¿QUÉ FUE AQUELLO?

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Mi casa está situada en la calle Fuensanta de Murcia, encima de lo que fue en un tiempo lejano el caserón del hospital de la Cruz Roja. Digo mi casa al menos hasta que por un divorcio hube de abandonarla. Lo que pretendo relatar de forma lo más gélida y distanciada posible son hechos reales que experimenté allí, junto a quien era entonces mi esposa y mi hijo de muy corta edad. No he añadido, a propósito, ni literatura ni progresión dramática. De esta forma, los hechos son contados de manera aleatoria, como funciona la misma vida, que es siempre fragmentaria sin remedio.

Como he mencionado, mi aún casa (todavía está escriturada a mi nombre) se encarama sobre parte del terreno que un día perteneció al número 4 de la calle Fuensanta de Murcia. La torre de la catedral estaba y sigue estando a medio tiro de piedra, esa distancia un poco a la manera anglosajona cuya medición exacta ha desaparecido pero que los viejos sabían calcular perfectamente a ojo, centímetro más allá o acá. Aún no había nacido mi hijo.


Por la puerta estaba pasando suavemente una nubecilla espesa hecha de pequeños puntos, como aquellas fotos impresas en «offset» de los rudimentarios periódicos en blanco y negro


Una noche de invierno no especialmente fría ni inestable, una noche apacible, es decir, una noche no cargada de electricidad ambiental, leíamos mi esposa y yo sendos libros en el salón, tumbados en dos sofás, que estaban colocados en forma de «L». El salón tenía también dos puertas. La lectura debía ser buena -no tengo otra clase de lecturas- pero no absorbente. Cuando es absorbente soy incapaz hasta de escuchar un grito pegado a mi oído, tanta es mi capacidad de concentración, que he heredado de mi madre. En un momento inconcreto, no muy tarde en la noche, y sin tener ninguna razón que pueda recordar, miré hacia la puerta del salón más alejada, que estaba ligeramente abierta. Por ella estaba pasando suavemente y de forma horizontal lo que sólo puedo describir como una hilacha gris, una nubecilla espesa hecha de pequeños puntos, como aquellas fotos impresas en «offset» de los rudimentarios periódicos en blanco y negro. No soy capaz de describirlo de manera menos ridícula. La hilacha o nubecilla compuesta de pequeños puntos grises giró entre los sofás de una forma que me atrevería a llamar elegante y se dirigió hacia la pared llena de estanterías de «pladur» del fondo, donde se introdujo y desapareció. Mi mujer sólo dijo: ¿Lo has visto? Respondí: «Sí». Seguimos leyendo como si no hubiese ocurrido. No por valentía ni por flema más o menos británica. Fue por una creencia tal vez absurda, pero recurrente en mi caso: que si te tomas ciertas cosas inexplicables con familiaridad, y hasta con agrado, no despiertas la ira ni la rabia por tu miedo, y no se te vuelven en contra, como ocurre con los perros de presa.

El incidente no se repitió. Algún tiempo después se habían producido ciertos cambios en mi domicilio. Había venido un hijo y, al año, yo me había ido de allí. Mi niño crecía con indicios de ser superdotado intelectualmente. A los dos años se empezó a interesar vivamente por las distintas partes de las iglesias y sus rituales. Por alguna razón, estaba fascinado con las cúpulas y los púlpitos, que exigía visitar. Siempre que iba por la calle quería entrar en todos los templos. Preguntaba lo que veía por primera vez. Un día corrió hacia su madre, en casa. «La monja no tiene pies», exclamó excitado, pero nada asustado. «No tiene pies, no tiene pies». Fue más o menos la época en que antes de los amaneceres, según mi ya por entonces ex esposa, de vez en vez se escuchaban pies y risas ahogadas de lo que parecían niños subiendo y bajando por las escaleras del edificio. Exceptuando mi hijo, no había ninguna otra persona menor de treinta y cinco años que morara aquel número de la calle. Quiero insistir en que en ningún momento nadie tuvo una sensación de inquietud.

Por desgracia, mi hijo no puede añadir nada más al respecto. Muy poco tiempo después fue dejando de hablar, pasando, en unos pocos años, a no tener idioma en absoluto. Hasta hoy mismo. Si la monja sin pies sigue en su cerebro, solo él lo sabe. Tiembla como una hoja de pavor, eso sí, cada vez que escucha pegadizas canciones infantiles.


José A. Martínez-Abarca.

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