UN JOVEN DE CIENTO SETENTA AÑOS

Por Juan Antonio Megías, presidente del Real Casino de Murcia.

Desde luego que Alfredo Le Pera, el autor de la letra de “Volver”, el célebre tango de Carlos Gardel, lo habría tenido difícil para encajar en sus ripios la cifra de ciento setenta años. Y es que ciento setenta años no es que no sean nada, sino que son muchos años.

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Recuerdo de la antigua peña del Congresillo (1955-1980)

Corría el año de 1847 cuando un grupo de caballeros de aquella Murcia calurosa y polvorienta, casi como la de hoy, se despojaban de esa cansera tan nuestra y creaban una sociedad dedicada al ocio, a la tertulia y al desarrollo de la vida social y cultural, a la que bautizaron como  de Murcia. Eran estos casinos de entonces, que proliferaban en las grandes y pequeñas ciudades de media Europa, un fruto de la Ilustración, una consecuencia de haber elevado el cultivo del espíritu, del buen gusto y de la belleza al rango de deidad. Pero ese esfuerzo por beber de las fuentes de la cultura era un esfuerzo colectivo y en modo alguno individual. No se trataba de que uno se encerrara en un cuarto rodeado de libros y de partituras de música para intentar aprenderlos de memoria, sino que el enriquecimiento de las mentes habría de producirse a través del intercambio de ideas, de palabras y experiencias, mediante el disfrute en común de todos esos productos que la cultura genera.


Corría el año de 1847 cuando un grupo de caballeros de aquella Murcia calurosa y polvorienta, se despojaban de esa cansera tan nuestra y creaban una sociedad dedicada al ocio, a la tertulia y al desarrollo de la vida social y cultural


Tampoco era ajena a la creación de los casinos una idea un tanto machista, que todo hay que decirlo. Los hombres de aquel entonces buscaban un espacio donde hacer lo que en sus propias casas tenían casi prohibido: reunirse para celebrar largas tertulias, fumar un buen habano o disfrutar de una copa, o de alguna más, de brandy añejo, sin que nadie les interrumpiera en mitad de tan alta ocupación con los múltiples y engorrosos asuntos domésticos. Sí, los casinos de los comienzos eran instituciones masculinas en las que la mujer solo era admitida con ocasión de las fiestas de sociedad y, desde luego, como la más alta expresión de la belleza.

Baile celebrado en febrero de 1930

Y en ésas estábamos cuando un 12 de junio de 1847, como decía, un grupo de ilustres murcianos alumbraron el nacimiento de la criatura. Dejaré para los historiadores y los expertos, que los hay mejores que yo, las vicisitudes de la puesta en marcha de la institución, de cómo nació con cierta modestia, ubicándose en una casa alquilada al Marqués del Vado; de cómo, unos años después, compraron unas edificaciones en lo que hoy es la parte trasera de nuestro edificio, allí donde se asienta el Restaurante y el Patio Azul, y donde aún pueden verse las diferentes cornisas que ceñían los distintos edificios; de cómo, mediante nuevas compras de inmuebles, el Casino fue avanzando hacia su meta final, la calle Trapería, entonces de Alfonso XII, lo que se lograría allá por 1902; de cómo en ese tránsito de casi cincuenta años se vieron colmadas muchas de las aspiraciones de los fundadores, como el Salón de Baile, con sus grandiosas lámparas traídas de París, más propias del Palacio en Trieste del emperador Maximiliano I de México (hermano del también emperador Francisco José I de Austria), que era adonde al parecer iban destinadas inicialmente; o de cómo el billar francés, un juego de caballeros, encontró asiento en una de las salas de billar más bonitas de España; o de cómo la práctica de la esgrima, otro noble deporte de gentes nobles, bautizó para todos los siglos de los siglos, amén, al Salón de Armas.

