“NADIE ES PERFECTO, PERO ¿QUIÉN QUIERE SER NADIE?”

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

Estoy rodeada de amigos cuya mayoría son triunfadores, lo que ocurre es que unos son conscientes de ello, es decir, lo saben, otros lo intuyen, y otros no tienen ni puñetera idea de que lo son, es más, presumen de sentirse unos perdedores. Ya se sabe que, por tradición, los perdedores suelen ser los que se pasan la vida en brazos de la poesía, de la utopía, del alcohol o los alucinógenos que utilizan, en ocasiones, como vehículo para llegar hasta la inspiración y crear magistrales obras, o en brazos de mujeres (tal vez realmente perdedoras) cuyo instinto maternal y ternura despiertan con su sentimiento de hombre fracasado.

Yo suelo decirles que eso de la estética del perdedor está muy bien como idea romántica, propia de intelectuales y, si me aprietan un poco, de personas sencillas, modestas, y ciegas a lo que la vida les regala, pero que me parece una falta de honestidad que puedan definirse como perdedores cuando en realidad son triunfadores. Lo que pasa es que se identifica al ganador con el sinvergüenza, con el ladrón de guante blanco, con el dirigente de grandes multinacionales, con los protagonistas de portada de revistas (¿ven? esos sí que son, para mí, unos perdedores), con aquellos que al tener fama y reconocimiento popular se convierten en unos egocéntricos, tan narcisistas, tan vanidosos, tan vacíos, tan imbéciles, que resultan insoportables.

Una cosa es darse importancia, y otra, reconocerse importante, si bien es cierto que «es en el fracaso en donde aparece la máxima medida del hombre» (según María Zambrano), pretender estancarse o regodearse en él no me parece más que una parafilia más (un masoca, vamos).


Considero que el éxito no es el reconocimiento, por parte de los demás, de algo que hagamos, sino el triunfo de vencer a nuestros propios enemigos internos


 

Yo he tenido la suerte de ganar los primeros premios de varios certámenes literarios (poesía y narrativa), y, en todos ellos sin excepción, cuando mis compañeros de concurso recogían el segundo y tercer premio confesaban sentirse sorprendidos de haber ganado los mencionados puestos (a mí eso me suena a falsa modestia). Yo, y espero que lo que voy a decir no suene a presunción, sólo me he sorprendido cuando he concursado y no he ganado ningún premio. Me parece una estupidez concursar en una convocatoria esperando no ganar y sorprenderse por conseguir estar de los primeros.

Una cosa es la soberbia, la vanidad: encajarse las coronas hasta que éstas nos machaquen las neuronas» y, entonces, perdido el norte nos creamos dioses a punto de reventar por el hinchado ego, y otra es tomar conciencia de lo que vamos consiguiendo a base de luchar, de encajar los golpes, de negarnos a la banalidad y al lugar común. Es decir: el agradecimiento a la vida.

Considero que el éxito no es el reconocimiento, por parte de los demás, de algo que hagamos, sino el triunfo de vencer a nuestros propios enemigos internos. Se puede estar abandonado por todos (como lo estuvo Cervantes, ocho días antes de morir), se puede estar desprovisto de todo (como lo estuvo Víctor J. Frankl, en un campo de concentración nazi), y, no obstante, no sentirse un perdedor. Si auténticos triunfadores van por la vida con la estética del perdedor, probablemente, les vaya bien, pero qué quieren que les diga, yo no termino de verlo claro.


@anamto22

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