OBDULIO MIRALLES: ALEGORÍA DE LAS CUATRO ESTACIONES

ARS CASINO. Por Loreto López.

Aunque recientemente ya vimos la figura del malogrado pintor Obdulio Miralles (Totana, 1865 – Madrid, 1894), con motivo de la incorporación a la colección de arte del Real Casino de su obra “La joven de las rosas”, hemos de volver a hablar de él en relación al conjunto “Alegoría de las Cuatro Estaciones”, que podemos contemplar en la Sala de Armas.

Las referencias documentales de la entrega de estas obras aparecen en un apunte, el número 213 de los años 1891 al 93, según el cual se le gratifica al autor con quinientas pesetas. Esta transacción parece ser fruto de un acuerdo entre el artista y la entidad, reflejado en las actas del 20 de marzo de 1893, por el que Miralles se comprometía a la realización de unos encargos anuales a cambio de una pensión remuneratoria. La presencia de esta fecha fácilmente legible en dos de las obras, La Primavera y El Invierno, así lo corrobora.

En las actas, del 26 de junio del mismo año, queda también constancia de la entrega al pintor de 383 pesetas, en concepto de “ingredientes de pintura y modelos”, que suponemos fueron destinados a la realización de estos cuatro “panneaux” decorativos, realizados expresamente para lucir en los entrepaños del Patio Pompeyano, lugar que en la actualidad ocupan unos bonitos apliques modernistas.

Puede que las reformas llevadas a cabo en la iluminación general del Casino, en 1927, fueran las causantes de la desubicación de estos cuadros y su inmediato depósito en el Museo de Bellas Artes, como generosa cesión con motivo de su inauguración; en el que permanecieron desde entonces, por más de ochenta años, hasta su traslado, una vez finalizadas las obras de restauración del Real Casino en el 2009.

Estas alegorías estacionales son, sin duda alguna, un homenaje del pintor a su tierra murciana en clave costumbrista. A través de la figura femenina, perfectamente identificadas con cada momento del año, se recorren también los distintos estratos sociales.



A través de la figura femenina se recorren también los distintos estratos sociales


Así la Primavera, una delicada señorita de clase alta, es la única de las cuatro figuras que permanece ajena al espectador, mientras juguetea caprichosamente con unas palomas. Su figura, apoyada sobre una rica balaustrada, se recorta luminosa sobre un frondoso paisaje huertano.

El Verano se encarna en una joven de aspecto popular, parece pasear al atardecer por la plaza de San Bartolomé, hoy de José Esteve, con la Platería como fondo, donde un toldo mitiga la dureza del sol. La vida de la ciudad late a su alrededor, transeúntes y un vendedor ambulante, con su mercancía en un carretón, centra la curiosidad de niños y mujeres. Graciosamente nos mira con picardía mientras se abanica, aliviando el calor que provoca la decencia, en forma de primoroso mantón de Manila.

El Otoño nos traslada a la huerta, aunque solo intuimos la estación por la presencia de una parra con sus hojas secas, que comienzan a esparcirse por el suelo, rodeada de plantones en macetas y cañizo, mientras que los rosales dan sus últimas flores de la temporada, recogidas en el doblez de su refajo, plegado sobre la cintura, por una sonriente muchacha.

Finalmente, el Invierno, en forma de campesina, apenas una niña, de rostro serio pastoreando los pavos que, para Navidad, serán vendidos en la recova del mercado.

La composición de cada uno de ellos se adapta perfectamente y con soltura al formato, excepcional en sus dimensiones longitudinales, en un alarde de buen hacer del joven pintor. Si bien el dibujo no es técnicamente virtuoso, el resultado obtenido por el uso del color y la luz es magistral.


Loreto López. Restauradora.

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