Y se llegó, como decía, a la calle Trapería pero, antes, llegaron la Biblioteca Inglesa, con sus ménsulas de hierro fundido forjadas en las acerías de Londres, las galerías acristaladas, los saloncitos de tertulia y, como no podía ser de otra forma, una deliciosa muestra de nuestro pasado moro: el Patio Árabe, en el que más de treinta y cinco mil láminas de pan de oro, nos cuentan, refulgen con el sol de la mañana que se filtra a través de los cristales coloreados de su espléndida cúpula. Y, finalmente, esos dos ojos del Casino que en su monumental fachada se abren a la meta deseada: las Peceras, ojos de cristal que albergan cien ojos, los de aquellos personajes que, arrellanados en sus sillones de piel, veían transitar a amigos y enemigos por la céntrica calle. A los primeros, un saludo o unas palabras de cortesía amable; a los segundos, una crítica aguda y acerada como sólo la saben hacer los “mindangos”, aquellos señoritos que vivían de una renta escasa pero suficiente, y que no tenían otra cosa que hacer que contemplar el paso del mundo desde su sillón en la Pecera.


En su larga vida han formado parte de la Sociedad muchos ilustres murcianos, la gran mayoría diría yo, que desde sus salas y salones han gobernado, ingeniado, compuesto, apadrinado o dirigido algunas de las obras y actuaciones de más renombre en nuestra Región y fuera de ella


Pero no todos los habitantes del Casino eran mindangos. En su larga vida han formado parte de la Sociedad muchos ilustres murcianos, la gran mayoría diría yo, que desde sus salas y salones han gobernado, ingeniado, compuesto, apadrinado o dirigido algunas de las obras y actuaciones de más renombre en nuestra Región y fuera de ella. Abogados, jueces, ingenieros, médicos, nobles, profesionales de renombre, terratenientes, políticos, e incluso, pese a ser una institución laica y aconfesional como digna hija de la Ilustración, algún que otro representante del clero que no pudo sustraerse a las tentaciones de un buen rato de tertulia o de una perfumada copa de brandy. Hasta el viejo Rey Emérito, Don Juan Carlos de Borbón, figura en el elenco de Socios del Casino, como figuró también su padre, Don Juan, que además es Presidente de Honor a perpetuidad.

Fue precisamente el Rey Don Juan Carlos quien nos concedió el derecho a usar el título de Real, anteponiéndolo al nombre del Casino de Murcia. Y lo hizo después de que el edificio monumental que constituye nuestra sede fuera íntegramente rehabilitado y rejuvenecido, dispuesto a dejar pasar otros ciento setenta años de vida, inmerso en la vida de los murcianos.

Escritura de compra de las casas a Miguel Andrés Starico, por la Junta Directiva del Casino de Murcia, presidida por Manuel Starico

Hoy el Real Casino de Murcia es más real que nunca. Su masa social es la mayor de toda su historia; los actos sociales y culturales se suceden sin cuento, la inmensa mayoría de acceso libre y gratuito para todos; nos visitan al año decenas de miles de turistas, quienes hacen del Real Casino de Murcia el monumento civil más visitado de la ciudad; más de treinta mil niños procedentes de todos los colegios de la Región también lo visitan gratuitamente cada año; nuestro Restaurante es ya una referencia de la exquisita gastronomía de nuestra tierra. Y el Real Casino de Murcia, lo que me parece enormemente satisfactorio, se ha consolidado como una de las instituciones más queridas y respetadas por la inmensa mayoría de los murcianos, de la que, además, se sienten tremendamente orgullosos. Solo tengo una pena y he decirla en este aniversario para, tal vez, no tener que decirla en el siguiente: echo en falta un reconocimiento justo y agradecido de las instituciones públicas. No lo necesitamos, es cierto, no vamos a ser más queridos y respetados por una medalla o un diploma más o menos, pero sí es cierto que quienes representan a los ciudadanos tienen el deber de hacerse eco de ese orgullo, de ese respeto y de ese cariño popular al que antes me refería.

Salón de Baile

Y aquí les dejo a todos ustedes, y no porque no quiera escribir mucho más, sino porque no me dejan. Nuestra excelente revista RCMAGAZINE, sin duda el instrumento de comunicación e identidad corporativa más apreciados por todos los socios, no me concede más espacio. Y, saben qué les digo, que tiene razón, pues siempre habrá alguien que tenga que decir cosas más interesantes que las que yo les cuento.

Disfruten del 170 aniversario de nuestro joven Casino.

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