MURCIA A SU REYNA

ARS CASINO. Por Loreto López. Historiadora y restauradora.
Las calles lucen con sus edificios engalanados, hay gran profusión de adornos vegetales en todos los rincones, efímeras fuentes ornamentales e igual arquitectura monumental fingida en los lugares más significados, cuyos artífices son los arquitectos locales Juan Belmonte, Gerónimo Ros y Santos Ibáñez, dándole empaque a la general modestia de las construcciones. Todo está preparado para que se muestre una ciudad espectacular durante el recorrido que, por primera y posiblemente única vez, hará la familia real de Isabel II en esta Murcia adormecida en su provinciano letargo de siglos, donde el huertano de zaragüel, esparteña y manta al hombro cruza su caminar con el caballero de levita y sombrero de copa.

Pero el 24 de octubre de 1862 amanece con el cielo tormentoso y Dña. María de la Soledad, señora de Starico, mira pesarosa por el ventanal, observando ese suelo embarrado y cubierto de grandes charcos difíciles de salvar, luego vuelve la vista hacia el interior de la estancia, donde ya se encuentra dispuesto su magnífico vestido de estreno, para la recepción oficial de la tarde: moderna y atrevida seda teñida de magenta, recién traída de Italia, con ribetes negros, las mangas pagoda, de la que sobresale una cascada que al igual que el cuello es de fino encaje de Chantilly, discreta y elegantemente negro; junto al vestido un amplísimo miriñaque, que ha de darle un vuelo sin par a la amplísima falda, y sobre la cama extendido, por no marcar arrugas, el chal de moaré bordado de azabache.

Vista de Murcia. Clifford-1862.

Entrada a la Plaza de Camachos desde la Alameda de Colón. Clifford-1862.

¡Que deslucido va a quedar todo después de tanto esfuerzo!

Es lo que debieron pensar todas las damas de nuestra alta sociedad, ansiosas por brillar con sus mejores galas. Por desgracia para ellas, quizás por suerte para nuestros campesinos, los reyes “entraron lloviendo y se fueron lloviendo”, tal como cuenta en sus Efemérides Murcianas D. Ramón Blanco y Rojo. Terrible paradoja en esta tierra nuestra, de común seca y polvorienta, pero de una luz maravillosa, que esos días se mostró húmeda y gris.

Apenas un mes antes el escritor Hans Christian Andersen nos había visitado, describiendo así su entrada a la ciudad:

“Una ducha de fuego y un aire seco y abrasador, que no se atrevían ni a cruzar los pájaros… No soplaba ni una brizna de viento, ni el polvo tenía fuerza para levantarse de la carretera…Nos encontrábamos a mediados de septiembre y los rayos de sol quemaban…”

Vagón para Isabel II.

Para los Starico eran días muy especiales, a todas luces se trataba de su restitución pública tras la afrenta sufrida con su cese, junto al de otros muchos cargos de la Región, como consejero del Consejo Provincial y vocal de la Junta de Gobierno de los establecimientos provinciales de Beneficencia, por los vergonzosos hechos ocurridos durante la epidemia de 1859, en la que muchos de estos personajes abandonaron a su suerte a la población. Por primera vez un ferrocarril llegaría al improvisado apeadero de la ciudad, que más tarde sería la estación del Carmen; un empeño de los empresarios regionales encabezados por esta familia, razón por la que D. Manuel recibiría de manos de la reina la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica.

Manuel Starico acababa de dejar la presidencia del Casino de Murcia en favor de D. Antonio Gómez Carrasco, centrando sus esfuerzos en su carrera política, meses más tarde ostentaría el cargo de alcalde de la ciudad, y en la ampliación de sus ya múltiples negocios, especialmente dedicados a explotaciones agrícolas y mineras; gracias a la adquisición de bienes desamortizados había formado sociedad para las construcciones de una plaza de toros inaugurada en 1851, la desaparecida plaza de San Agustín sobre el solar del antiguo convento, y de un gran teatro, igualmente sobre lo que fuera convento de los dominicos, que, al igual que la línea férrea, sería inaugurado con precipitación, pues no se encontraban terminadas sus obras en estas fechas, que con motivo de la visita real llevaría el nombre de Teatro de los Infantes, hoy Romea.

Murcianos. Foto de Laurent 1865.

La corte tuvo una apretada agenda en Murcia, muy bien documentada por la crónica oficial de M. R. Arroniz, donde no faltaron recepciones de autoridades y pueblo llano en los salones del Palacio Episcopal, alojamiento oficial de la reina, donde recibieron gran cantidad de obsequios, visitas a instituciones religiosas y de beneficencia, inauguración de placa conmemorativa y cambio de nombre de calle tan principal como la de Trapería por Príncipe Alfonso, felizmente de efímera duración, o actos desplazados de su habitual calendario, como una mascarada nocturna, a modo de coctel entre Bando de la Huerta y Entierro de la Sardina, y la retrasada romería septembrina al Santuario de la Fuensanta, celebrada esta vez el 27 de octubre.

No faltó la representación del Casino en los festejos, siendo una comitiva de sus miembros, portando banderas, la encargada de escoltar bajo la lluvia a la carroza real desde su llegada en tren hasta las puertas del Palacio Episcopal.

Infanta Maria Isabel Francisca de Borbón, La Chata, con traje murciano. Regalo de su visita en 1862.

Y, como no podía ser menos, el Casino destacó de entre los muchos edificios engalanados durante esos días; según describe Arroniz, testigo directo, el interior se decoró con una magnífica iluminación por el pasaje principal al “estilo veneciano”, con farolillos recubiertos de vidrios de colores (o de papel) que en su interior lucían unas velitas de cera, y en su fachada, que entonces era la de la actual calle Pedro Cerdán con puerta a la de Radio Murcia, “blandones de cera y ricas colgaduras de terciopelo carmesí con flecos y borlas de oro”. Por desgracia no hablan estas crónicas de la visita de la monarca a nuestra institución, aunque siempre se ha mantenido el testimonio oral de que así fue; en cualquier caso imaginamos el espectáculo de luces y oropeles, el bullicio de multitud de voces y músicas de bandas, que no dejaron de tocar a cada paso de la realeza, apagando el frufrú de las sedas al chocar las abultadísimas faldas de las señoras.

¿Qué quedó de todo aquello que ocurrió hace 158 años? Algo tan importante como las primeras imágenes de la ciudad de Murcia, captadas por el fotógrafo oficial que acompañó a la comitiva, el galés Charles Clifford, y cuya belleza aún hoy nos sorprende.


Loreto López. Restauradora.

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