¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO MAL?

CICUTA CON ALMIBAR. Por Ana María Tomás.
Resulta, como poco, acojonante constatar que mucho de lo que hemos luchado las mujeres, y algunos hombres, por lograr erradicar el machismo exacerbado de las relaciones de pareja, anda repuntando con más vigor que las malas hierbas en primavera. Y con un agravante: cada vez son más jóvenes, en edad y en cantidad quienes lo sufren.

Un estudio de la Complutense, encargado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género mostraba, hace unos meses, la “Evolución de la adolescencia española sobre la igualdad y la prevención de la violencia de género” comparando las respuestas de los jóvenes, a las mismas preguntas, con las obtenidas en el 2010. Les aseguro que es muy preocupante. ¿Qué estamos haciendo mal con nuestros hijos? ¿Cómo podemos seguir enviándoles mensajes de que son normales actitudes machistas que solo pueden desembocar en sometimiento de la mujer y violencia contra ella?


DICEN QUE “ALGUNOS” HOMBRES SE PARECEN A LA COMIDA CHINA EN QUE COMIENZAS CON UN ROLLITO DE PRIMAVERA Y TERMINAS CON UN CERDO AGRIDULCE


Me iba quedando de piedra a medida que iba leyendo resultados: que es normal que los chicos sigan siendo unos picaflores, donjuanes o puteretes -elijan la palabra que más les guste- pero ¡ojo! nada de que ellas piensen, ni por el forro, en hacer lo mismo. Que los chicos malos son más atractivos ¡Por amor de Dios!, así que, cuanto más canalla, inseguro o blincacequias, resulta que más morboso y atractivo parece. Que está justificado que un hombre agreda a su mujer si esta intenta dejarle… ¿Saben qué ocurre? Que muchas de nosotras, mientras que les cacareamos a nuestras hijas la igualdad lejos del servilismo, nos levantamos de la mesa a medio comer para servir a los maridos cuando estos llegan a casa… “Que una cosa es predicar y otra dar trigo”. Y luego nos lamentamos de determinadas respuestas.

Y lo peor de todo es que los chavales respondían a preguntas claves sin considerar que dichos comportamientos llevaban una fuerte carga sexista y controladora que puede desembocar en violencia en menos que canta un gallo. Piensan que los celos son una expresión del amor y, por tanto, el control de la pareja sería la quintaesencia superlativa del amolll. Para colmo, las nuevas tecnologías se alían con el controlador y ahí viene, entre otros, el agente cero cero whatsApp para saber si habla, si no habla, si se conecta o se desconecta. Y, si falta algo, la víctima ofrece gustosa sus claves para que el amado esté tranquilo y vea que nada tiene que esconder. Y se empieza por controlar los intercambios comunicativos con los amigos, después con la familia, para pasar al abuso, al insulto, al menosprecio ridiculizando cuanto haga o diga la chiquilla, o, en una venganza de ex, a colgar en Internet fotos íntimas de la novia hasta que ésta desemboca en un callejón sin salida de angustia y abuso. Desde el 2010 ha aumentado un 7% el número de adolescentes que confiesan sentirse acosadas por sus parejas o exparejas, sin embargo, resulta más inquietante saber que un gran número de pipiolas consideran que no es maltrato el control excesivo o la imposición sobre con quién pueden hablar y con quién no.

No son pocas las adolescentes que, tras vivir experiencias de maltrato, necesitan ser tratadas y protegidas de esta nueva especie de adolescentes cavernícolas.

Dicen que “algunos” hombres se parecen a la comida china en que comienzas con un rollito de primavera y terminas con un cerdo agridulce. Pero el problema que nos está denunciando este estudio es que, parece ser, los rollitos se han convertido, por arte de birlibirloque, en cerdos directamente, cosa que no nos exime a todos nosotros como sociedad de buscar una solución a un problema mucho más grave de lo que a simple vista parece.


Ana María Tomás.

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