OBDULIO MIRALLES Y SU MODELO

Por Loreto López.

Hace tiempo que quiero hablar de uno de los mejores pintores murcianos de finales del siglo XIX, Obdulio Miralles. Ha llegado el momento y además es preciso hacerlo por una gran noticia, la adquisición por parte del Real Casino de una de sus escasísimas obras, ampliando con ello la magnífica colección de esta época y siendo posiblemente donde se concentra el mejor repertorio del malogrado artista. Pero antes de presentarles la espléndida obra, recordemos un poco a su autor.

El 3 de septiembre de 1865 nace en Totana Obdulio Miralles Serrano, quinto hijo del notario de esta localidad. A la muerte de su padre, con tan solo 12 años y una precaria situación económica, la familia se traslada a Murcia, donde Obdulio se forma en el instituto Alfonso X y comienza a mostrar sus dotes artísticas. Al cumplir los 20 años marcha a La Habana (Cuba) gracias a su tío Pedro, que estaba destinado como militar, e inicia su carrera como pintor, colaborando como ilustrador de prensa; pero también es allí donde contrae las fiebres que le afectarán mentalmente y más tarde le hará acabar con su joven y prometedora vida.


Perfección en el encaje del aún más perfecto dibujo, que cobra vida con la pincelada exacta, controlada, sutil


Las primeras noticias que tenemos de él, en la prensa local, corresponden al ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, en septiembre de 1891; obteniendo en su primer curso las más altas calificaciones en dibujo. Académicamente se considera discípulo del también pintor murciano Manuel Arroyo, quien parece tutelarle en aquellos primeros años madrileños, donde desarrolló su corta carrera, sin que nunca perdiera el contacto con Murcia. Prueba de ello es que ya en 1892 no deja de enviar obra a la ciudad, para su exposición pública, quizás con la esperanza de conseguir ser becado, y en diciembre de ese mismo año el Casino adquiere el que le había sido encargado, para la decoración del Salón de Billar, “Mi modelo”, otra de las joyas de su colección y una de las mejores obras de este autor. Un año más tarde volverá a trabajar para nuestra institución, con el encargo de “Las cuatro estaciones”, otra deliciosa obra compuesta por cuatro panneaux individuales de carácter decorativo.


La recién adquirida pintura, inédita hasta ahora en los catálogos del autor, nos enfrenta a una obra magistral


La prensa no deja de hacerse eco de sus progresos y elogiar al joven pintor, que cuelga su obra junto a la de los considerados maestros. Pero, a pesar del gran éxito de críticas y a los numerosos encargos, su búsqueda de la perfección y el ansia de conservar la pensión con la que se mantenía, le hacen caer en una profunda depresión, quitándose la vida el 21 de diciembre de 1894, apenas cumplidos los 29 años, en su casa estudio de Madrid. El reconocimiento de la pintura de Miralles no se dilata en el tiempo, ya en 1917 se le dedica una exposición antológica en el Círculo de Bellas Artes de Murcia.

Pero centrémonos en la obra que hoy tenemos el enorme placer de presentar. Ese primer encargo del Casino al joven Obdulio, “Mi modelo”, es una de las piezas más admiradas durante la visita a sus salas. Una muchacha de rostro serio, levanta ensimismada la tapa de la estufa “Choubersky”. Cubre su desnudez con una blanca sábana, mientras su ropa se nos muestra descuidadamente dispersa entre una silla de tijera y el suelo. El ambiente es oscuro y triste, decadente, ni tan siquiera la luminosidad de la bella modelo, de un blanco casi marmóreo, es capaz de contrarrestar esa melancolía que envuelve la escena en un halo de misterio.

La recién adquirida pintura, inédita hasta ahora en los catálogos del autor, nos enfrenta a una obra distinta, igualmente magistral, realizada a penas un año después de la anterior (1893), “La joven de las rosas”, su modelo, la misma que posara entonces y en otras de sus pinturas conocidas.

No tenemos un ambiente donde ubicarla, como en aquella, un tono neutro de pardos y sienas degradados es el fondo de este retrato, y su intuida desnudez, esta vez sonrosada, se cubre de un alegre tejido, con serpenteantes cardinas grises sobre un vivo fondo amarillo; con las manos sujeta tres esplendidas rosas, que parece querer prender como broche floral a su manto, aunque no es a ellas a quien mira la muchacha.

Perfección en el encaje del aún más perfecto dibujo, que cobra vida con la pincelada exacta, controlada, sutil y la armonía de colores, todo es calidez en esta hermosísima composición y, aun así, la melancolía del joven rostro, serio, con la azul mirada esquiva, ausente, se hace tan patente como en aquel otro, volviendo a introducirnos en el misterio de la modelo, su modelo, a la que el autor da plena libertad expresiva.

Nada de lo que pueda decir de este cuadro suple el placer de su contemplación, por lo que les invito a visitarlo y disfrutarlo, quizás alguno de ustedes descubra finalmente el secreto que parece esconder.

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