EL PINTOR DE LA CORTE

POR JUAN ANTONIO MEGÍAS. Presidente del Real Casino de Murcia.
José María Falgas Rigal, pintor y Socio de Honor del Real Casino de Murcia, ha fallecido. Sus retratos, entre ellos y de manera muy destacada el retrato de un joven Príncipe Felipe, cuelgan de nuestras paredes. Si los contemplan, observarán algo que Falgas supo captar en todos ellos: el alma de la persona retratada. Se advierte en la jovialidad y la mirada limpia del Príncipe, hoy nuestro Rey, en sus manos fuertes, tan difíciles de pintar, capaces de manejar con firmeza el rumbo de una nación. Lo verán también en la mirada de aquellos retratados a quienes conocieron, de José Alarcón, de Manuel Nicolás, en su expresión más definitoria. Son retratos con alma. Y ése ha sido el gran mérito de Falgas, captar el alma del modelo.

José María Falgas nació, vivió y pintó en su querido barrio de Santa Eulalia. Pasó por la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y, durante años, fue el retratista de la sociedad murciana. Y un día se hizo pintor de la Corte.

Y además de todo ello, fue mi amigo.

Siendo Consejero de Cultura, pedí a Don Felipe que aceptara posar ante un pintor de Murcia para realizar un retrato oficial con destino al Palacio de San Esteban. El Príncipe accedió y a lo largo de dos mañanas tuve el placer y la suerte de acompañar a Falgas (acompañarlo y llevarle el caballete, que todo hay que decirlo) al Palacio de la Zarzuela donde residía Don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias. Nos acompañaba otro artista de nuestra tierra tristemente desaparecido, el fotógrafo Tito Bernal, que se encargó de realizar el reportaje fotográfico necesario para que el pintor pudiera completar el retrato en su estudio. Fueron dos mañanas inolvidables, no solo por gozar de la compañía de Don Felipe, sino por poder asistir a la creación de un retrato que, hoy, cuelga de las paredes de San Esteban. Me consta que el hoy Rey de España guarda un recuerdo entrañable de aquellas jornadas en las que jugó un papel muy importante la consabida retranca murciana que alivió las largas horas de posado.

Tito, que era de baja estatura y que debía hacer primeros planos del Príncipe, pidió al personal de servicio que le “apañaran un perigayo”. Ante la cara de estupefacción del sirviente, le expliqué que Tito se refería a una escalerita doméstica y que mejor hubiéramos hecho en no sacarlo de provincias. La anécdota hizo reír mucho al Príncipe y así fueron fluyendo las horas. El último día, entre broma y broma, me puse muy serio y le dije al Príncipe que, siendo conscientes del alto servicio que habíamos prestado a la Corona, no queríamos por ello recompensa económica alguna. El Príncipe, siguiéndome el hilo, me preguntó qué deseábamos entonces: “Ser marqueses -le contesté-, Falgas quiere ser Marqués de Falgas, yo de Megías, y Tito… Entonces Don Felipe me interrumpió y, con una sonrisa cómplice, exclamó: “Tito querrá ser Marqués del Perigayo, digo yo”.

Desde entonces, Falgas, Tito y yo bromeábamos siempre con lo del Marqués del Perigayo, pero nunca perdimos la esperanza de que Don Felipe nos hubiera tomado en serio.

Falgas vivió muchos años y yo tuve la suerte de tenerlo de amigo muchos de ellos. Hoy, el amigo no está pero, como siempre pasa, está el recuerdo de una amistad entrañable, de muchos buenos momentos vividos, de su obra. Y eso jamás lo perderé.

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