clase alfabetizada normal de entonces, que «el día 10 de sus corrientes a las doce de su mañana se verificó la apertura del Casino de Murcia». «Ya ahí, en esa hoja de periódico, vienen los principios que querían guiar el Casino como foro o lugar de encuentro», apunta Fresneda. Dijo entonces el primer presidente del Casino: «Ha de venir a ser (el Casino) la gloria de nuestra ciudad y el centro común donde todos los murcianos depongan sus antiguas antipatías, hijas de la ignorancia y del aislamiento en que por desgracia hemos vivido hasta el presente». Palabras sabias, dirigidas no sólo hacia el pasado, sino hacia el futuro de las guerras españolas que aún hubo en el siglo diecinueve y la hasta el momento última Guerra Civil…

Vista de la exposición.


Una serie de notables murcianos, en definitiva, sigue Rafael Fresneda, «habían comprado un edificio para destinarlo a lugar social y cultural, algo donde convergiera la creación y el intercambio de ideas diferentes». Andando el tiempo, no mucho, querían que sus ventanales dieran a la calle Trapería, que era la mayor de toda capital de provincia que se precie. El resultado, finalizado más de un cuarto de siglo después, fue una de las fachadas que más expectación causan en toda la Región de Murcia, hasta llegar a hoy mismo, y que convida a penetrar a través de ella. Existe constancia, en la exposición, de la finalización de esa fachada, muy a principios del siglo XX, con una foto algo misteriosa tomada desde uno de los edificios de enfrente, en uno de los números de la calle más cercanos a la Catedral. Unos hombres con sombrero hongo o al menos modelo «homburg» (era el tipo de bombín que aún muchos años después llevaba por ejemplo sir Winston Churchill) impertérritos al fuerte sol de octubre de la capital. Entre ellos se piensa que esté el arquitecto de la fachada del Casino, el director del mismo y algún operario, inmortalizando el feliz día de su terminación. Esta simple fotografía es otro hito fundamental para Rafael Fresneda, y no puedo estar más de acuerdo.

Detalle de una ilustración de El Quijote.

El fin social y cultural primigenio del Casino queda probado con, por ejemplo, el costeamiento de la carroza de la sardina, en el entonces incipiente y hoy tan popular «Entierro», o la fundación, no mucho después, de la biblioteca del Casino, con su impecable aire británico, que aún hoy impresiona. La luz eléctrica llega a Murcia, para terminar sustituyendo a la de gas, y doce años antes del fin del diecinueve se celebra el primer baile iluminado con todo lujo en los salones del edificio. Hay naturalmente otras efemérides importantes, pero para Rafael Fresneda hay una que brilla por encima de todas las demás: la concesión de la Medalla de Oro de la Región al Real Casino de Murcia («Real», por supuesto, por concesión de la Casa Real Española previamente, en 2009). «Esa medalla de oro simboliza el reconocimiento oficial de la íntima unión entre el Real Casino de Murcia y la sociedad en la que nació y a la que ha venido sirviendo; es el sello que autentifica el Casino como lo contrario de disensión o conflicto, como algo preciado que nos une», afirma Rafael Fresneda. Una metáfora de esto que dice es el nutrido libro de firmas del Real Casino, abierto en una página de principios de este milenio donde aparecen las cariñosas dedicatorias de dos escritores de ideologías políticas -y no sólo eso, también pensamientos y cosmovisiones- tan antagónicas como las del premio Nobel portugués José Saramago y el novelista y polemista español Juan Manuel de Prada. Ésa es la pura esencia del Real Casino.

La exposición se ve enriquecida por objetos que asombran por su filigrana del antiguo «tocador de señoras», la urna de plata donde se introducían los papeles de las votaciones, libros y colecciones de revistas exquisitamente ilustrados

La exposición se ve enriquecida por objetos que asombran por su filigrana del antiguo «tocador de señoras», la urna de plata donde se introducían los papeles de las votaciones, libros y colecciones de revistas exquisitamente ilustrados de estilo modernista… Incluso algún tomo encuadernado en piel o pergamino, en lo cual sigo viendo ese toque profesional de Rafael Fresneda, un «connoisseur» en ediciones antiguas y supongo que también en las modernas. Fotografías de increíble calidad, sin duda una obra de amor, que muestran cómo el Casino, hace más de cien años, tenía un aire de oasis murciano, profusamente ornado de macetas con palmitos y gente vestida con trajes de lino claro, hasta llegar a épocas más contemporáneas. Una exposición que, con lo esencial y sabiendo elegir las cosas y objetos precisos, sin nada que sobre ni falte, narra una ya larga época de Murcia con un ojo experto de afacetador de diamantes.

José Antonio Martinez-Abarca.

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