SER UN ROMÁNTICO

HISTORIAS DE UN SOLTERO DESENCANTADO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
La práctica totalidad de las mujeres que en un momento u otro de mi vida se han acercado a mí han sentenciado finalmente lo mismo, dándome por imposible: “Lo que pasa es que no eres nada romántico, cero, vamos, no tienes remedio”. Esa revelación me ha sumido por sistema en el estupor, como si la vez número mil en que la escuchase fuese siempre la primera. Me lo tomo como una impertinencia. ¿Cero romántico? ¿Cómo puede ser? ¿Ha dicho? “Te equivocas del todo. Ese no soy yo. Con lo romántico que me considero, vamos, si me llegas a decir otra cosa, pero precisamente no ser romántico…”

-Nada, no eres nada romántico.

-¡Si soy un personaje absolutamente decimonónico, querida! Mariano José de Larra o alguno de esos…

“El caminante sobre el mar de nubes”, del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich.

Alguno de ésos que, en su última hora, se miran al espejo llevando puesto un “riding coat” (“redingote·, lo llamaban en su época, y lo llevaban los caballeros porque servía para montar a caballo) y se acomodan una bola de hierro dentro del cráneo con un arma de pistón por no poder sobrellevar un desamor. Visto objetivamente, lo tengo todo para ser un romántico. Salvo tal vez la ideología política, que ya se sabe que los románticos fueron germen del comunismo que prefería la justicia al desorden (como los ingleses, yo en cambio prefiero la verdad a la justicia, sin renunciar por supuesto al orden), el aldeanismo independentista y otras cosas de poco momento que desde entonces han complicado la vida de la humanidad. Me encantan la naturaleza salvaje, los cielos oscuros, los temperamentos borrascosos, las historias de los viejos en las noches de invierno, los aullidos de los lobos, las extravagancias y escribir cartas personales en papel japonés de arroz y con pluma de ave. Detesto la luz excesiva, sospecho del sol, me aburren los convencionalismos y no puedo soportar a los abstemios.


Antes me definía como alguien jovial e intenso, al parecer. Hoy día, sin embargo, he adoptado muchas de las costumbres de una persona muerta y enterrada


Sí, lo tengo todo para ser un romántico, excepto, tal vez (de acuerdo, de acuerdo, tal vez)… la pasión propia de las personas muy románticas. Pasión para hacer cualquier cosa. Recuerdo que hasta hace algún decenio yo me solía definir, cuando me preguntaban con qué única palabra me resumiría por entero, con el término “jovial”. Me parece hoy mentira. Jovial, yo. No era mentira en absoluto. Sé lo que ha podido ocurrir después, pero no tengo ganas de hablar del asunto, ni de pensarlo. No sé si jovial significaba más o menos apasionado, porque ya no me acuerdo, pero algo sí se le parecía. Era alguien jovial e intenso, al parecer. Hoy día, sin embargo, he adoptado muchas de las costumbres de una persona muerta y enterrada. He mantenido estable, a través de los tiempos, una curiosidad insaciable por una cantidad asombrosa de cosas, que me parece que no mermarán nunca por muy avanzada que sea la hipotética vejez, continúa mi sed por el conocimiento de todo, pero, si hago caso a la gente que me ve desde fuera, he perdido el entusiasmo por la existencia. He perdido la expresión física de ese entusiasmo. Salvo tal vez ante cosas muy escogidas como una prosa que me parezca acertada, un paisaje del norte, una comida memorable o hallar las suficientes existencias de cerveza. Hubo una chica, no hace muchos años, que hasta me tenía verdadero terror pánico. Decía que siempre me excusaba con ella para irme a casa justo antes de las dos de la madrugada, porque estaba convencida de que a esa hora ocurría algo extraño, que me transformaba en otra cosa. O bien hacía algo al estilo de lo que hacía el actor húngaro Bela Lugosi en sus últimos tiempos, o sea, meterme a dormir en un ataúd. Según ella, yo estaba en realidad muerto, y que sólo durante algunas horas al día me reanimaba un poco. Supongo que se había sugestionado por mis conversaciones sobre temas un tanto oscuros, aunque la verdad es que en esa época no me salía mucho la voz del cuerpo, que parecía venir de muy lejos.

-Lo que te pasa es que estás muerto. Estoy acojonada contigo.

-Ja, ja, que no, no tomes disgustos con eso, mujer…

-Claro, qué va a decir un muerto…

-Creo que no respondería nada, querida.


Si hago caso a la gente que me ve desde fuera, he perdido el entusiasmo por la existencia. He perdido la expresión física de ese entusiasmo


Probablemente mi romanticismo se quede en un sentido histórico o estético, no temperamental. Soy, según me han hecho observar algunas mujeres aficionadas al arte, como ese señor vestido de negro asomado a un precipicio de famoso óleo del pintor Friedrich, que encima no corresponde al romanticismo sino al decadentismo, pero eso no quiere decir que me acuerde de San Valentín, vaya por la vida como en los anuncios de colonia, mande ramitos de violetas o ponga velitas. El problema que me ven las mujeres es que, pese a mi total ausencia de romanticismo, puede que sea un romántico, pero de los que descansan en un panteón desde hace ya dos siglos.


José A. Martínez-Abarca.

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