AMARGAVIDAS

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás

Se despertó, como cada mañana, refunfuñando por el calor de la noche, quitándose y tirando directamente al suelo la camiseta sudada en el sopor de las sábanas. Antes de dar los buenos días a su familia, se quejó de que nadie le hubiese sacado su pan de cereales del congelador para prepararse la tostada, y bramó por haberse quemado con el café recién hecho. Salió de estampida para su trabajo. Después de casi toda una vida realizando el mismo itinerario para ir a la oficina debería tener asumidos los atascos mañaneros, pero su esforzado espíritu de amargar y amargarse cada minuto de la existencia le hizo mascullar toda clase de improperios.

Nada mejoró en el trabajo, pero la ventaja que se tiene cuando se trabaja junto a tipos en continua pelea con la vida es que se les ve venir y se sabe que sólo se puede acercar a ellos como se haría con un puercoespín: con pinzas y mucho cuidado. En realidad, los compañeros hace mucho que dejaron de tenerlo en cuenta salvo para evitar que se entere de algún plan conjunto, para que no se los amargue.

El regreso a casa no difiere mucho de la ida. Es igual que el tráfico sea fluido, aún quedan los semáforos para enfadarse con ellos si cambian de color y le hacen frenar justo cuando está a punto de pasarlos.

Sólo se puede acercar a ellos como se haría con un puercoespín: con pinzas y mucho cuidado

La comida es el momento perfecto para continuar disparando una buena parte de toda la mierda que multiplica en su interior con la levadura de la disconformidad perpetua que alimenta.

Hace tiempo leí, no sé dónde, que un hombre había escrito en su agenda el balance del medio año que llevaba. En ese recuento, solo había tenido en cuenta las cosas negativas que le venían ocurriendo: por la edad se había tenido que jubilar de un trabajo que le encantaba, su hijo había tenido un accidente donde el coche, con poco más de un año, quedó siniestro total, y, para colmo, su mujer había sufrido una operación en donde se le había extirpado la vesícula.

La mujer leyó por azar lo que su marido había escrito. Lo tachó con una gran equis roja y escribió a continuación: “Este año ha sido toda una bendición del cielo. Por fin he podido jubilarme y ahora podré dedicar mi tiempo a todas las aficiones que durante tanto tiempo aparqué. Por fortuna, en un accidente que tuvo mi hijo, solo se destrozó el coche y él salió ileso con un brazo roto nada más. Y, además, los médicos han encontrado la raíz de la enfermedad de mi mujer. Gracias a Dios y a la vida por el regalo inmenso de este año lleno de tantas bendiciones”.

Imagino que tiene que ser agotador vivir con alguien que sea un genio en hacer naufragar cualquier atisbo de optimismo. O de mantener un sano equilibrio que le permita vivir y dejar vivir a los demás sin amargarlos de continuo.

Quizá el problema no esté tanto en ellos como  en quienes los rodean por no enfundarse en el “Por qué no te callas”, seguida de un buen taco y repetirla con tal fuerza y mala leche que sea capaz de enmudecer hasta  al más contumaz amargavidas.

Ana María Tomás
@anamto22

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.