PEDRO SÁNCHEZ EN MALLAS

CONTRA CASINO TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca.

Una chica de la prensa con ojo clínico, Pilar, me dijo una vez algo sobre los hombres calvos que llevan coleta. “Nunca te fíes de un hombre calvo con coleta, es la demostración visible de que en su vida ha llevado al extremo las malas decisiones”. Yo he estado tentado de ampliar esa tesis a los hombres con coleta en general, sin necesidad de que padezcan de alopecia. Sobre todo si amplían su efecto estético con pantalones pirata, zapatillas podridas y bolso con una planta de marihuana pintada.

Se producen nobles excepciones a esta norma, por supuesto. Mi colega de “La Opinión” y para siempre amigo Ángel Montiel llevó una espectacular coleta gris durante muchos años, a pesar de clarear por la coronilla, y siempre me fié de él. Aunque hubo un alcalde de Mazarrón que pensaba de otra manera sobre Montiel, queriendo, según clamaba públicamente, “colgarlo por la coleta en el roalico de una higuera y que se lo coman las ovispas (sic). De lo que no me ha quedado nunca duda alguna es que uno no se debe fiar jamás, sin excepción alguna, de los hombres que se pasean por la calle con mallas. Y menos aún de los que se fotografían para la prensa vistiéndolas, con un orgullo yo diría que demoníaco. Efectivamente, en la vida han llevado al extremo sus malas decisiones. Como demuestra el aspirante a liderar de nuevo el PSOE, el deportista, que rima con turista, Pedro Sánchez.


Sánchez debe pensar que el populismo es como el amor: se acaba en cuanto contraes matrimonio con él, en este caso cuando lo metes en el Gobierno


Pedro Sánchez anunció el otro día que iba a presentarse otra vez para mandar en el PSOE y pactar abiertamente con separatistas e incluso ex terroristas, luchando “contra el populismo” (sic) por el método de hacer un Gobierno con la buena gente de Podemos, que es una forma cuando menos curiosa de luchar contra el populismo. Sánchez debe pensar que el populismo es como el amor: se acaba en cuanto contraes matrimonio con él, en este caso cuando lo metes en el Gobierno. No hay nada que objetar contra el legítimo derecho de Sánchez a presentarse donde quiera y “combatir el populismo” con un Gobierno populista (se debe pensar que como es extrema izquierda no es populismo, a pesar de que Podemos se declara abierta y orgullosamente como tal). Por el contrario, hay todo que objetar contra sus mallas.

Las mallas son el cuello alto de los bañadores “marcapaquete”, el “turbo” de la más absoluta carencia de gusto. Sólo tienen cierta explicación encima de una bicicleta, a condición de no pararse ni a comprar el pan. Alguien que recibe a la prensa con los brazos en jarras y empitonando el aire tras sus mallas acrílicas ya anuncia un desastre para cualquiera que ponga en sus manos la vida y la hacienda. Un escalón moral y estético por debajo de las mallas de Sánchez ya sólo está el “trikini” para hombre que llevaba el humorista británico Sacha Barón Cohen encarnando a su personaje del bigotudo armenio “Borat”. Como hubiese dicho el político dieciochesco Fouché, las mallas no sólo son un crimen, sino peor, son un error.


Alguien que recibe a la prensa con los brazos en jarras y empitonando el aire tras sus mallas acrílicas ya anuncia un desastre para cualquiera que ponga en sus manos la vida y la hacienda


Un tipo como “el guapo” (así me lo definió una señora que no sabía a qué partido pertenecía ni qué papeleta meter en el sobre, pero por los indicios sospeché que quería votarlo a él, el día en que estuve de compromisario en una mesa electoral), un tipo como “el guapo”, digo, que se pavonea ante la prensa en prietísimas mallas, cargando evidentemente de modo ostensible para el lado izquierdo, siempre para el izquierdo, no puede llegar a ser presidente del Gobierno de ningún país serio. Ni presidente, ni conserje.


José A. Martínez-Abarca

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